Rincón Litúrgico

VI Domingo de Pascua, por Ángel Moreno de Buenafuente del Sistal

Evangelio

“Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque mora con vosotros y está en vosotros. No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros” (Jn 14, 16-18).

Oración de súplica

Señor Jesús, Tú eres conocedor de las  numerosas veces que pedimos aquello que no nos conviene. Como dice el apóstol Santiago: “Pedís y no recibís, porque pedís mal, con la intención de satisfacer vuestras pasiones” (Sant 4, 3). Y ante la falta de respuesta a nuestras súplicas, llegamos a dudar de la utilidad de nuestra oración.

Hoy nos asegura el Evangelio que Tú mismo pedirás a tu Padre por nosotros, para que estemos acompañados por el Espíritu Santo. Más que nunca necesitamos el don del Consolador, de la fuerza interior, para resistir en la prueba que estamos viviendo en todo el mundo.

Quizá como nos advierte san Pablo no sabemos pedir bien, pero si nos envías el don del Espíritu, Él “acude en ayuda de nuestra debilidad, pues nosotros no sabemos pedir como conviene, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables” (Rom 8, 26). Y pedirá lo que es mejor para todos.

Sabes que es momento propicio para testimoniar la verdad de tu presencia, de que no nos has dejado solos, por mantenernos en esperanza y con paz. Tú nos has argumentado: “Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo piden!» (Lc 11, 13).

A punto de culminar la cuarentena pascual, al acercarnos a la fiesta de tu ascensión a los cielos, y confiados en tu palabra, te pedimos, con toda la Iglesia, los dones de tu Espíritu, que se manifiestan en vivir dentro del mundo de otra manera, como dice el testimonio de los primeros cristianos. “Viven en ciudades griegas y bárbaras, según les cupo en suerte; siguen las costumbres de los habitantes del país, tanto en el vestir como en todo su estilo de vida y, sin embargo, dan muestras de un tenor de vida admirable y, a juicio de todos, increíble. Habitan en su propia patria, pero como forasteros; toman parte en todo como ciudadanos, pero lo soportan todo como extranjeros; toda tierra extraña es patria para ellos, pero están en toda patria como en tierra extraña. Igual que todos, se casan y engendran hijos, pero no se deshacen de los hijos que conciben. Tienen la mesa en común, pero no el lecho” (Carta a Diogneto).

En esta hora de prueba necesitamos tu Espíritu defensor, no solo frente a las insidias del Malo, sino para superar los propios agobios y el cansancio, para ser testigo de esperanza, de serenidad y bien hacer. Y para que no nos falte la alegría interior.

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