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Rincón Litúrgico

Unión a lo divino

«Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre» (Mc 10, 9)

Señor Jesús, sabemos que los fariseos te dirigieron una pregunta sobre el divorcio. Debiste de provocar entre ellos un escándalo, al establecer una especie de jerarquía entre los libros santos de tu pueblo.

Parece que tú considerabas que las palabras del Génesis evocaban el proyecto inicial de Dios sobre el amor conyugal y el matrimonio, mientras que el Deuteronomio reflejaba una norma humana para ordenar de algún modo una situación social.

Tú sabes que a lo largo de los tiempos el matrimonio ha sido concebido y regulado de muchas formas, con frecuencia muy diferentes entre sí. Con todo, nos llama la atención que casi siempre haya sido acompañado por algún  rito religioso.

Solemos pensar que podemos organizar nosotros mismos el trascurso de nuestra vida y nuestra convivencia. Pero la humanidad ha entendido que tanto el principio de la vida como su final escapan a las previsiones humanas.

Tanto la sexualidad como la muerte están envueltas por una nube de misterio. El origen y el desenlace de la vida parecen depender de una fuerza que trasciende nuestros cálculos y proyectos. En realidad, revelan nuestra radical impotencia.

Sin embargo, en nuestro tiempo la sociedad ha decidido excluir estas experiencias fundamentales del ámbito de lo sagrado. Pretendemos dar origen a la vida o ponerle un término según nuestra decisión, como si Dios no existiera.

Esta secularización de la vida y de la muerte es una de las causas de nuestra insatisfacción. Para muchas personas no tiene sentido afirmar que Dios las une en el amor. Piensan que el hombre puede separar lo que el hombre o el azar han unido.

Señor Jesús, te rogamos que abras nuestro corazón para que aprendamos a descubrir la voluntad de Dios sobre nuestra vida. De esa forma, el amor y el matrimonio podrán ser un testimonio del amor del Padre que tú nos anunciabas.  Amén.

 



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