Rincón Litúrgico

Ver al Salvador

«Mis ojos han visto a tu Salvador» (Lc 2, 30)

Señor Jesús, me gusta contemplar la escena de tu presentación en el templo. Siempre me he sentido atraído por la figura de Simeón. Generalmente lo imaginamos como un anciano, tal vez por conservar un paralelismo con la figura de Ana. O por hacernos eco de quien manifestaba que ya podía morir en paz.

Era un hombre justo y piadoso que aguardaba el consuelo de Israel. Por tres veces se dice que el Espíritu estaba con él. Seguramente se preguntaba como reconocería al Mesías, al que había de encontrar personalmente. Esa certeza solo se apoya en la fe. Y, al mismo tiempo, es motivo suficiente para alimentar toda una vida de fe y de esperanza.

 Cuanto más avanzan los días de mi vida, más frecuentemente me detengo a meditar la expresión de Simeón. He de estar dispuesto a poner la vida en las manos de Dios. Es una gracia morir en la paz de quien confía en el amor del Padre. Pero es importante reconocer la visita del Señor.

Creo que nunca me he atrevido a decir que mis ojos han visto al Salvador. No quiero engañarme. Y me horroriza que me tomen por un iluminado. Sin embargo, es verdad que todos los que hemos recibido un rayo de la luz divina podemos afirmar que hemos visto al Salvador.

La salvación se ha dejado ver muchas veces en mi vida. En la lectura de la palabra de Dios, en la experiencia de la comunidad creyente, en la celebración de la Eucaristía, en esa oración en que he presentado al umbral de lo divino las penas y las alegrías de este mundo tan poco humano.

Mis ojos han visto al Salvador en el niño que nace y en el hermano que muere, en la persona que me ha revelado su hambre de pan y su sed de Dios, en el emigrante que perdió las piernas al cruzar la frontera. En los hombres y mujeres que me han confesado su pecado y a los que he ofrecido la promesa de la misericordia de Dios. Realmente, Señor, mis ojos te han visto como Salvador.

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