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«Y llamó a los que quiso… para estar con Él, y enviarlos a sanar, curar, reparar»

Celebramos con alegría y estremecimiento la XXV Jornada de la Vida Consagrada, con el lema «Vida Consagrada, parábola de fraternidad en un mundo herido», y con agradecimiento a tantos hermanos y hermanas, que en este tiempo ayudados por la gracia han puesto sus vidas en ofrenda, hasta dar la vida, en medio de este nuestro mundo que sufre tantas incertidumbres, necesidades y desesperanzas.

Pero al tiempo, es un momento de avivar la misma Palabra de Jesús en nuestros corazones, celebrar esta Jornada significa agradecer y pedir que «Dios sea Dios», en las vidas sencillas de muchos hombres y mujeres, que humildemente, apoyados en su llamada, han descubierto el verdadero tesoro de sus vidas, y por el que ¡dar la vida!, en las distintas formas de la vida consagrada: En el compromiso cotidiano de las diversas tareas apostólicas o junto al silencio orante de otros muchos y muchas, (existen en España más de 740 monasterios) que como el Papa Francisco dice son «faro» para nuestro mundo. Y así dejarse «llevar» a la luz del Espíritu para servir y compartir lo mejor de sí, a favor de la fraternidad.

Sentir la «llamada» nos lleva a los consagrados y consagradas a cambiar la mirada, a desear caminar a «su lado» y también junto a otros, para generar a nuestro alrededor ¡vida!, fiesta, alegría que recrea, consuelo, comunión, «el amor al prójimo es realista y no desperdicia nada que sea necesario para una transformación de la historia que beneficie a los últimos» (FT 165), los consagrados estamos pues, si cabe, más comprometidos, a no dejar al lado a nadie, somos llamados a las cunetas y periferias, y a contar con todos para la tarea de seguir narrando la historia encarnada, del Dios con nosotros, que en la persona de Jesús, se hizo Buen Samaritano.

En muchas celebraciones de este día, renovaremos nuestros votos, ¡que oportunidad de conjugar de nuevo el amor primero! y decir sí, a la invitación de seguirle y ser como Él… Con nuestros compromisos de castidad, pobreza y obediencia, nos ponemos en sus manos, para dejarnos conducir por su Espíritu que siempre nos redirige al «nosotros» por encima del yo, a compartir y no acaparar, a la libertad de los audaces y creativos en el Señor, que no «tienen nada que perder», ¡a los que les nacen alas! para ser nuevos samaritanos, en este mundo tan herido, del que formamos parte, el Papa Francisco nos urgía «soñemos como una única humanidad, como caminantes de la misma carne humana, como hijos, de esta tierra que nos cobija a todos… hasta que sea la casa de todos y todos hermanos» (cf. FT 8). ¡Es gracia muy especial a pedir en esta Jornada!

La vida consagrada no puede dejar pasar sus «irrenunciables»; se desvirtuaría su sabor profético, si deja que los enredos de disminución, vejez, miedos… frenen la parábola de vida y sentido que está llamada a ser, en este mundo concreto de hoy de tantas desesperanzas e incertidumbres. Dejemos espacio para escuchar el encargo de la Pascua: «Id y decid a mis hermanos».

Mª José Tuñón, ACI, directora del Secretariado de la Comisión Episcopal para la Vida Consagrada



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