Carta del Obispo

Ya pasó la Navidad, por Santiago García Aracil

Monseñor Santiago García Aracil
Mons. Santiago García Aracil

Todavía resuena en nuestros oídos el eco de los villancicos recordándonos los entrañables días de la Navidad. El mensaje que nos dejó el nacimiento de Jesús nos habla de humildad, de sencillez y de austeridad, motivados por el amor a la Verdad, al prójimo y, como fuente de todo ello y sobre todo, a Dios. ¡Qué bellos días de encuentros familiares, de gozo compartido entre amigos, de ternura ante el portal de Belén, y de fervor estimulado por la fe al recibir a Jesucristo en el santísimo sacramento del Altar! Parece que la Navidad no debía terminar nunca.

Sin embargo, Jesucristo no nació entre nosotros tomando nuestra naturaleza débil, contingente, y esclavizada bajo la traición del pecado, simplemente para clausurar un pasado infeliz. Jesucristo, que cargó con nuestros pecados para redimirnos de ellos en la cruz, jamás tuvo pecado. Con su nacimiento entre nosotros, abrió una era de proyectos nacidos de la decisión de ser fieles a la voluntad de Dios; proyectos de amor, de comprensión y de ayuda para el prójimo; proyectos de integración activa en la comunidad eclesial; de responsabilidad ante las realidades sociales; y de respeto a la naturaleza, procurando utilizarla como Dios quiso que hiciéramos al crearla para nuestro servicio. No olvidemos que es obra de Dios, y tratémosla  siempre como a Dios le complace. Ese es el principio de la auténtica ecología.

 

La Navidad, así entendida se convierte en una puerta que nos abre a un vastísimo y atractivo horizonte humano y sobrenatural, en una clara  invitación a la esperanza, y en un motivo de confianza en el  Señor que constantemente  nos busca y quiere ayudarnos para que alcancemos la plenitud según nuestra identidad original. Hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. El pecado consiste, precisamente, en querer suplantar a Dios, o en desear ponerlo a  nuestro servicio. Creados por Dios, debemos vivir según Dios y a receptivos a su gracia. Ese es el camino de nuestra plenitud y de nuestra salvación.

Pero la Navidad ha sido, también, para  muchos un tiempo de fuertes y dolorosos contrastes. El Señor nos creó a todos con el mismo amor; hizo el mundo para todos sin distinción; se manifestó como Padre de todos sin excepción; y nos constituyó en una gran familia de hermanos con la responsabilidad de cuidar unos de otros en lo material y en lo espiritual.

En cambio, sabemos que a todos no ha llegado este mensaje; que son muchísimos los que no conocen a Jesucristo y, por tanto, carecen de los horizontes y de la esperanza que llena nuestro corazón y nos estimula al progreso por el camino de la virtud. Sabemos que abundan los hermanos a quienes la debilidad ante la riqueza, el prestigio y el placer arrastran por los caminos de la mentira, de la avaricia, de la violencia y de la traición. Ellos son los que, empujados por el diablo,  obstaculizan el justo desarrollo de las personas, de los pueblos y de las realidades sociales a las que llega su influencia.

Ante ello, los cristianos, animados por la gracia de Dios que nos ha traído Jesucristo y que se nos ha manifestado en la Navidad, debemos alzar los ojos, mirar hacia el futuro sin perder la conciencia del presente, y comprometernos en una acción paciente, constante, humilde y fraterna que pueda llevar a los demás la fe en Dios, la confianza en los propios recursos para contribuir a su renovación personal y a la de la sociedad en que vivimos; y que  mantenga viva en todos la esperanza de alcanzar una  civilización en que priven el amor, la solidaridad fraterna y la generosidad en el servicio al prójimo y al bien común.

Quizá parezca un tanto idealista y utópico lo que venimos diciendo. Sin embargo, sabemos muy bien por experiencia que es posible la conversión personal, el cambio de las realidades sociales y el progreso integral de las personas, si se tiene en cuenta la ley y la gracia de Dios, y si se cuenta con la colaboración fraterna. La Navidad nos convoca a ello. Jesucristo es la manifestación más clara de que desde la humildad de un establo,  con la fuerza de la sencillez personal y con la obediencia al Padre, se pueden alcanzar metas verdaderamente grandes. La historia así lo ha mostrado a lo largo de los siglos. La fe en Jesucristo ha sido un potente motor de cambio humano y social. Pero la historia también nos muestra que, cuando no se hace caso a Dios y se constituye uno mismo en centro y referencia de las propias actitudes y acciones, se cambia en mal todo lo que está necesitando la orientación al bien.

Ya pasó la Navidad como acontecimiento celebrativo; pero no pasaron ni la llamada de Dios que resonó en la Navidad, ni el proyecto de esperanza que hizo posible el nacimiento de Jesucristo.

Pensemos en los más pobres de bienes materiales, espirituales y  sobrenaturales, y  dispongámonos a prolongar la navidad en la mente y en el corazón de las gentes para que a nadie falte la luz de  Jesucristo y lo que necesitan y merecen en justicia.

Monseñor Santiago García Aracil

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