Congreso de Laicos Última hora

Yo también soy Iglesia, por Isaac Martín

He seguido con mucho interés los diferentes testimonios publicados en los últimos números de ECCLESIA dando respuesta a una pregunta que no pocos se han hecho en todo este tiempo ¿qué hace la Iglesia durante la pandemia? Verdaderamente es impresionante conocer a tantos hermanos y hermanas nuestros que, individualmente o en comunidad, están dando su vida por los demás —en ocasiones, literalmente—, desde el silencio y sin reservas.

Según lo hacía, me venía recurrentemente a la cabeza una frase de la Liturgia de las Horas que se me quedó grabada la primera vez que la leí, hace ya más de 20 años: «Allí donde va un cristiano, no hay soledad, sino amor, pues lleva toda la Iglesia dentro de su corazón, y siempre dice nosotros incluso si dice yo». En aquel momento, mi clave de lectura estaba condicionada por mis circunstancias personales; era un joven doctorando que iniciaba un largo periodo de residencia en el extranjero, alejado de mi familia y, sobre todo, de mi comunidad parroquial y de mi grupo de referencia de Acción Católica General, en donde había aprendido a dar mis primeros pasos autónomos en la fe. Para mí, esa frase constituía la confirmación de lo que estaba experimentando interiormente: a pesar de los miles de kilómetros de distancia, sentía muy cerca a todos, como si me acompañaran en cada momento; y a la inversa, yo me sentía muy cerca de ellos y de todo lo que seguían haciendo en casa.

Con el paso de los años he ido comprendiendo que existe otra clave de lectura para estas mismas palabras, en la que me ratifican los testimonios de quienes protagonizan el reportaje de esta revista —a quienes no conozco, pero de los que me siento orgulloso—: somos Iglesia y, allí donde estamos y actuamos, lo hacemos como Iglesia.

No en vano, quizás la experiencia más importante que hemos vivido quienes participamos en el Congreso de Laicos ha sido precisamente esta: la de, a pesar de nuestras distintas procedencias, sensibilidades y formas de entender el mundo y la propia Iglesia de la que formamos parte, sentirnos miembros de una misma familia, convocados por el Señor a través de ella a salir a quienes necesitan de nosotros. Esta realidad nos ha de conducir a una doble reflexión. De un lado, si todo lo que hacemos inspirados por nuestra fe y por nuestro amor a Jesucristo, lo hacemos como miembros de la Iglesia, ello significa que, en tanto que miembros de pleno derecho del Pueblo de Dios, tenemos la capacidad (y la misión), por la dignidad bautismal recibida, de hacer llegar a la Iglesia donde sólo nosotros podemos hacerlo. De otro, si somos Iglesia allí donde estamos, ello supone asumir una gran responsabilidad que no debemos obviar, porque estamos representándola en todo lo que hacemos.

Comprender que la Iglesia es mucho más que el obispo de cada diócesis —aunque su función es esencial e insustituible, obviamente—, interiorizar que la Iglesia no es solo la curia pastoral, los sacerdotes y religiosos que han respondido a la llamada de Dios a unirse a Él de un modo especial, sino también todos y cada uno de los fieles laicos, con igual dignidad, cambia la perspectiva radicalmente. Y la cambia porque implica que a cada uno de nosotros nos corresponde sostener esta Iglesia de la que formamos parte, trabajar para mejorarla, en función de nuestra concreta realidad, hacerla llegar a los hombres y mujeres que no conocen a Dios, que necesitan de nuestra Caridad, con mayúsculas. Y ello supone cuidarnos interiormente y mejorar nosotros mismos para comprender mejor qué es lo que Dios nos pide y recibir la fuerza necesaria para asumir la tarea encomendada.

La Iglesia, a la que amamos, con la que sufrimos, nos ha dado la fe que nos sostiene, esa misma fe que nos empuja a actuar, como Iglesia, para darnos a los demás. Es la historia misma de la Salvación, de nuestra salvación.

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