Iglesia en España

«Una sola carne», por el obispo de Segovia, César Franco

«Una sola carne», por el obispo de Segovia, César Franco

 A Jesús le tendieron muchas trampas en el ejercicio de su magisterio. Sus enemigos querían atraparle en alguna afirmación en contra de la Ley de Moisés. De esta forma podían llevarlo ante el tribunal del Sanedrín y condenarlo. La cuestión sobre el divorcio era una trampa perfecta, porque sabían que Jesús no era partidario de que Moisés hubiera permitido repudiar a la mujer y contraer nuevo matrimonio. La trampa estaba muy pensada. Preguntaron a Jesús: «Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer». Jesús les devolvió la pregunta: «¿Qué os ha mandado Moisés?». Y replicaron que Moisés había permitido dar a la mujer un acta de repudio, que permitía al marido casarse con otra. Lo que no esperaban sus adversarios era la agudeza de la respuesta de Cristo: «Por vuestra terquedad dejó escrito Moisés este precepto. Pero al principio de la creación Dios los creó hombre y mujer. Por eso, abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos sino una sola carne. Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre» (Mc 10,5-9).

            La habilidad de Jesús consistió en remontarse a los orígenes, al plan de Dios en la creación, citando el conocido texto del Génesis, que está por encima del mismo Moisés. De esta manera, Jesús deja clara su autoridad argumentado con la Escritura e interpreta la ley de Moisés como una concesión que, en cuanto tal, no pertenece al diseño primero de Dios sobre el matrimonio. Concesión que se hizo a causa de la dureza del corazón de los israelitas. Jesús se remonta a la fuente de la ley, al mismo Dios, quien, en el acto de la creación, ha dejado definida la vocación del hombre y de la mujer en lo que se refiere al matrimonio. Con su explicación, se escapa de la trampa que le tendían, pues ningún judío piadoso se atrevería a situar a Moisés por encima de Dios.

            La respuesta de Jesús, sin embargo, va mucho más lejos de la cuestión del divorcio. Al citar el texto del Génesis, recuerda a sus oyentes que el matrimonio tiene su fundamento en el acto creador de Dios. Dios ha creado al hombre en su doble modalidad, varón y mujer, llamados a complementarse plenamente, no sólo en la unión física sino en la espiritual. La expresión del Génesis «una sola carne» no se refiere sólo a la unión corporal. Jesús lo aclara muy bien cuando apostilla: «de modo que ya no son dos, sino una sola carne». Se trata de dos personas que llegan a ser una misma realidad mediante el vínculo del amor. El hombre y la mujer forman una «unidad de dos», cada uno con la misma dignidad y grandeza recibida de Dios.

            Cuando san Pablo reflexione sobre esta enseñanza, sacará conclusiones de gran calado teológico, que a veces no han sido bien entendidas, en razón -creo yo- de su enorme profundidad, cuya comprensión exige algo más que una lectura rápida y a menudo superficial. El apóstol ve en la unión del hombre y de la mujer un misterio -es decir, un sacramento- que significa la unión de Cristo con la Iglesia, y en un sentido más amplio, con la humanidad. El amor que Cristo ha manifestado, uniéndose a los hombres y asumiendo la naturaleza humana, tiene el valor de una boda, en la que Dios se une definitivamente con el hombre con un amor único e indisoluble. No cabe duda de que un amor de esta naturaleza es muy exigente, y requiere sabiduría y fortaleza para custodiarlo cuando le amenazan tantos peligros fuera y dentro de nosotros. No hay que olvidar que la alianza de Cristo con los hombres fue sellada con su propia sangre. Amar como él significa entregar sin reservas la propia vida. Sólo así el amor de un hombre y una mujer se convierte en un signo vivo del amor de Cristo y su Iglesia.

+ César Franco

Obispo de Segovia.

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