“Yo te enseñaré el camino del cielo”: Homilía para la fiesta de la Asunción de María
Blog del director Santa María Virgen

“Yo te enseñaré el camino del cielo”: Homilía para la fiesta de la Asunción de María

(Reproducimos la homilía pronunciada el 15 de agosto de 2010 por nuestro director Jesús de las Heras Muela, en la fiesta de la Asunción de la Virgen María y tras la clausura del Año Sacerdotal

En el año 1818, un sacerdote de la diócesis de Lyon es destinado a una pequeña aldea, llamada Ars. El sacerdote  había sido hasta entonces coadjutor de la parroquia de Ecully y se llama Juan María Bautista Vianney. La aldea de Ars, a la que era destinado, distaba 35 kilómetros de Lyon.

El padre Vianney se encaminaba hacia Ars. Al acercarse a la aldea de su destino, era tanta la niebla que el buen cura perdió la orientación. Estando extraviado por aquellos campos, tuvo la fortuna de encontrarse con unos niños pastores que están cuidando sus ovejas. Se acerca a ellos para preguntarles el camino de Ars. Uno de los chavales, llamado Antonio Grive, se lo indica. Amiguito ?dijo el sacerdote Vianney?, tú me has mostrado el camino de Ars; yo te mostraré el camino del cielo. Después el joven pastor le dijo al sacerdote que el lugar donde se hallaba era justo el límite de la parroquia, e inmediatamente el joven sacerdote se puso de rodillas  para rezar.

Pasados los años, aquel humilde cura transformará la parroquia de Ars –“Ars ya no es Ars”- y las vidas de sus habitantes y las de cientos de miles de personas. Aquel cura, aquel humilde cura francés, sabía que el sacerdote era el amor del Corazón de Cristo y durante el cerca de medio siglo que atendió aquella pequeña parroquia se esforzó en repartir, a manos llenas, el amor, a través de una vida heroica de oración y de penitencia y mediante un admirable ejercicio de caridad y de fidelidad al ministerio –singularmente el ministerio del sacramento de la Confesión- que le había sido confiado.

La misión del sacerdote es enseñar el camino del cielo

¿Qué es ser sacerdote, cuáles son su identidad y su misión? ¿Cómo ser sacerdote hoy día en medio de un mundo magnífico y atormentado, convulso y fragmentado, donde tantas veces las sociedades tradicionalmente creyentes y religiosas se han instalando en la llamada apostasía religiosa y viven  -o quieren vivir- como si Dios no existiera? El sacerdote, amor del Corazón de Cristo, es quien debe mostrar el camino del cielo. Pero como nadie da lo que no tiene, el sacerdote ha de estar primero repleto de razones y de esperanzas “del cielo”, esto es, ha de ser él en primer lugar testigo del Dios al que sirve y al que anuncia y quien “habita” en el cielo que es nuestra heredad y vocación, en el cielo que no puede esperar.

Y aquel humilde y humanamente insignificante cura rural francés mostró el camino del cielo, mostró el camino de Dios, porque Dios habitaba en él y en sus esfuerzos y virtudes.

Este 14 de agosto la Iglesia ha celebrado memoria obligatoria de otro extraordinario sacerdotes, en este caso, polaco y prácticamente coetáneo nuestro. Se trata del fraile franciscano conventual Maximiliano María Kolbe, el mártir de la caridad en Auschwitz, en 1941. Son muchos quienes recuerdan aquel gesto sublime suyo en la celda de la muerte cuando se ofreció a la cámara de gas para salvar la vida de un padre de familia, quien, por cierto, en 1982 asistió a su canonización. Aquel gesto tan heroico como crudo y duro del padre Kolbe le abrió de par en par las puertas del cielo. Pero él, mártir de Cristo, como tantos y tantos miles de mártires de toda la historia del cristianismo, no solo recibieron de Dios mismo la siempre inmerecida gracia del martirio, sino que además se preparó –siquiera misteriosamente- a ella a través de toda una vida de pequeños y cotidianos heroísmos y martirios ordinarios, en mayor o en menor medida significativos e importantes a los ojos de los demás. Dicho de otra manera: la letal cámara de gas del campo del horror y del exterminio infame de Auschwitz fue, sí, el camino del cielo para el padre Kolbe. Sí, pero no solo este fue su sendero hacia a Dios: lo había sido durante años su vida de fraile, de misionero, de periodista, de predicador, de confesor, del ardiente devoto y difusor de la Inmaculada.

La fiesta de la Asunción es la fiesta del cielo

La liturgia de la Iglesia, en este luminosísimo día de la Asunción de María, es también eco en sus oraciones, en sus lecturas bíblicas y en el conjunto de ambiente vital y celebrativo, de que el cielo es, como dije antes, es la vocación, la heredad y el destino de todos y cada uno de los hombres y mujeres, de todos y cada uno de nosotros. Porque, en la fiesta grande de la Asunción, lo que celebramos es precisamente esto: el triunfo definitivo de María, quien de este modo se convierte en figura y primicia de toda la Iglesia que un día será también glorificada. Porque María, en y con su Asunción, es consuelo y esperanza del pueblo de Dios todavía peregrino.

La Asunción, hermanos, la fiesta que hoy florece y estalla en todos los rincones de nuestros pueblos y ciudades, en todos los rincones de nuestras propias vidas, es la fiesta del cielo, de un cielo que no puede esperar tampoco para nosotros, pero de un cielo que solo se gana en la tierra y para él necesitamos hombres como los sacerdotes y testigos e intercesores como María que nos muestren su camino, el camino de cielo.

Y a la luz de la liturgia de esta fiesta de la Asunción de María y a través, entonces, del ministerio de la Palabra confiado como un tesoro y como un servicio sagrado a los sacerdotes, he aquí algunas de las etapas de este camino del cielo.

La primera de ellas surge fácilmente reconocible en la lectura del Evangelio de la víspera de la fiesta de la Asunción: “Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen”. En la Palabra de Dios está contenido el camino del cielo. Sin embargo, ¿cuántas veces nuestros oídos y nuestros corazones se endurecen mientras esta es proclamada, cuántas veces acudimos a ella, rezamos con ella, nos nutrimos de ella? ¿Cuántas veces la Palabra de Dios viene a nuestros corazones para hallar respuesta y luz a los distintos envites y circunstancias de la vida? Palabras no faltan en nuestras vidas. Todo lo contrario: hasta sobran y además a través de todos los medios. No sabemos estar callados, no sabemos valorar ni escuchar el silencio. Hacemos de la palabra hasta ruido atronador e imágenes que no cesan, pero nos negamos a escuchar la Palabra con mayúscula.

María, testigo, maestra e intercesora del camino del cielo

El primer camino del cielo, la primera misión del sacerdote, es servir, testimoniar y vivir en, de y para la Palabra de Dios. El primer servicio de María y por ello su primer mérito para ser asunta en cuerpo y alma a los cielos fue escuchar y cumplir la Palabra de Dios. Y solo así fue posible que Palabra tomara carne y habitara y floreciera en sus mismísimas y virginales entrañas maternas.

La escucha de la Palabra de Dios -y, por supuesto, la gracia del Altísimo- hizo de María Santísima mujer de oración y de acción, bien acompasadas ambas realidades capitales para la existencia cristiana, capitales para seguir el camino del cielo.

En el Evangelio del día de la fiesta de Asunción  -el conocido relato lucano de la Visitación a su prima Santa Isabel- nos muestra, al menos, otras tres virtudes esenciales, otros tres medios seguros para proseguir en el camino del cielo. “¡Dichosa tú que has creído –le dijo su anciana y gestante prima Isabel- porque te ha dicho el Señor se cumplirá!”. La fe es la brújula del camino del cielo, es su luz en medio de las nieblas y de las oscuridades: no permite verlo todo, pero sí nos alumbra según avanzamos, según seguimos recorriendo el camino.

El sacerdote es una de esas brújulas necesarias para orientarnos en el camino del cielo. Como nos recuerdan las dos epístolas de las dos Liturgias de la Palabra de la fiesta de la Asunción -la de la misa de la víspera y la de la misa de la fiesta- el hombre de todas las épocas y de todas las culturas se hallan y se enfrenta a lo largo al dilema y la drama de su desaparición física, de su corruptibilidad. Y ninguna respuesta humana ha sido, es y será jamás capaz de responder a este enigma, a este misterio, a este desgarro, a esta tragedia. ¿Vivir para morir? ¡No! La muerte ha sido absorbida en la victoria de Jesucristo, el Hijo de María. Nuestro destino no es la corrupción. No es la materia. Ni procedemos de la nada ni nos encaminamos a la nada. Procedemos de Dios y a El nos encaminamos. Y la muerte -el gran enemigo, el gran dragón rojo de siete cabezas y diez cuernos y siete diademas en las cabezas- es vencido en Jesucristo, que se hizo muerte y resurrección por nosotros. Y es que el amor es siempre más fuerte y más fecundo y definitivo que la muerte. Ese amor, que en el relato evangélico de la Visitación, se convierte también en ejercicio de servicialidad y caridad, otro de los infalibles caminos de cielo.

Por pura gracia y privilegio y en razón de la Encarnación y de su papel en la Redención, Dios no quiso que sufriera la corrupción del sepulcro la mujer que por obra del Espíritu Santo concibió en su seno al autor de la vida, Jesucristo, Hijo suyo e Hijo de Dios y Señor nuestro. Pero sí la desaparición física, al igual que en otros momentos el dolor y la pena.

¿No pensáis que nuestro mundo, en exceso alocado, materialista, inmanentista, necesita saber para que vive, saber para que sufre, saber para que muere, saber para que y a qué espera? ¿No será esta una de las permanentes lecciones de María y uno también de los permanentes y pacientes servicios del sacerdote?

No hemos sido creados ni de la nada ni para la nada: somos ciudadanos del cielo, somos herederos de la eternidad, somos moradores de la casa del Padre. Llevamos en el alma, impreso a fuego, el anhelo irrefrenable de la felicidad y de la eternidad, que, en esta vida apenas intuimos, atisbamos y balbuceamos. Y tiene que haber un “lugar”, un “tiempo”, un estadio para saborear y ver cara a cara y para siempre esta felicidad. Esto es el cielo.

Un cielo que no puede esperar y que solo ganamos en la tierra. Con la escucha de la Palabra, con la fe, con el ejercicio de la caridad y con la práctica de las virtudes que, como en el caso de María, nos hacen merecedores de este cielo: el espíritu de oración y de alabanza, la humildad y la misericordia y la servicialidad y el amor.

María, en su vida y en su Asunción, nos enseña el camino del cielo. El sacerdote ha de enseñarnos el camino de cielo. Y esto –la descrito en esta homilía- es el camino del cielo: Jesucristo, camino, verdad y vida, el hijo de María, el sacerdote por excelencia.

 

Jesús de las Heras Muela

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