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Iglesia en España

Zaragoza: muere la periodista seglar Carmen Fernández Olivencia

Zaragoza: muere la periodista seglar Carmen Fernández Olivencia, colaboradora de ECCLESIA

 HOMILIA EN EL FUNERAL DE CARMEN FERNANDEZ OLIVENCIA   

(13 de abril de 2015), por Francisco Martínez García

 

Ha muerto nuestra entrañable hermana y amiga Carmen, suceso tanto más doloroso para todos por inesperado y repentino. Y se ha ido como de puntillas, sin molestar a nadie, como siempre, porque fue siempre una mujer delicada, sensible, cercana y siempre afable. Lo ha hecho cuando la Iglesia celebra la Pascua, la resurrección de Jesús en nosotros y para nosotros. Es la cara esperanzada y consoladora de este triste hecho. La resurrección de Jesús es el hecho central de nuestra fe. Al resucitar Jesús, una corriente de vida gloriosa, de Espíritu santo, brotó de su cuerpo resucitado hacia el cuerpo de la comunidad de los discípulos y comenzó a vivificarlos en su misma gloriosa resurrección. La resurrección de Cristo es también la nuestra. La inauguramos ya en el bautismo. Este es el verdadero ser e imagen de la Iglesia. Jesús sopló su Espíritu sobre sus discípulos y lo sigue haciendo hoy diciendo: “Recibid el Espíritu santo”. Partiendo de ese hecho, los cristianos somos seres que tenemos ya en este mundo el Espíritu de Jesús para poder hacer de nuestra vida bondad solidaria y convivencia amable. Y esto es precisamente lo que ha hecho Carmen en su vida. Ha sido siempre mujer delicada, elegante, de relaciones siempre positivas y amables, irreductible al pesimismo o al enfado, de trato siempre acogedor y constructivo. Hablar con ella era siempre disfrutar de un encuentro abierto, cordial, sanante, simpático. Yo tengo como alto privilegio haberla conocido y tratado hace muchos años en función de la misión pastoral. Sus relaciones respiraban competencia y seguridad. Carmen hizo verdad aquello de que somos lo que son nuestras relaciones. Hay quienes relacionándose liberan confianza, paz, serenidad. Y dan la impresión cierta de que dicen lo que son, verdad y cordialidad. Por eso, cuando mueren, aun en un trasfondo de la tristeza, dejan la fuerte impresión de vida bien vivida, de tarea hecha, de misión cumplida. Y más, son personas de bien que generan la impresión, que en este momento nos conforta, de que Dios se les ha comunicado tanto que ahora con él están mejor que con nosotros. Dios le tenga en su abrazo eterno.

Carmen ha dedicado muchos años a altas y hermosas responsabilidades en el Arzobispado de Zaragoza. Con Ignacio estuvo en la Delegación de Medios de Comunicación, revelando la Iglesia a amplios sectores creyentes y sociales, muy especialmente, por la radio. Fue voz agradable y claridad rigurosa. Sus programas fueron incisivos y luminosos, de gran riqueza e interés, de fina eclesialidad. Lograron siempre amplia audiencia. Hizo un seguimiento inteligente de la prensa, puntilloso y exhaustivo, como servicio inestimable a los responsables.

Su labor en la delegación de Catequesis y de Enseñanza, también con Ignacio, fue muy valiosa y fecunda. Eran momentos decisivos de notables cambios y de nuevos planteamientos. En la Santa Sede y en la Conferencia Episcopal Nacional había hervor de creatividad. E Ignacio y Carmen estuvieron a la altura de un servicio acertado y competente. Carmen irradio siempre discernimiento equilibrado y opinión sensata. Sus cursos de Pedagogía facilitaron a muchos una enseñanza atractiva de la fe en nuestro contexto social real.

Fue persona de mentalidad abierta y de espíritu conciliador. Sintonizó admirablemente con el espíritu del tiempo, fue acogedora franca y agradecida de las nuevas luces, pero con gran respeto a la tradición, muy comprensiva y amable, siempre elegantemente desenfadada ante las tensiones abundantes que generaban los cambios numerosos y acelerados. El peso de Dios en su vida le hizo conciliadora, comprensiva, respetuosa y amable con todos.

Si sus relaciones eran siempre fluidas y amables, la razón de ello fue su fe. Carmen ha sido una mujer de fe convencida y contagiosa. La fe es indudablemente la mayor riqueza del hombre. Es su más profunda identidad. Fue la fe lo que unificó su vida y le dio sentido. La fe es el más dichoso sobrepasamiento del hombre. Es el “plus”, o el todavía más del hombre. El que cree de corazón sale de la estrechez y está habitado por un dichoso Exceso divino que le enriquece y eleva. La fe es la dimensión absoluta de lo relativo. Dios ha hecho al hombre un ser finito de tendencias infinitas. Lo ha creado a su imagen y semejanza para que pueda correalizar con él su misma felicidad y amor. El hombre, y tanto más el que cree, es el modo finito de ser Dios. Dios se ha reservado colmar infinitamente al hombre. Este llega a su perfección no por el desarrollo de sus cualidades íntimas, sino por la donación libre y gratuita de Dios. Dios se da él mismo al hombre y dilata su esencia y vocación. Quien no tiene a Dios le falta el infinito. Quien tiene a Dios es más humano. Sabe lo que es el perdón y la misericordia. Dios, en nosotros, quiere ser nosotros más que nosotros mismos. Es nuestra interioridad más profunda. Dios es aquello que es más real que yo, pero que me hace a mí mismo ser yo mismo, lo más mío de lo mío. La pérdida de fe es disminución de humanidad. Quien niega a Dios elimina la parte más gloriosa del hombre. Quien cuestiona a Dios cuestiona su propio origen, su consistencia, su horizonte, su sentido último. Sin fe el hombre vaga por sendas pedidas. Vivirá en el acumulo de medios, pero en una carencia lamentable de fines. La mayor riqueza del hombre es la fe. La fe hace la vida. Crea lo que creemos. La fe crea la realidad. Vivir apoyado, confiado, confiar, fiarse, estar relacionado, es la mayor riqueza de la vida. La fe ha sido la vida de Carmen. La fe le hizo mujer amable, generosa, entregada.

Hoy damos gracias a Dios por Carmen. Ha sido verdadero don de Dios para todos nosotros. Nos ha ayudado a todos a ser mejores. Muriendo Carmen, se nos ha ido algo de lo nuestro. Pero creemos en Dios. La muerte es triste, pero en la fe es también la posibilidad por excelencia del hombre. Estamos diseñados para vivir con el Señor. Gracias a Cristo, correalizaremos su misma vida y felicidad. Querida Rosario: pienso lo doloroso que es perder a una hija y una hija buenísima. Pero ella sintonizó con Dios y hoy Dios es su cielo. Hay personas tan extraordinarias que si el cielo no estuviera previsto, habría que crearlo para premiarlas. Ella va estar más cerca de ti, de tus hijos y familiares velando, intercediendo. Carmen va a estar más cerca de vosotros y de nosotros. Ahora ella es para todos, mensaje e intercesión. Algo de vuestra entraña está en el cielo junto a Dios. Dios es su cielo y el nuestro. Pedimos por ella, pero ella intercede por vosotros y nosotros.

Gracias, Rosario, en nombre de la comunidad diocesana y de nuestro arzobispo porque nos has dado una hija valiosa e inapreciable. La Diócesis se reconoce en deuda con vosotros. Ella ha hecho entre nosotros una tarea grande y hermosa que solo Dios lo puede pagar. Gracias Ignacio, porque fuiste inspirador y beneficiario de la amistad y del trabajo de Carmen. Dios y ella te lo paguen. Dios a ella le dé su paz. Y a nosotros, la esperanza.

 

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