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¡Vaya dos…!, Amadeo Rodríguez Magro, obispo de Plasencia

¡Vaya dos…!, Amadeo Rodríguez Magro, obispo de Plasencia  

  Muchos católicos deseábamos con ilusión que el Papa “bueno” y el Papa “santo subito” subieran a los altares. No hay más que ver con cuanto cariño se ha recibido en toda la Iglesia la noticia de esta canonización. Y no ha sido menor el interés despertado en la sociedad en general. Son muchos lo que dicen: ¡Vaya dos…! Por eso me voy a preguntar con vosotros: ¿por qué hay tanta conciencia de la santidad de estos dos Papas?

1. Quizás a algunos la memoria de Juan XXIII les pueda quedar un poco lejana en el tiempo o sólo tengan noticias de él referidas por otros, pero, para que los jóvenes se imaginen lo que fue para la Iglesia y la humanidad este Papa, les digo que con él sucedió algo parecido a lo que ahora ocurre con Francisco. Tras su elección como Sucesor de Pedro, despertó una ilusión y un cariño inmenso no sólo en la Iglesia sino también en toda la sociedad. Este Papa fue un verdadero regalo del cielo en unos momentos realmente difíciles, sobre todo para el mundo. Su estilo de pastor sencillo, su rostro de “viejete” encantador y su capacidad para crear afecto y confianza, le grajearon una popularidad excepcional, seguida de un extraordinario respeto, especialmente de los más humildes. Recogía este Papa, según dijeron algunos “de transición”, el extraordinario prestigio de Pío XII, a quien sucedía, pero con Juan XIII el Espíritu Santo salió respondón y abrió un tiempo de aire nuevo que llegó a límites increíbles, tanto para la Iglesia, en su interior, como para la relación de ésta con el mundo.

En los primeros cien días de su pontificado sucedieron cosas de un enorme significado para el presente y el futuro: declara su voluntad de celebrar un Sínodo en la Diócesis de Roma y de reunir un Concilio para la Iglesia universal. En su apertura el mundo, por destacar sólo un acontecimiento, especialmente singular para aquel momento, recibe en audiencia, en plena “guerra fría”, a la hija y al yerno del Presidente de la Unión Soviética, Nikita Kruschev. Todos sus gestos fueron extraordinariamente renovadores, sobre todo por su sencillez, familiaridad y cercanía y, en muchos casos, por su valentía. Su estilo en la relación de la Iglesia con el mundo quedó plasmado en la encíclica Pacem in Terris, que, como dice su Secretario, el Cardenal Loris Capovilla, Juan XIII la escribió como ciudadano del mundo, consciente de la situación, del espíritu del tiempo. No obstante, su breve pontificado no fue sólo de gestos, ya que inició un acontecimiento decisivo: abrió el Concilio Vaticano II, con todo lo que ha significado y sigue significando para la Iglesia de nuestro tiempo. Al morir todos pudimos conocerlo también por dentro, al leer su precioso testamento: Diario del alma.

2. De Juan Pablo II (1978-2005) conservamos aún el clamor del día de su muerte; “santo subito”. De él, en efecto, nuestro recuerdo es más cercano; tenemos todos muy fresca la imagen de este Papa grande. Llegó a la Sede de Pedro desde su Polonia natal, de donde venía como Arzobispo de Cracovia. Venía del frío, como se dijo entonces, pero trajo el calor de la esperanza a una Iglesia que necesitaba recuperar fuerzas y reorientar el rumbo, tras años difíciles y algo confusos del postconcilio. Su largo pontificado fue de una intensísima labor, imposible de resumir en este breve escrito. Pero, aunque sea una reducción, lo concreto en su fuerza expresiva, sus lúcidos mensajes, su acierto en el gobierno de la Iglesia, sus constantes viajes misioneros y sus permanentes iniciativas en favor de una Iglesia que no quería perder comba en el servicio al mundo moderno.

En la riqueza y variedad de su pontificado, cómo no evocar sus encíclicas, en su densidad teológica, espiritual y en su fuerza social; cómo no verlo empujando un “telón” que, por la consistencia de su “acero”, parecía indestructible; cómo no seguir en su empuje misionero al Papa de la nueva evangelización; cómo no recordar, con memoria agradecida, que encabezó con todos nosotros la entrada en el tercer milenio y que con él celebramos la encarnación redentora de Cristo; cómo no reconocer que vivimos en la Iglesia del siglo XXI de su impulso apostólico en novo millennio ineunte; cómo no recordar con profunda gratitud que nos haya señalado el contenido común de la fe en el Catecismo de la Iglesia Católica; cómo no verlo y sentirlo conectando con la juventud del mundo, de la que fue y continúa siendo un verdadero líder espiritual; cómo no imitarle en la confianza entrañable a la Virgen, de la que se sintió salvado del cruento martirio que le llevó a su decadencia física; cómo no guardar su maravilloso ejemplo de envejecer con fortaleza en el servicio a la Iglesia. En fin, estas y otras muchas evocaciones nos podrían surgir al acercarnos al que hasta hace tan poco era nuestro admirado Papa y ahora es nuestro venerado santo.

3. Pero no nos equivoquemos, no son nuestros recuerdos ni es nuestro fervor lo que hace santos a Juan XIII y a Juan Pablo II. La santidad es un don de Dios en la vida y tras la muerte. Ambos son santos porque la Iglesia ha comprobado y probado sus “virtudes heroicas” en una exhaustiva investigación; pero, sobre todo, lo son porque Dios Nuestro Señor ha mostrado con signos que ambos están junto a su gloria como  intercesores fiables en favor nuestro. Aunque no es definitivo, nos agrada comprobar también el testimonio de quienes estuvieron a su lado y comprobaron día a día una vida en santidad: el Cardenal Estanislao Dziwisz lo ofrece en un hermoso libro: “Ho vissuto con un santo”; y el Cardenal Loris F. Capovilla insiste en lo mismo en “I miei anni con Papa Giovanni XXIII”.

Por todo lo dicho, estas canonizaciones son un acontecimiento de acción de gracias a Dios, que nos hace ver que tenemos en el cielo modelos e intercesores. A partir de ahora nuestro culto a los dos ya no será un bello y grato recuerdo de unas vidas que nos resultaron atractivas, será un diálogo que a nosotros nos sitúe en el cielo y a ellos los acerque a la vida, los anhelos, las penas y las alegrías de cuantos pedimos su intercesión. Pongamos a estos maravillosos santos, que tanto tienen que ver con nuestra historia cercana, en un lugar especialmente querido de nuestras devociones.

Con mi afecto y bendición.

+ Amadeo Rodríguez Magro

Obispo de Plasencia



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