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Y al séptimo día descansó

Los occidentales del siglo XXI andamos a malas con el tiempo, parece que vivimos peleados con él. Vamos a contrarreloj a todas partes, alguien o algo nos roba el tiempo, ese «elemento» tan preciado como escaso. Las veinticuatro horas del día se nos pasan en un suspiro y, por mucho que lo maximicemos, no lo logramos alargar. En ocasiones, a modo de queja, se nos escapa: «¡No tengo tiempo!». No tenemos tiempo para trabajar con calma, ni para disfrutar del trabajo; casi siempre se nos imponen los plazos de entrega, y nos queda la sensación de que todo lo tenemos que despachar a toda prisa, sin haber puesto en juego nuestra creatividad ni nuestro entusiasmo… Los quehaceres cotidianos no nos reportan ninguna satisfacción.

Además, en nuestra vida diaria, perdemos mucho tiempo en desplazamientos, sufriendo interminables atascos, que terminan por destrozar nuestro sistema nervioso, y que consiguen que acabemos lanzando algún que otro «improperio» con el pobre conductor que va delante, o con el que acaba de adelantarnos y no ha puesto el intermitente en el giro… A ello, a veces se suma que el compañero de trabajo, a su estrés habitual, hoy además tiene un mal día.

Capítulo aparte merecen los grandes almacenes, que son como una solución fácil ante nuestra falta de tiempo. Lo primero que llama la atención —en lo que se refiere a la cuestión del tiempo— es la perspicacia que manifiestan. Nuestra vivencia del tiempo está organizada por los grandes acontecimientos y por las fiestas. Lo que da sentido al transcurrir del tiempo son las paradas que rompen su monotonía, empezando por la alternancia noche y día. Y lo mismo ocurre a lo largo del año: fines de semana, puentes, vacaciones, final de la liga o de los colegios, campaña de la declaración de la renta… Todo ello nos orienta en medio del tiempo, le da un sentido, organiza nuestra vida, fijando fines y expectativas.

Antiguamente, esta función la realizaba el calendario litúrgico; tanto es así que las fiestas más importantes todavía siguen arraigadas en algunas capas de la población: el día de Todos los Santos, la Purísima, la Navidad, el Miércoles de Ceniza, la Pascua, san José, la Virgen de Agosto… Todo esto, en otro tiempo, organizaba y fijaba períodos de labor en el campo, de cosecha o de siembra, y orientaba el ritmo de las estaciones, y las ocasiones de fiesta, encuentro y descanso. Sin embargo, quienes marcan hoy en día nuestro calendario son los grandes centros comerciales. A través de la publicidad, nos van marcando los principales momentos del año: inicio de la temporada de compras navideñas, re-bajas, llegada de la primavera, rebajas de verano, «vuelta al cole»… Junto a estos tiempos más «fuertes», existen otros alicientes para el «tiempo ordinario»: uno puede ir a los Estados Unidos, a la India, a México o a Italia sin moverse de su ciudad.

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