Carta del Obispo Iglesia en España

Vence la indiferencia y conquista la paz, por Atilano Rodríguez, obispo de Sigüenza-Guadalajara

Vence la indiferencia y conquista la paz, por Atilano Rodríguez, obispo de Sigüenza-Guadalajara

La celebración del nacimiento de nuestro Señor Jesucristo nos permite contemplar el amor infinito de Dios a cada ser humano y nos recuerda su presencia salvadora en medio de nosotros. Por medio de María, el Príncipe de la paz entra en el mundo para poner su tienda entre nosotros y para ayudarnos a descubrir con la claridad de su luz el camino que todos deberíamos recorrer para construir relaciones de paz y de convivencia fraterna entre los hombres.

Ahora bien, para que la paz llegue a todas las personas y a todos los pueblos de la tierra, es preciso que antes se haga presente en nuestro corazón. Con corazones divididos y rotos será muy difícil construir una auténtica paz social. Por otra parte, hemos de asumir que para avanzar en la construcción de un pueblo pacificado, no basta la ausencia de la violencia como consecuencia de la imposición de la fuerza por parte de unos grupos sobre otros. Para promover la paz, es preciso un respeto escrupuloso por la dignidad de cada ser humano y por la búsqueda del bien común.

Cuando contemplamos la realidad de nuestro mundo, descubrimos con profundo dolor que se han multiplicado los conflictos, las acciones violentas, las divisiones y los enfrentamientos armados entre los hijos de un mismo Padre. Como consecuencia de estos comportamientos, especialmente violentos, muchos hermanos tienen que abandonar sus hogares, sus puestos de trabajo y su país para salvar la vida o para encontrar un futuro mejor para ellos y sus familias en otros lugares de la tierra.

En muchas ocasiones, este futuro no llega porque la muerte sorprende en el camino a quienes huyen de la violencia buscando la paz. En otros casos, debido al miedo y a la falta de respeto a sus derechos fundamentales, la acogida y el acompañamiento que se presta a los emigrantes y refugiados en los países de destino no es la mejor ni la que ellos esperarían. Además, aunque la experiencia nos dice que la violencia genera violencia, muchos países o grupos criminales están aprovechando el momento presente para buscar rendimientos económicos con la venta indiscriminada de armas.

¿Qué podemos hacer nosotros para fomentar la paz en la convivencia diaria y para colaborar en la construcción de la misma en el mundo? Ante todo, como bien sabemos, la paz es un don de Dios. Por lo tanto, hemos de pedirle al Señor que ilumine su rostro sobre nosotros para que descubramos sus caminos, que son siempre caminos de paz. Los buenos deseos y la buena voluntad de cada uno no son suficientes para alcanzar la paz entre los seres humanos.

Pero, tampoco podemos quedarnos en una oración sin ningún otro compromiso. Como nos recuerda el Santo Padre, en el mensaje con ocasión de la celebración de la Jornada Mundial de la Paz, la construcción de ésta requiere la colaboración de todos y, sobre todo, exige vencer la indiferencia generalizada ante las personas que son maltratadas, despreciadas o sufren discriminación social. Para ello es necesario que avancemos en el impulso de la justicia social, en la práctica de la solidaridad y en la vivencia de la caridad en las relaciones con nuestros semejantes, especialmente con los pobres.

Pidamos a nuestro Dios, por intercesión de la Santísima Virgen, la Reina de la paz, que nos conceda la gracia de actuar cada día con sentimientos de concordia y de paz en las relaciones con nuestros semejantes. El Señor, que promete la felicidad a quienes trabajan por la paz, no permita que nos lavemos las manos o miremos para otro lado ante los problemas y sufrimientos de nuestros semejantes.

Con mi sincero afecto, feliz Jornada de la Paz

Atilano Rodríguez, obispo de Sigüenza-Guadalajara

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