Rincón Litúrgico

XX domingo del tiempo ordinario. «Señor, ayúdame»

Jesús salió y se retiró a la región de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: «Ten compasión de mí, Señor Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo». «Señor, ayúdame». Él le contestó: «No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos». Pero ella repuso: «Tienes razón, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos». Jesús le respondió: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas». En aquel momento quedó curada su hija (Mt 15, 21-22. 26-28).

 

Observa el territorio donde tiene lugar la acción de Jesús, que hoy nos narra el Evangelio: en tierras paganas, fuera de Israel. No es indiferente la alusión a una mujer cananea. La presencia de la mujer es muy significativa en el Nuevo Testamento.

El término “mujer” es en muchos pasajes una figura tipológica, que puede designar al antiguo pueblo de Israel, y también al nuevo pueblo, redimido. Observando el texto del Génesis, en el que Adán llama a Eva “mujer”, al ver cómo llama Jesús a su madre tanto en Caná de Galilea como desde la Cruz, y teniendo en cuenta que el Resucitado llama a María Magdalena en la mañana de Pascua también “mujer”, que el texto de Mateo presente a Jesús en relación con la cananea, significa mucho más que una acción puntual y alcanza a tener un significado teológico.

Con relativa frecuencia, los textos evangélicos denuncian la falta de fe de los nativos de Nazaret o de las autoridades de Israel, y en cambio, resaltan la fe de los extranjeros. Un centurión, un samaritano o un publicano se convierten en modelos de adhesión a Jesús. Hoy el Maestro se sorprende de la fe de la mujer pagana: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas».

Ambas circunstancias, la acción de Jesús fuera de Israel y el protagonismo de una mujer extranjera, son un revulsivo para quienes podemos creernos cristianos oficiales, pero un tanto adormecidos.

Hoy, Señor, como Zaqueo, como Leví, al igual que el centurión de Cafarnaúm, y la sirofenicia, a ejemplo de la cananea, te pido que reavives nuestra fe y que podamos convertirnos en verdaderos testigos de tu divinidad.

Míranos un tanto cabizbajos por la pandemia. Tú, que curaste a la hija de la cananea, sé propicio con todos los afectados por el coronavirus, no solo físicamente, sino también por tantos que viven angustiados por las consecuencias sociales, económicas y laborales que se están produciendo.

Como la cananea: “Señor, ayúdanos”, “Ten compasión”, mira a toda la iglesia suplicante, y haznos ser testigos de tu poder y de tu misericordia en estos tiempos de tanta incertidumbre. Ven a la parte más pagana de nuestro corazón, y aunque merezcamos ser tratados como algo incrédulos y materialistas, convierte nuestras pruebas en plegaria. ¡Ayúdanos!

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