Editoriales Ecclesia

Urge crear comunión con nuestras palabras

Nuestra sociedad está inundada de palabras: unas son promesas, otras son grandes verdades; algunas son mentiras; otras, falsas, y la gran mayoría son palabras familiares de afecto y ánimo que invitan a vivir con sentido el camino de la vida. Sin embargo, las palabras negativas que no construyen fraternidad son las que más ruido hacen en nuestra sociedad. Así es que estamos vaciando el significado de muchas de nuestras palabras y lo podemos descubrir en el valor transitorio que provocan las redes sociales.

La Iglesia no está ajena a esta situación. La importancia de la palabra es evidente porque a través de ella, al estilo de Jesús, los católicos anunciamos el Evangelio y denunciamos las injusticias con misericordia, como Él hizo. Sin embargo, no siempre nuestras palabras crean comunión, sino que por las redes encontramos palabras afiladas que como cuchillos manipulan, difaman, confunden, reflejan medias verdades y callan la verdad completa. «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí» (Mt 15, 8).
Los cristianos estamos llamados, por naturaleza y por vocación, a ser creadores de puentes, a ser alfareros de la palabra, que con misericordia van y vienen de un dolor a otro intentando ofrecer la esperanza de Dios. Corremos el riesgo de llenarnos de tantas palabras inútiles que no se permita escuchar con hondura y claridad la Palabra de Dios.

Hombres y mujeres del siglo XXI tienen hambre y sed de palabras de vida, de salvación y de paz, palabras que solo Cristo puede ofrecer. La Iglesia, desde siempre, ha buscado proclamarle a Él para que todo el mundo lo conozca. Este año 2020 tenemos delante el testimonio de san Jerónimo, el gran traductor de la Biblia, que intentó convertir la Escritura en palabra cotidiana y común de la gente sencilla. Su celo por hacer que la Escritura fuera accesible a la gente nace de su convicción: «Ignorantia Scripturarum ignorantia Christi est» (la ignorancia de la Escritura es ignorancia de Cristo).
De ahí que nuestras palabras deban estar atravesadas por la Palabra de Dios para ofrecer más soluciones y menos problemas, más luces entre tanta oscuridad, y para que seamos coherentes entre lo que decimos y lo que hacemos. Cuando polarizamos los mensajes dentro de nuestra Iglesia y dividimos a las personas entre buenos y malos estamos rompiendo la comunión y dejamos de ser testigos de la fraternidad de Cristo. San Pablo también hoy nos recriminaría, como a los corintios, con sus palabras: ‹Que no haya divisiones entre vosotros. Estad bien unidos con un mismo pensar y un mismo sentir. Pues, hermanos, me he enterado por los de Cloe de que hay discordias entre vosotros» (1Cor 1, 10-11). Siguen siendo tan actuales que solo a través de la Palabra de Dios encarnada en nuestro día a día la Iglesia puede ser Madre, con mayúscula. Urge el diálogo cara a cara, el pensar y comunicar las críticas donde realmente debemos hacerlo; es necesario tolerar al diferente, atravesar la diversidad y con serenidad vivir la comunión.

El 26 de enero, al celebrar por primera vez el Domingo de la Palabra, la Iglesia invita a que nuestras palabras queden atravesadas por el Verbo encarnado para crear comunión. La de Verdad.

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