Carta del Obispo Iglesia en España

«Y desconfiaban de él», por César Franco, obispo de Segovia

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«Y desconfiaban de él», por César Franco, obispo de Segovia

            Se ha dicho que Dios y el hombre se parecen a dos enamorados que no se han puesto de acuerdo en el lugar de la cita. Dios nos espera en el ámbito de lo eterno y el hombre se empeña en buscarlo en lo temporal.

No le falta razón a quien sentenció así. Aferrado a lo terreno, el hombre olvida lo eterno. Pero dicho esto, hay que añadir que Dios ha querido hacerse encontradizo en el tiempo, en la tierra, a pie de calle. Dios se ha hecho, dice Gaudium et Spes, contemporáneo de cada hombre. El libro del Génesis afirma del Creador que acostumbraba a pasear con Adán y Eva en el jardín del Edén al fresco de la tarde. Bella imagen del Dios que se goza en habitar entre los hijos de los hombres.

            Al hombre le cuesta entender esta cercanía de Dios. Se sorprende y, en ocasiones, se escandaliza. Somos contradictorios. Nos quejamos de la lejanía de Dios, de su trascendencia. Le echamos en cara su «despreocupación» por lo que pasa en esta pobre tierra; pero, cuando se acerca, dudamos de que sea él, nos molesta su vecindad, la proximidad de su aliento que nos roza la nuca, y pensamos que no es posible que sea tan cercano. El profeta Elías buscó a Dios en el viento que rompía las rocas, en el terremoto, en el fuego abrasador, pero Dios se manifestó finalmente en la suave brisa, como un susurro.

            Cuando el Hijo de Dios toma nuestra carne, la cercanía de Dios alcanza su momento definitivo, que ha sido llamado «plenitud de los tiempos». Dios se acerca tanto al hombre que se hace hombre. Puede ser visto, abrazado, escuchado. Y, paradójicamente, esta cercanía levanta sospechas, dudas y escepticismo. Sus vecinos de Nazaret, que le habían visto crecer, desarrollarse como un joven de la aldea y aprender el oficio de carpintero, quedaron asombrados por su sabiduría, por la autoridad de sus palabras, por «los milagros de sus manos». Y se preguntaban estupefactos: «¿No es éste el carpintero, el hijo de María, pariente de Santiago y José y Judas y Simón? ¿Y sus parientes no viven con nosotros aquí? Y desconfiaban de él» (Mc 6,3). Por una parte, confesaban su autoridad, su grandeza y sus milagros, pues habían sido testigos de todo ello; por otra, les faltaba fe, para dar el salto a la confesión de otros contemporáneos, paganos y judíos, que se rendían ante lo que sus ojos contemplaban. Dios se les había acercado tanto que su proximidad se convirtió en un obstáculo.

            El Hijo de Dios se ha hecho a la medida del hombre: éste es el «escándalo» del cristianismo, su nota de identidad: la del Trascendente que actúa en lo pequeño, en lo imperceptible. El Dios que se mueve también entre los pucheros, como decía santa Teresa de Jesús, acomodándose a nuestros espacios, costumbres, relaciones. El Dios encarnado que puede encontrarse en lo más sencillo de la existencia, porque, según Péguy, «lo sobrenatural es también carnal». Para encontrarlo, el hombre tiene que pensar, según el dicho ignaciano, «oppositum per diametrum», es decir, de modo totalmente opuesto a como pensamos los hombres. Sólo así acertaremos, y nos encontraremos que Dios está ahí, frente a mí, en mis gentes y en mis cosas, mirándome a la cara, haciendo milagros cada día, que sólo conseguiré admirar cuando contemple los lirios del campo y los pájaros del cielo como los veía Jesús.

            Qué bien describe el poeta Carlos Murciano esta cercanía y vecindad de Dios en su poema «Dios encontrado», que termina con estas dos estrofas:

Hoy he encontrado a Dios en esta estancia
alta y antigua en donde vivo. Hacía
por salvar, escribiendo, la distancia
y se me desbordó en lo que escribía.

Y aquí sigue: tan cerca que me quemo,
que me mojo las manos con su espuma;
tan cerca, que termino, porque temo
estarle haciendo daño con la pluma.

+ César Franco

Obispo de Segovia.

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