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Unidos, como tierra ecuménica de Dios

Queridos hermanos y hermanas:

«Permaneced en mi amor y daréis fruto en abundancia» (Jn 15, 5-9). Estas palabras del Señor a sus discípulos, que brotan del Evangelio de san Juan, dan vida al lema de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, que celebramos del 18 al 25 de enero.

Este es el gran deseo de Jesús: que volvamos la mirada hacia Él y permanezcamos para siempre en su amor. Y quiere que lo hagamos unidos, amándonos los unos a los otros, a su ejemplo, a su manera, a la mesura de su amor. ¿Cómo? Desterrando de nuestros corazones «cuanto signifique división», como alentaba san Pablo en la Primera Carta a los Corintios. Desde la plegaria que Jesús dirigió al Padre en la víspera de su Pasión: «Que todos sean uno, para que el mundo crea». Y hacerlo, hasta recuperar la armonía, pensando y sintiendo en un mismo espíritu y amor.

Hoy, ataviados con el inmenso regalo de nuestra fe, más o menos incomprendida por un mundo complejo y tensionado, debemos volver a hacernos aquella pregunta que le hizo san Pablo a la comunidad de Corinto: «¿Es que Cristo está dividido?».

Cristo es quien se manifiesta, es imagen visible de Dios invisible, y el Espíritu Santo es quien lo revela. Por ello, debemos tener presente que el Paráclito –como lo llama Jesús– es el forjador de la unidad que ahora, y como hijos de un mismo Padre, la Iglesia pide en oración.

Los Papas san Juan XXIII y san Juan Pablo II trabajaron incansablemente –desde la oración y la palabra, desde su vida y su misión– para alcanzar la unidad. Ambos dedicaron una parte esencial de su magisterio a acrecentar las relaciones con las distintas comunidades cristianas.

En este sentido, recuerdo cuando el fallecido cardenal Johannes Willebrands, quien sirvió durante muchos años a la Iglesia como presidente del Pontificio Consejo para la Promoción de la unidad de los cristianos, dijo que Juan XXIII era reverenciado por los ortodoxos rusos, quienes lo consideraban «patrón del movimiento ecuménico». Juan Pablo II, siguiendo su estela, en su encíclica Ut unum sint, dejó escrito que «creer en Cristo significa querer la unidad; querer la unidad significa querer la Iglesia; y querer la Iglesia significa querer la comunión de gracia que corresponde al designio del Padre desde toda la eternidad».

Este es el significado de la oración de Cristo: que todos seamos uno. Y serlo en comunión, sin recelos ni barreras, dejándonos guiar por el Espíritu Santo. Porque la comunión es fruto del amor. Pero no podemos pretender dar frutos por nuestra cuenta, porque no es posible fructificar vida en abundancia separados de la vid. Lo que hace posible los frutos es la savia, la vida del Maestro que fluye en nosotros.

Dios desea ardientemente la unidad. Y el Espíritu Santo, que es amor, capacita y crea la comunión en la diversidad de dones y de carismas, ministerios, ritos y formas de pertenecer a una misma Iglesia de Jesucristo.

Queridos hermanos y hermanas: permanezcamos en el amor de Jesús, con la fe de María, y seamos como los sarmientos unidos a la vid. Porque solo así, la vida del Señor fluirá en nosotros. Y hagámoslo sin abrirle la puerta a la división, entrelazando nuestras manos, sostenidos en la oración comunitaria. Sigamos orando y trabajando, como tierra ecuménica de Dios, con audacia y sin descanso, para que acontezca en nosotros el admirable don de la unidad.

Con gran afecto, recibid mi bendición y mi abrazo.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos



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