Hong Kong (China), 22/02/2020.- Residents queue in line as they receive free masks in Hong Kong, China, 22 February 2020. Hong Kong has so far reported two deaths and 69 confirmed cases of COVID-19 after a police officer tested positive for the novel coronavirus. The virus (SARS-CoV-2) outbreak, which originated in the Chinese city of Wuhan, has so far killed more than 2,000 people with over 77,000 infected worldwide, mostly in China. EFE/EPA/MIGUEL CANDELA
Opinión

Vulnerabilidad, solidaridad, superación y oración

La vulnerabilidad del ser humano

Densas tinieblas han cubierto nuestros pueblos, plazas, calles y ciudades; se fueron adueñando de nuestras vidas llenando todo de un silencio y un vacío desolador que paraliza todo a su paso; se sentía en el aire, en los gestos, lo dicen las miradas. Nos encontramos asustados y perdidos. La pandemia desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas.

Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, necesarios, y llamados a remar juntos. En esta barca, estamos todos. Descubrimos que no podemos seguir cada uno por nuestra cuenta. Hemos podido aprender en todo este tiempo, que nadie se salva solo. En este tiempo nos hemos dado cuenta de la importancia de «unir a toda la familia humana en la búsqueda de un desarrollo sostenible e integral».

Qué difícil es quedarse en casa para aquel que vive en una pequeña vivienda precaria o que directamente carece de un techo. Qué difícil es para los inmigrantes, las personas privadas de libertad o para aquellos que realizan alguna terapia de curación debido a sus estados débiles.

El valor de la solidaridad

Una emergencia como la del COVID-19 es derrotada en primer lugar con los anticuerpos de la solidaridad. Es el Señor quien nos volverá a preguntar «¿dónde está tu hermano?». (Gn4,9a) “… Entonces el Señor preguntó a Caín: –¿Dónde está tu hermano Abel?…”.

Si actuamos como un solo pueblo, incluso ante otras epidemias que nos acechan, superaremos el mal. Pero, ¿seremos capaces de actuar responsablemente frente al hambre que padecen tantos, sabiendo que hay alimentos para todos?

¿Seguiremos mirando para otro lado con un silencio cómplice ante esas guerras alimentadas por deseos de dominio y de poder? ¿Estaremos dispuestos a cambiar los estilos de vida que sumergen a tantos en la pobreza, promoviendo y animándonos a llevar una vida más austera y humana que posibilite un reparto equitativo de los recursos? ¿Adoptaremos como comunidad internacional las medidas necesarias para frenar la devastación del medio ambiente o seguiremos negando la evidencia?

A causa del egoísmo, hemos incumplido nuestra responsabilidad como custodios y administradores de la tierra. Existe un gran deterioro de nuestra casa común. La hemos contaminado, la hemos saqueado, poniendo en peligro nuestra propia vida.

¿Y cómo reacciona la tierra? Hay un dicho español que dice: “Dios perdona siempre; nosotros los seres humanos perdonamos algunas veces; la tierra no perdona nunca”.

Ojalá tengamos los anticuerpos necesarios de la justicia, la caridad y la solidaridad.

Solidaridad con los que han sido afectados directamente por el coronavirus: los enfermos, los que han fallecido y las familias que lloran por la muerte de sus seres queridos,  que en algunos casos ni siquiera han podido darles el último adiós. Es difícil  olvidar la absoluta crueldad de no poder acompañar a los moribundos en sus últimos instantes y llorarlos luego adecuadamente.

Solidaridad con quienes se encuentran en condiciones de particular vulnerabilidad, como también agradecimiento a quienes trabajan en los centros de salud, o viven en los cuarteles y en las cárceles, a los médicos, enfermeros y enfermeras, encargados de reponer los productos en los supermercados, limpiadoras, cuidadoras, transportistas, fuerzas de seguridad, voluntarios, sacerdotes, religiosas, padres, madres, abuelos y abuelas, docentes, campesinos y agricultores que siguen trabajando para producir alimentos sanos sin destruir la naturaleza, y así atender las necesidades de las gentes.

¿Y después de superar esta pandemia?

Ha llegado el momento de eliminar las desigualdades, de reparar la injusticia que mina de raíz la salud de toda la humanidad. Ha llegado el momento de prepararse para un cambio fundamental en el mundo post-COVID19.

Ha llegado el momento de cambiar los paradigmas y sistemas que ponen en riesgo el mundo entero. Nuestra vida tras la pandemia no debe ser una réplica de lo que fue antes. Seamos misericordiosos con el que es más débil.

Esta epidemia pasará, pero sus graves consecuencias se sienten. Pensemos en el proyecto de desarrollo humano integral que anhelamos, centrado en el protagonismo de los pueblos en toda su diversidad y el acceso universal a esas tres “T”: tierra, techo y trabajo. Nuestra civilización, tan competitiva e individualista, con sus ritmos frenéticos de producción y consumo, sus lujos excesivos y ganancias desmedidas para pocos, necesita un cambio de ritmo, repensarse y regenerarse.

Las consecuencias ya han empezado a verse, trágicas y dolorosas, y por eso tenemos que pensar en ellas ahora. Como miembros de una única familia humana y habitantes de una sola casa común, un peligroso egoísmo infecta a muchos más que el COVID-19.

Ha llegado el momento de reflexionar sobre las actividades económicas y el trabajo. Volver simplemente a lo que se hacía antes no sirve ya; ¿por qué reinvertir en combustibles fósiles, monocultivos y destrucción de la selva tropical, cuando sabemos que ello agrava nuestra crisis medioambiental? ¿por qué no pasar a algo mejor? Si seguimos aceptando, e incluso exigiendo, una competición implacable entre intereses individuales, corporativos y nacionales, en la que los perdedores son destruidos, entonces al final los ganadores también perderán como los otros, porque este modelo es insostenible a cualquier escala.

¿Por qué retomar la industria armamentística, con su terrible desperdicio de recursos y su inútil destrucción? Necesitamos “armas” de una clase distinta para luchar contra la enfermedad y aliviar el sufrimiento, empezando por el equipamiento completo necesario para las clínicas y hospitales de todo el mundo.

Mientras pensamos en una lenta recuperación de la pandemia, el riesgo es que nos golpee un virus todavía peor, el del egoísmo indiferente, que se transmite al pensar que la vida mejora si me va mejor a mí, que todo irá bien si me va bien a mí.

Esta pandemia nos recuerda que no hay diferencias ni fronteras entre los que sufren: todos somos frágiles, iguales y valiosos. Deseamos que lo que ha pasado y está pasando nos sacuda por dentro. Es tiempo de eliminar las desigualdades, de reparar la injusticia que mina de raíz la salud de toda la humanidad.

La oración

La oración es fundamental para redirigir nuestra mirada a la esperanza, sobre todo cuando la esperanza se hace débil y lucha por sobrevivir. ¡Cuántas personas rezan, ofrecen e interceden por el bien de todos!. La oración y el servicio silencioso son nuestras armas vencedoras.  Reconocer que no somos autosuficientes y, por tanto, encomendarnos a Dios. La oración puede enseñarnos día tras día cómo dirigir nuestras relaciones, nuestros estilos de vida, nuestras expectativas y nuestras políticas hacia el desarrollo humano integral y la plenitud de la vida. Por tanto, la escucha, la contemplación y la oración son parte integrante de la lucha contra las desigualdades y las exclusiones, y a favor de alternativas que sostengan la vida.

Aprendamos de la primera comunidad cristiana. (Hch 2,44-46). “…Los que habían creído estaban muy unidos y compartían sus bienes entre sí; vendían sus propiedades, todo lo que tenían, y repartían el dinero según las necesidades de cada uno. Todos los días se reunían en el templo, y partían el pan en las casas y comían juntos con alegría y sencillez de corazón…

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