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Opinión

Vargas Llosa, un sofista consumado, por Roberto Esteban Duque

Vargas Llosa, un sofista consumado, por Roberto Esteban Duque

De “camino hacia la cultura de la libertad”, tan importante -nada más y nada menos- como haberse librado de la dictadura y del terrorismo. Así califica Vargas Llosa la posibilidad que tiene El Perú en estos días para salir de la homofobia y alcanzar la Unión Civil entre personas del mismo sexo propuesta por el congresista Carlos Bruce.

Al cabo, no hay ya ninguna ley que exista realmente en la naturaleza, simplemente el ser humano la ordena como puede en su intento de dominarla. Lo importante es revelar que todo lo que conoce el hombre es una metáfora y una interpretación construida por él mismo y que tendrá más valor si juega a su favor.

Esto es lo que parece decirnos Vargas Llosa en su artículo “Salir de la barbarie”, publicado el pasado domingo en el diario El País.

Pero para darle mayor vigor a su débil argumentación (vieja idea la de rebelarse el hombre a ser un mero instrumento de la verdad), arremete contra la Conferencia Episcopal Peruana, instalada, según él, en un “oscurantismo agresivo”, al emitir, con motivo de semejante proyecto de ley, un Comunicado “cavernario y de crasa ignorancia”, invocando estupideces tan soberanas como el orden natural, la dignidad humana y la sana orientación de los niños. Es insoportable para la sociedad la “férrea influencia” que todavía quiere ejercer sobre la opinión pública en materia sexual “el sector más troglodita de la Iglesia católica”.

Los sofistas decían transmitir a sus alumnos el saber necesario para que pudieran valerse eficazmente en la vida. Debido a los condicionantes políticos de las polis griegas el alumno se ejercitaba en la dialéctica y en la retórica para poder adquirir poder político. Para ello no era necesario ni deseable buscar un conocimiento objetivo o verdadero sino conseguir habilidad al hablar y lograr el éxito ante los tribunales. Estos “profesores de virtud” que eran los sofistas cobraban honorarios bastante elevados en algunas ocasiones, llegando a alcanzar gran fama entre los atenienses. Los sofistas más famosos (como Gorgias o Protágoras) podían llegar a cobrar 100 minas por todo un curso. Dicha cantidad es aproximadamente equivalente a unos 500.000 dólares americanos actuales, llegando a superar lo que cuesta hoy en día una licenciatura en Harvard o Yale.

Vargas Llosa, uno de los sofistas más afamados del mundo en la actualidad, doblaba esa cantidad en el año 2010, al recibir el Nobel de Literatura, hasta alcanzar 876.785 euros por su carrera literaria, además de por pertenecer al establishment progresista. La justificación de aquellos precios tan elevados era la importancia del producto que se ponía en venta, y la supuesta prueba de su sabiduría era su éxito financiero y su capacidad para ganar más dinero que los demás. Amasar riqueza y conseguir gloria personal es algo relativamente fácil. Para muestra un botón. Sin embargo, alcanzar buena reputación -algo que sueña haber logrado Vargas Llosa- abandonando el conocimiento y la verdad, es infinitamente más complejo y deseable, puesto que, como observara Sócrates, “de la riqueza no deriva la virtud, sino que de la virtud deriva la riqueza”, cosa de la que en absoluto puede presumir el sofista consumado Vargas Llosa.

Pensar que son las preferencias personales las que interpretan el mundo es algo propio de la vanidad de ciertos literatos, contrariados cuando todavía alguien piensa que la verdad se descubre y no se inventa o se crea a golpe de opinión. Para Vargas Llosa, nuestras necesidades están construidas con fragmentos de nuestra experiencia vital (cada uno tiene sus “opciones sexuales”); las leyes que creemos encontrar en la naturaleza deben estar sometidas a la aprobación de los propios intereses y deseos personales, si queremos avanzar “hacia la cultura de la libertad”; nuestra predisposición y nuestro aprendizaje son paradigmáticos para una Iglesia que soporta una buena dosis de pederastia en su seno y que, por eso mismo, debería hacerla más tolerante. No es posible mayor grado de cinismo.

El descrédito que sufre la razón en esta crisis postmoderna ya fue pronosticado por Nietzsche y hunde sus raíces más profundas en algunos planteamientos ilustrados que terminaron por aniquilar la creencia en bienes morales objetivos. La Ilustración fomentó, como base de la moral, un concepto abstracto y universal de la razón y de la humanidad, frente a los valores concretos arraigados en las distintas comunidades históricas y religiosas, devaluados desde la óptica ilustrada como prejuicios y supersticiones. Aquí se encuentra todavía la Iglesia, al parecer de Vargas Llosa, institución cavernaria e ignorante, “intolerante y dogmática”, que juzga desde el prejuicio y la ignorancia, a la que se debe combatir por homófoba, acomodada todavía en la barbarie.

Roberto Esteban Duque



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