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Una provocación al radicalismo, por Roberto Esteban Duque

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Una provocación al radicalismo, por Roberto Esteban Duque

La abdicación del Rey ha sido el detonante perfecto para la exaltación eufórica del radicalismo, la dolorosa provocación para que el comunismo acampe a sus anchas, auspiciado por una perversa cobertura mediática. El Rey, lejos de resolver algún conflicto, los esquiva, y ahora se decide a escapar de ellos. Las tácticas leninistas-estalinistas de la izquierda más radical aprovechan la situación como nadie, y proponen abolir definitivamente la autoridad y la coacción de modo que el hombre viva en una democracia perfecta, en la que todos hagan uso de su autonomía moral, de su capacidad para decidir sobre su propio destino político.

En una imagen perturbadora, propia de la revolución, llamando a cambiar de piel y desarrollar un pensamiento nuevo, al valorar la noticia de la abdicación del Rey, el enjuto iluminado Pablo Iglesias, portavoz de Podemos, decía que “el régimen político está en decadencia y toca construir algo nuevo”.

Se enfrenta “lo nuevo y lo viejo” en este país, “no hay que tener miedo”, corresponde al pueblo su derecho a decidir convocando un referéndum. Lo mismo afirma hoy en el diario El Mundo, en una columna insustancial y retórica. Para el líder de Podemos, la abdicación del Rey no es un “hecho aislado” sino un “síntoma más de la descomposición de un régimen político” que no acredita estabilidad, y de la incapacidad de nuestras instituciones para resolver los problemas.

Exaltando lo nuevo sobre lo viejo, la revolución hizo del odio y del resentimiento categorías políticas: “Convertiremos Francia en un cementerio si no podemos regenerarlo a nuestro modo”, prometió Carrier después de ahogar a 10.000 inocentes en el Loira. Jean-Paul Sartre, imbuido de ese espíritu, realizó un prólogo infame a Los condenados de la tierra de Franz Fanon, enseñando que en los primeros momentos de la rebelión, hay que matar.

Nadie podrá discutir que los ideólogos recobran su fuerza. Se enfrenta “la capacidad de decidir del pueblo o la oligarquía que quiere tomar las decisiones en secreto”. Es la respuesta del ciudadano ideal, superador del eterno conflicto entre la ley de hierro de la oligarquía y la de la representación. Se trata de una vieja obsesión totalitaria de cierre a una etapa definitivamente concluida y de apertura de una era radicalmente nueva, que exige una adhesión interna sin fisuras.

El conflicto entre el comunismo y la democracia no está en el rechazo de las instituciones, sino en el deseo del modelo antropológico nuevo que desean construir, un hombre que supere las distinciones republicanas para no ser más que plenamente democrático, una mutación donde se alcance una etapa superior de la sociedad humana.

Fue Aristóteles quien propuso su teoría de la forma mixta de gobierno, la políteia, formada por la oligarquía y la democracia, para salvar mediante este mecanismo los más graves inconvenientes de la historia. El marxismo pretende someter la naturaleza a las leyes de la historia.

Se limita a sostener que la naturaleza humana está alienada por el capitalismo. Si al cambio de estructura se le añade la manipulación del alma -la ingeniería de las almas de Lenin- el hombre se comportará de otra manera.

El marxismo simplemente ha fracasado, y con él todos los socialismos de viejo cuño dogmático. Hoy la auténtica ideología es la de la gobernanza, esa nueva forma de burocracia ilustrada, una ideología administrativa procedente del ámbito financiero y empresarial, promovida por el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y las Naciones Unidas, una ideología que quiere dar la impresión de que los políticos cuentan con los ciudadanos mientras los desprecian al ver en ellos meros recursos humanos.

Pero pervive el mesianismo político que asusta y debilita las sociedades y la comunidad humana, el pensamiento ideológico, el imperio de la violencia y la mentira, los rasgos de un hombre que no se forma a sí mismo sino que está dirigido por el partido, la idea de la mente como tabla rasa de Locke, la pretensión de salvar la ley de hierro de la oligarquía que condiciona la libertad política al implicar coacción, el populista socialismo del siglo XXI.

Nada sería de la euforia de los Pablemos sin la precariedad de miles de jóvenes que depositan su esperanza en quienes les ofrezca alguna fe, los fieles perfectamente dirigidos, felizmente aprovechados en las calles, manejados desde los medios de comunicación social, en un tiempo convulso donde parece que sólo es democracia lo que digan los ideólogos.

Confiemos en salvar una difícil situación democrática preñada de radicalismo pero con suficiente estabilidad y madurez para que lo nuevo no sea tan distinto de lo viejo y cualquier reforma y progreso venga acompañado con el respeto de todo lo bueno recibido.
Roberto Esteban Duque

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