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Visitar y cuidar a los enfermos, por José-Román Flecha Andrés, en Diario de León (9-7-2016)

Visitar y cuidar a los enfermos, por José-Román Flecha Andrés, en Diario de León (9-7-2016)

Esta obra de misericordia nos exhorta a conocer la suerte de los enfermos. Y nos recuerda que es preciso completar la eficiencia técnica con una presencia humana al lado del enfermo. La atención a la fragilidad de los enfermos hace más evidente que nunca la necesidad de vivir y de transmitir la ternura.

La atención a los enfermos es en el Antiguo Testamento un signo del poder de Dios. Abandonado por sus propios parientes, un enfermo pide a Dios que no lo deje bajar al abismo (Sal 88). Otro enfermo expone ante el Señor el estado en que se encuentra, para pasar inmediatamente a implorar su compasión (Sal 102).

Junto a la protección divina, también la compasión humana es importante para el enfermo. El profeta Elías se compadece de la enfermedad que llega a la casa que le ha acogido. Cuando el hijo de la viuda de Sarepta cae enfermo, Elías ora por él y se lo devuelve vivo a su madre (1 Re 17,17-24).

En los evangelios se dice que quienes tenían enfermos los traían hasta Jesús (Mc 1,32; Lc 4,40) y los colocaban en las calles para que él los curara a su paso (Mc 6,56). Se recuerda que Jesús sanó a muchos de sus plagas y enfermedades (Lc 7,21).

Esa tarea forma parte del mandato de Jesús a sus discípulos: sanad enfermos, limpiad leprosos, resucitad muertos (Mt 10,8). De hecho, Jesús los envía a predicar y a sanar a los enfermos (Lc 9,2; 10,9). Finalmente, en la profecía del juicio final Jesús se identifica con el enfermo que espera ser visitado (cf. Mt 25,36.39).

En la carta de Santiago se encuentra una referencia explícita a un rito de unción y de oración sobre los enfermos. Esa oración y esa unción se identifican generalmente con el sacramento de la unción de los enfermos (Stg 5,14).

Muchos piensan que hoy no queda espacio para llevar a cabo esta obra de misericordia. Pero no es verdad. Todos podemos aprender las tres actitudes que san Juan Pablo II extraía de la parábola del Buen Samaritano.

• Hay que cultivar la sensibilidad humana para aprender a detenerse para descubrir el dolor de los que sufren.

• Es necesario aprender a compadecerse y colocarse sinceramente en el puesto de la persona que sufre.

• Hay que aprender a prestar al enfermo, y en general a todas las personas que sufren, una ayuda apropiada y eficaz, tanto personal como institucional.

Quien se acerca con delicadeza y generosidad a un enfermo recibe más que lo que entrega. Con su paz y su oración, el enfermo nos descubre lo que somos en realidad. Nos revela nuestra debilidad y la fuerza de la gracia. El misterio de la cruz de Cristo. Al visitar y atender al enfermo, nos acercamos al Señor.

Esta obra de misericordia constituye también en nuestros días un gran desafío para promover una mayor humanización de la sanidad. Y una defensa decidida de la dignidad de la persona humana.

José-Román Flecha Andrés

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Sobre el autor José Román Flecha Andrés

José Román Flecha Andrés, sacerdote, catedrático de Teología Moral, especializado en Bioética,

José Román Flecha Andrés

José Román Flecha Andrés, sacerdote, catedrático de Teología Moral, especializado en Bioética,

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