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angel rubio

Yo también soy Domund ¿por qué?

1. Cristo centro de la misión. La urgencia de la actividad misionera brota de la radical novedad de vida traída por Cristo y vivida por sus discípulos. Esta nueva vida es un don de Dios, y al hombre se le pide que la acoja y desarrolle, si quiere realizarse según su vocación integral, en conformidad con Cristo. El Nuevo Testamento es un himno a la vida nueva para quien cree en Cristo y vive su Iglesia. La salvación en Cristo, atestiguada y anunciada por la Iglesia, es auto comunicación de Dios.

2. Mandato misionero. La Iglesia debe anunciar el Evangelio a todo el mundo porque Cristo ha ordenado: “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del padre, del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28,19). Este mandato misionero del Señor tiene su fuente en el amor eterno de Dios, que ha enviado a su Hijo y a su Espíritu porque “quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1Tim 2,4). Las comunidades y cada fiel pueden cooperar en la actividad misionera de la Iglesia con la oración y los sacrificios ofrecidos al Señor con esta intención, con donativos materiales para cubrir los ingentes gastos de las misiones y con la entrega de la propia persona.

3. Iglesia misionera. La Iglesia es misionera porque, guiada por el Espíritu Santo, continúa a lo largo de los siglos la misión del mismo Cristo. Por tanto, los cristianos deben anunciar a todos la Buena Noticia traída por Jesucristo, siguiendo su camino y dispuestos incluso al sacrificio de sí mismos hasta el martirio. Lo que se hizo al principio del cristianismo para la misión universal, también sigue válido y urgente hoy. Las mismas Iglesias más jóvenes, precisamente “para que este celo misionero florezca en los miembros de su patria”, deben participar cuanto antes y de hecho en la misión universal de la Iglesia, enviando también ellas misioneros a predicar por todas partes el Evangelio, aunque sufran escasez de clero.

4. Origen y finalidad de la misión. La Iglesia tiene su origen y realización en el designio eterno de Dios. Fue preparada en la Antigua Alianza con la elección de Israel, signo de la reunión futura de todas las naciones. Fundada por las palabras y acciones de Jesucristo, fue realizada, sobre todo, mediante su muerte redentora y su resurrección. Más tarde, se manifestó como misterio de salvación mediante la efusión del Espíritu Santo en Pentecostés. Al final de los tiempos, alcanzará su consumación como asamblea celestial de todos los redimidos.

5. Motivo de la misión. La misión de la Iglesia es anunciar e instaurar entre todos los pueblos el Reino de Dios inaugurado por Jesucristo. La Iglesia es el germen e inicio sobre la tierra de este Reino de salvación. En efecto, “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”. La salvación se encuentra en la verdad. Los que obedecen a la moción del Espíritu de la verdad están ya en el camino de la salvación; pero la Iglesia, a quien esta verdad ha sido confiada, debe ir al encuentro de los que la buscan para ofrecérsela.

6. Caminos de la misión. El Espíritu Santo es en verdad el protagonista de toda la misión eclesial. Él es quien conduce la Iglesia por los caminos de la misión. Ella continúa y desarrolla en el curso de la historia la misión del propio Cristo, que fue enviado a evangelizar a los pobres; la Iglesia, impulsada por el Espíritu Santo, debe avanzar por el mismo camino por el que avanzó Cristo: esto es, el camino de la pobreza, la obediencia, el servicio y la inmolación de sí mismo hasta la muerte, de la que surgió victorioso por su resurrección. Es así como la “sangre de los mártires es semilla de cristianos”.

7. Misión y unidad. Las divisiones entre los cristianos son un obstáculo para que la Iglesia lleve a cabo la plenitud de la catolicidad que le es propia en aquellos hijos que, incorporados a ella ciertamente por el Bautismo, están separados de su plena comunión. Incluso, se hace más difícil para la propia Iglesia expresar la plenitud de la catolicidad bajo todos los aspectos en la realidad misma de la vida. El deseo de restablecer la unión de todos los cristianos es un don de Cristo y un llamamiento del Espíritu Santo; concierne a toda la Iglesia y se actúa mediante la conversión del corazón, la oración, el recíproco conocimiento fraterno y el diálogo teológico.

8. Misión y diálogo. La tarea misionera implica un diálogo respetuoso con los que todavía no aceptan el Evangelio. Los creyentes pueden sacar provecho para sí mismos de este diálogo aprendiendo a conocer mejor “cuanto de verdad y de gracia se encontraba ya entre las naciones, como por una casi secreta presencia de Dios”. Si ellos anuncian la Buena Nueva a los que la desconocen, es para consolidar, completar y elevar la verdad y el bien que Dios ha repartido entre los hombres y los pueblos, y para purificarlos del error y del mal “para gloria de Dios, confusión del diablo y felicidad del hombre”.

9. Misión y Salvación. La actividad misionera representa aún hoy día el mayor desafío para la Iglesia. Es cada día más evidente que las gentes que todavía no han recibido el primer anuncio de Cristo son la mayoría de la humanidad. Hay que dirigir la atención misionera hacia aquellas áreas geográficas y aquellos ambientes culturales que han quedado fuera del influjo evangélico. Todos los creyentes en Cristo deben sentir como parte integrante de su fe la solicitud apostólica de transmitir a otros su alegría y su luz.

10. Misión diocesana. La misión diocesana consiste en que nuestras Iglesias particulares, bien en cuanto tales, bien unidas en caridad con otras de la misma Provincia Eclesiástica, acepten la evangelización de todo un territorio misionero o de algunos puestos de misión en una o varias de la jóvenes Iglesias de las misiones. En la “misión diocesana” han de saberse comprometidos los obispos, los sacerdotes, religiosos y religiosas, movimientos apostólicos seglares y todos los demás miembros de la comunidad diocesana, cada cual según el don del Espíritu y su condición de vida en el conjunto de la Iglesia. Se trata de un empeño comunitario asumido por la Iglesia diocesana en cuanto tal y que, por ello, concita la colaboración de todos los miembros de la comunidad diocesana.

 

+ Ángel Rubio Castro

                                                          Obispo de Segovia



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