Al abrir la puerta

Vocaciones

Cada vocación es un don del Espíritu a la Iglesia para el servicio del Reino de Dios. Toda comunidad cristiana está capacitada para suscitar, acompañar y afianzar, con distintos medios, las diferentes vocaciones en las que se concreta la opción de vida cristiana. Es responsabilidad de todas las comunidades cristianas promover con claridad las distintas vocaciones (laicales, consagradas, sacerdotales) que enriquecen la vida y misión de la Iglesia.

No puede separarse la pastoral vocacional de la misión evangelizadora de la Iglesia. Es una dimensión esencial y transversal de la misión, que debe ser explicitada y contextualizada en las distintas etapas evolutivas de la misión pastoral, como propuesta de proyecto de vida cristiana en las diferentes edades y situaciones de cada persona.

Cada comunidad cristiana está llamada a presentar y apoyar la pastoral de las vocaciones laicales, sacerdotales y consagradas con su testimonio y su oración constante. Creyendo en el don de toda vocación –no solo a la vida consagrada y sacerdotal, que por supuesto también-cada comunidad cristiana debe actualizar el modo que tiene para promover una verdadera “cultura vocacional” entre sus miembros y en las estructuras que dinamizan su vida y misión.

Pero… ¿lo hacemos realmente? ¿Nos lo creemos realmente?

A veces pareciera que el ámbito vocacional se reduce a –perdón por la expresión- ir “pescando” candidatos para nuestras propias labores, para que continúen nuestros trabajos y servicios, nuestras ocupaciones, para ir reponiendo manos que sigan con nuestros imprescindibles trabajos eclesiales…

Creo que en una especie de cierta idolatría nos colocamos nosotros, nuestras instituciones, nuestras misiones, como el centro del proceso vocacional. No dejamos que sea el Espíritu el que guíe y nos descoloque, intentamos domesticarle a nuestras preocupaciones y objetivos para que haga lo que nosotros esperamos, necesitamos o queremos. Y así lo único que logramos es de un lado una separación por parte de nuestro mundo cada vez mayor con la belleza de la vocación, que ni la entiende ni le resulta atractiva, y de otro, muy probablemente, cerrarnos a la inmensa riqueza de vida que ese Espíritu de vida y cuidado nos puede realmente dar para abrirnos al sueño de Dios para la Iglesia.

En esa tensión nos movemos siempre. Queremos vocaciones… pero ¿para qué? ¿Para nosotros? El foco tendría que cambiar radicalmente. Las vocaciones son en primer lugar un regalo de Dios al receptor de estas, también un regalo a toda la Iglesia, en una relación libre y de amor que comienza siempre en Dios y en el sueño que tiene para cada ser humano, sueño de plenitud, de salvación, de libertad, de amor.

Ciertamente hay que acompañarlas, discernirlas, confrontarlas, purificarlas… pero no con el criterio puesto en nosotros mismos, sino en ayudar a que cada uno descubra el rostro de Dios en su vida, su misión, su verdadera identidad.

Vicente Niño Orti, O.P. @vicenior

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