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Vicente Jiménez: «Los tres meses de confinamiento los he vivido entre la preocupación y la esperanza»

Entre la preocupación y la esperanza. Así ha vivido los tres meses de confinamiento el arzobispo de Zaragoza, Vicente Jiménez, que ayer pasó por los micrófonos de COPE para compartir cómo ha sido su cuarentena. «He tratado de cumplir lo que pedía san Bruno a sus monjes: Practicar un ocio laborioso y reposar en una sosegada actividad. Así de esta manera he vivido estos tiempos de confinamiento durante la pandemia», explicó el arzobispo.

Tres meses en los que ha estado recluido como todos, en su residencia habitual, donde ha dedicado el tiempo a la oración, a escribir cartas pastorales, a atender llamadas telefónicas y a responder correos electrónicos. Pero sobre todo han sido tres meses marcados por la preocupación por lo que estaba ocurriendo, con el deseo de que todo esto acabara de una vez. «Estos tres meses de confinamiento los he vivido entre la preocupación y la esperanza. Como Obispo y Pastor, pues en comunión con toda la Iglesia y en solidaridad también con toda la sociedad, con los hombres y mujeres, porque los gozos y esperanzas, las angustias y las tristezas de todos los hombres tienen que ser también los gozos y esperanzas, las angustias y las tristezas de un obispo».

Uno de los momentos más duros del Estado de Alarma llegó el 15 de marzo cuando hubo que cerrar las puertas de la Basílica del Pilar. «Tuve la sensación de desierto, de soledad… pero el desierto también es el lugar de la palabra, y en el desierto nos habla Dios, nos habla el corazón. Además ha sido un desierto habitado por muchas personas que seguían las celebraciones litúrgicas y los actos piadosos a través sobre todo del canal “24 horas con la Virgen del Pilar” que ha sido un gran éxito». La alegría volvió cuando el 11 de mayo, este templo mariano pudo abrirse de nuevo a los fieles. «Fue un momento de gran emoción eclesial, de júbilo y también de alegría y lágrimas, porque las lágrimas cuando vienen del corazón también son expresión de dolor, pero sobre todo de alegría. Fue como una gran romería, una peregrinación mariana, porque ví las colas de fieles que estaban esperando, guardando la distancia reglamentaria, para entrar según el aforo a ver a nuestra Madre, la Virgen del Pilar».

Vicente Jiménez agradeció la importante labor «samaritana» que ha llevado a cabo la Iglesia, durante todo este tiempo. Una labor realizada por sacerdotes, capellanes, por Cáritas o por las comunidades de religiosos en parroquias, cárceles o cementerios donde la pandemia ha obligado a despedirnos de nuestros seres queridos en soledad. «Los muertos no son cifras, son personas, y la Iglesia ha rezado por el eterno descanso de todos ellos y también ha procurado el consuelo de la fe y de la esperanza a las familias. La esperanza es el motor de la vida».

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