Opinión Última hora

«Yo hago nuevas todas las cosas», por Isaac Martín

Seguimos avanzando paulatinamente en el proceso que se ha dado en llamar oficialmente transición hacia una «nueva normalidad», un evidente oxímoron fruto del marketing público que estamos empezando a interiorizar acríticamente. Por definición, la normalidad nunca puede ser nueva porque, para ser verdaderamente tal, ha de responder a lo normal, al estado natural de las cosas. Si volvemos a la situación anterior a la pandemia, la normalidad no será nueva; si cambiamos de costumbres y usos sociales, ya no será normalidad. No obstante, si se piensa bien, quizás es esto lo que se pretende conseguir en última instancia; un nuevo modo de ser y estar como sociedad.

Ciertamente, seguro que no son pocos los extremos de los que no podemos sentirnos orgullosos a nivel personal; muy evidente, además, resulta el hecho de que, como sociedad, es mucho lo que hemos de cambiar. Lo que hemos vivido estos meses nos ha situado ante la esencia de nosotros mismos y nos ha hecho plantearnos el sentido de nuestra existencia. Hemos alcanzado a vislumbrar que algunos aspectos de nuestro estilo de vida personal y social nos influían e influyen negativamente a todos de un modo u otro. También hemos podido observar que es posible dar lo mejor de nosotros mismos y ponerlo al servicio de los demás cuando las circunstancias lo requieren.

Y es que no podemos olvidar que hemos sido creados para el bien y para amar. A lo largo de nuestra vida, cuando la entendemos como misión y servicio, buscamos ser mejores, esto es, responder a ese ideal de ser humano en el ambiente en el que estamos. Unos lo llaman cambiar el mundo, otros mejorar la sociedad; los cristianos lo denominamos cumplir con la misión que Dios nos ha encomendado o, en palabras del Concilio Vaticano II, transformar las realidades temporales para ordenarlas según Dios (cfr. LG 31). Esta situación constituye una oportunidad única para tratar de ser coherentes con esa huella indeleble que llevamos inscrita en nuestra alma, que nos lleva a anhelar a Dios y nos llama a transformar nuestro pequeño mundo, a luchar por hacer de él un espacio más digno, más justo, más fraterno. Pero, si verdaderamente deseamos logarlo, no podemos obviar un elemento fundamental, la clave de todo cambio, que no está ni en nosotros, ni en la pandemia, ni en ningún otro elemento externo. Definitivamente, es Cristo quien hace nuevas todas las cosas, es el encuentro con Él el que abre un horizonte verdaderamente nuevo en lo que somos y en todo lo que hacemos, es la centralidad del Señor en nuestras vidas lo que permite que ese cambio, ese nuevo horizonte, se consolide en nuestra existencia y en la comunidad de la que formamos parte.

Esta afirmación tan rotunda no es sólo un firme pensamiento de quien escribe estas líneas; es una convicción unánime de cuantos participaron en los grupos de reflexión durante el Congreso de Laicos, cuyas propuestas se están analizando en estos momentos para articular el documento que servirá de base para los trabajos del postcongreso.

La realidad que estamos viviendo en estos meses lo pone de manifiesto: solo si esta experiencia nos ha servido para abrirnos a la trascendencia seremos capaces de conseguir que lo experimentado en los momentos de mayor incertidumbre y dureza de la pandemia nos conduzca a un cambio de vida y a una mejora auténtica de la sociedad; si, por el contrario, simplemente buscamos, con el paso del tiempo, poder recuperar la normalidad provisionalmente perdida para seguir instalados en nuestras comodidades previas, difícilmente algo cambiará en nosotros y en nuestro alrededor.

Podremos modificar rutinas, usos, costumbres, hábitos personales y sociales, pero no seremos capaces de responder al ideal al que todos y cada uno de nosotros estamos llamados. Pensémoslo: solo Cristo hace nuevas todas las cosas.

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