Rincón Litúrgico

Una voz en la noche

«¡Que llega el esposo, salid a su encuentro!» (Mt 25, 6)

Señor nuestro Jesucristo, a lo largo de la historia del arte, las diez vírgenes de la parábola evangélica han sido representadas muchas veces. El relato era muy atrayente para los artistas. Y, al mismo tiempo, era un motivo importante en la predicación de la Iglesia.

De hecho, todos los cristianos hemos sido invitados muchas veces a reflexionar sobre estas diez doncellas que habían de acompañar a la esposa a la hora de recibir al esposo que llegaba para celebrar la boda.

Nos hemos identificado con todas ellas para dar gracias por haber sido elegidos para formar parte de ese comité de acogida al Señor que viene a la fiesta del amor.

Hemos valorado la prudencia de las jóvenes que se habían provisto del aceite necesario para alimentar sus lámparas. Y hemos criticado a las jóvenes distraídas que no llevaban el aceite suficiente y veían que  sus lámparas se apagaban una tras otra.

Es verdad que nos costaba admitir que todas ellas se habían quedado dormidas durante aquel tiempo de espera. Pero sobre todo, muchos de nosotros hemos ignorado de hecho la voz del maestro de ceremonias que las despertó a todas con su aviso: «¡Que llega el esposo, salid a su encuentro!»

Todos nos hemos quedado dormidos. Todos hemos olvidado la esperanza. Todos necesitamos escuchar esa voz que nos dice que tú llegas para celebrar la fiesta del amor y de la vida.

Hoy me avergüenzo de no prestar la atención debida a todos los que, de una manera u otra, nos anuncian tu llegada o nos ayudan a descubrir tu presencia entre nosotros.

Señor Jesús, hoy quiero pedirte perdón por mi somnolencia y mi absurda apatía. Demasiadas veces he traicionado a la esperanza. He olvidado la misión para la que tú me has invitado. Sin embargo, quiero escuchar los gritos que me anuncian tu presencia y disponerme para recibirte con la vacilante llama de mi lámpara. Amén.

Regístrate en ECCLESIA para acceder de forma gratuita a nuestra revista en PDF

REGISTRARME