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Vuelta a la normalidad

Para quien más quien menos, esta semana post Reyes es la semana de vuelta a la normalidad tras los días festivos y celebrativos de las Pascuas de Navidad. Quizás alguno aún mantiene los propósitos del año nuevo, pero si no están ustedes bien entrenados en la voluntad y la fortaleza, no llegarán a fin de mes. Y no pasa nada. Está bien y así es como debe ser. Peor sería no haber tenido propósitos como dice García-Máiquez. No se me fustiguen… pero no paguen el gimnasio o la academia sin necesidad.

Son días de descambiar regalos por tallas de más, de menos, o por otras cosas. De quitar adornos y belenes. De guardar copas y vajillas especiales. De coladas de manteles y servilletas especiales hasta el próximo año intentando quitar esa mancha de vino o de salsa que siempre queda.

Es mes de cuesta arriba -o cuesta abajo, según se mire…-, de apretarse el cinturón, de pensar en la báscula y de empezar a mirar el calendario para buscar los próximos días de vacaciones que nos esperan.

Días de no salir más que por lo imprescindible a la vuelta del trabajo, de dedicarnos a los libros que nos trajeron sus Majestades de Oriente, de estar envuelto en el jersey nuevo, la nueva bata o de usar los nuevos calcetines. Quizás de ver, antes de irnos a dormir, esas películas que nos recomendaron al acabar el año. El frío ayuda y acompaña.

Días de volver a los deberes con los niños, de autobús, meriendas, de montar el castillo o el fuerte de los playmobil, de ropas de muñecas y cocinitas con ellos. Días de enjugar lágrimas y limpiar mocos y heridas en las rodillas, de despertar a los peques somnolientos con los ojos cargados de sueño…como los propios padres. De poner bufandas y guantes, de coger coletas, de regañar y de reír juntos.

Días de ponerse al día en el trabajo, de intentar recordar la clave del ordenador, del teléfono de empresa o del correo electrónico laboral. ¡Si sólo fueron diez días! Pero así es nuestra condición humana. Y está bien. Y así debe ser. Necesitamos holgar y olvidarnos de la obligación… tanto como necesitamos recuperarla. El hombre no puede vivir en unas eternas vacaciones, no se olviden, aunque por momentos deseemos que la primitiva o el euromillón nos retire. Pero nos hacemos en el trabajo, en la donación de nosotros mismos, en la ocupación y el servicio, en transformar este mundo para algo mejor de lo que nos encontramos.

Volver a la normalidad no tiene esa carga de tedio o de aburrimiento que tanto se empeñan en decirnos los voceros del sistema. Volver a la normalidad es volver al mejor estado que tenemos, el de lo cotidiano y lo sencillo, el de lo ordinario, el de la belleza de lo real. La repetición es un inmenso regalo que nos hace decantar y degustar lo que tenemos, ahondando en el agradecimiento de una vida normal. Volver a la normalidad es volver a lo más sano de la realidad, pues solamente en la realidad somos nosotros mismos.

Vicente Niño Orti, OP. @vicenior



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