sembrador
Rincón Litúrgico

XV Domingo del Tiempo Ordinario

“Aquel día salió Jesús de casa y se sentó junto al mar. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó y toda la gente se quedó de pie en la orilla. Les habló muchas cosas en parábolas: Salió el sembrador a sembrar. Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que escucha la palabra y la acepta enseguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, enseguida sucumbe. Lo sembrado entre abrojos significa el que escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas ahogan la palabra y se queda estéril. Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ese da fruto y produce ciento o sesenta o treinta por uno». (Mt 13, 1-3. 20-23)

Comentario

Quisiera ser, Señor, tierra buena, labrada, aireada, esponjosa, con humedad y hondura para albergar la semilla de tu Palabra, y que germinara robusta y diera fruto centuplicado. Mas, al examinar mi parcela, a la luz de tu parábola, si soy sincero, parte de mi tierra es cantorral, ribazos con zarzales, y tramos endurecidos, por los frutos que se dan en mí, a pesar de escuchar con gusto tu enseñanza.

Es verdad, si soy sincero, que también hay surcos que prometen cosecha con mies crecida y espigas granadas, que anuncian abundancia, si no viene el pedrisco, la alimaña, el arrebato por lo recio del estío.

Quizá tenga que extraer una suma comparada, y hacer una media de lo que crece en tierra fecunda, y lo que no llega a la sazón por mis torpezas, zarzales y malezas que ahogan tu semilla, o aunque crezca, si se asfixia, acosada por el matorral salvaje.

He visto al labrador descantar el campo, quizá sea un trabajo que me falta, y arrancar las zarzas, la ortigas, los ababoles, que crecen junto a la mies. Aunque me dices que no precipite de manera violenta la tarea de arrancar, por si me llevo, por medio, la espiga buena.

Tendré que aprender a ser paciente, a la vez que constante, para no dejar abandonado el campo, porque lo crea estéril y sin responder a tu esperanza. Sé Tú el Labrador paciente, Tú quien vigile mi parcela y la defiendas de alimañas, y de enemigos que siembren sutilmente cizaña sofocante.

Sé que no puedo quedar al margen del trabajo, que me corresponde la tarea de recibir responsable la semilla, pero sé Tú mi labrador constante, y no dejes de esparcir por todo el campo tu Palabra, para que si en los ribazos, caminos, y zarzales de mi vida no doy cosecha suficiente, en el corazón crezca remecida la respuesta, gracias a tu entrañable misericordia.

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