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Cartas de los obispos Última hora

¡Ven, Señor Jesús!

Queridos diocesanos:

Mi última carta pastoral que se publica en «Iglesia en León» no quiere tener la nota propia de las despedidas, aunque lo parezca. Digo esto plenamente consciente de que en nuestra vida se pone punto final a muchas realidades -entre ellas también la misión y el ejercicio del ministerio sacerdotal- hasta que llegue el momento en que ese punto final sea efectivamente el definitivo de nuestra existencia terrena. Pero, como sabéis, más allá de la misión concreta confiada -en mi caso unida al episcopado ahora en calidad de «administrador»– está el acontecimiento real de lo que conocemos como la «sucesión apostólica» que, viniendo del pasadoporque tiene su origen en el mandato misionero del Señor antes de subir a los cielos, se proyecta en el presentey se orienta hacia el futuro en virtud de la promesa de nuestro Redentor de permanecer con los discípulos «hasta el final de los tiempos» (Mt 28, 20).

Los hombres, la humanidad, pasamos. Los acontecimientos grandes o pequeños, significativos o insignificantes, son también «un ayer que pasó, una vela nocturna» (Sal 89, 4). Solo permanece el que es «el Primero y el Último», el Señor de la historia y cabeza de la nueva humanidad, el que vive y reina para siempre, afortunadamente para nosotros (cf. Ap 1, 17-18). Esta realidad, a primera vista estremecedora, contiene sin embargo una fuerte nota de esperanza y de optimismo cristiano. Aunque no podemos eludir la responsabilidad personal de nuestros actos y especialmente de la orientación global de nuestra vida, nuestro espíritu se abre y dilata gracias a la esa confianza que Dios, por obra del Espíritu Santo, ha sembrado en nuestros corazones al mismo tiempo que la fe y el amor (cf. Rom 5, 5).

Como sabéis, en principio, cada persona es libre de elegir cómo pasar su existencia terrena. Los que, sintiéndonos un día llamados por el Señor, optamos por seguirle en el ministerio sacerdotal o en la vida religiosa fiándonos de su palabra y con el oportuno y a veces dilatado discernimiento en los años de la juventud, podemos considerarnos afortunados y dichosos. No quiero decir, mejores que los demás fieles cristianos. En el fondo se trataba de seguir los caminos percibidos más o menos claramente con ayuda de la oración y del consejo de personas que nos querían bien. En mi caso, primeramente mis padres que nunca me presionaron y supieron acompañarme con su testimonio y, sin duda, sus oraciones. Y con ellos algunos sacerdotes a los que siempre recuerdo con gratitud.

Mi padre solía decir: «Yo le pedí a Dios un hijo cura y me dio un obispo». Así se puede resumir mi historia personal y pastoral, mirada ciertamente desde la fe aunque no exenta de responsabilidad. Puedo decir que he recibido de Dios, de la Iglesia y de los hombres inmensamente más de lo que he dado. A pesar de mis fallos, todo es gracia (divina) y misericordia, también humana. Mi gratitud se extiende, además de a mis padres, a mis maestros y formadores, a las curias diocesanas, los presbiterios y fieles cristianos de Zamora, Ciudad Rodrigo y León, a la Vida Consagrada, al Apostolado Seglar y laicado. Y, con especial cariño, a los feligreses de las parroquias de Otero de Sariegos, Villarrín de Campos y parroquia de Cristo Rey (Zamora).

Con la ayuda del Señor quiero ser fiel hasta el final. Seguro de que cuento también con vuestra comprensión, oración, benevolencia y perdón en lo que sea necesario. Gracias, muchas gracias. Que el Señor os guarde y bendiga siempre. Con todo mi afecto:

 

+ Julián López
Administrador Apostólico de la diócesis de León



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