Una parábola de comunión: In memoriam agradecida al hermano Roger de Taizé, en el séptimo aniversario de su pascua
Blog del director Ecumenismo

Una parábola de comunión: In memoriam agradecida al hermano Roger de Taizé, en el séptimo aniversario de su pascua

(Reproducción de un artículo de nuestro director, Jesús de las Heras Muela, escrito en septiembre de 2005)

Sé que escribo quizás tarde. Sé que escribo desde la distancia. Pero sé también que escribo desde el corazón y desde el agradecimiento. La muerte -el demencial y absurdo asesinato de Roger de Taizé- me llegó en las primeras horas de la mañana del miércoles 17 de agosto del 2005.

Estaba yo en Bonn, atendiendo periodísticamente la Jornada Mundial de la Juventud de Colonia. Los lectores e internautas de aquellas crónicas de Colonia -“Un periodista en la JMJ´Colonia 2005”- saben que desde aquel instante el quehacer informativo de quien esto escribe estuvo marcado por aquella desgarradora noticia. Nuestra revista y nuestra página Web “saben” también del inmenso interés con que fue seguida su muerte y sus exequias y cuando preguntamos distintas cuestiones sobre el hermano Roger a nuestros internautas la respuesta no pudo ser más numerosa y significativa.

Tampoco pude asistir a su funeral en Taizé ya que en aquellas mismas fechas había de guiar una peregrinación a Lourdes. No obstante, en cuanto pude releí textos y libros sobre el hermano Roger y evoqué algún encuentro personal con él.

 

Almuerzo con Roger y Juan Pablo II

 

En este sentido, séame permitido hacer fugaz memoria escrita de uno de aquellos encuentros, bien intenso e inolvidables. Fue en uno de los días en que la fortuna -mejor la Providencia- me visitó con su gracia de manera especial. Acababa en Roma la II Asamblea especial para Europa del Sínodo de los Obispos. Era el día 20 de octubre de 1999. Un servidor había sido portavoz de prensa para lengua española de aquel Sínodo. El hermano Roger de Taizé había participado en él como invitado especial del Papa. Unos días antes los cinco portavoces lingüísticos de aquel Sínodo nos habíamos encontrado en el Aula Sinodal con monseñor Stasnilaw Dziwis, el secretario personal del Papa Juan Pablo II. Habida cuenta de que el Santo Padre estaba invitado a comer diariamente a los padres sinodales y demás participantes de aquel Sínodo, le pedimos al bueno de Don Stanislaw que también fuéramos nosotros invitados a esa mesa… A última hora del viernes 19 de octubre nos llegó la invitación para compartir mesa, almuerzo, conversación y plegaria con Juan Pablo II, a las 13,30 horas del 20 de octubre de 1999, en los apartamentos pontificios. Imaginará el lector el gozo y el privilegio que aquello suponía. Imaginará el lector cómo conservo en el corazón, en la memoria y en la retina aquel almuerzo. Entre otros invitados -una quincena- a aquella comida estaba el hermano Roger Schutz, acompañado de otro hermano de Taizé.

Me ahorro más comentarios acerca de mi emoción y gratitud por tan feliz coincidencia y todavía recuerdo fragmentos de la conversación de aquel almuerzo. Y mi memoria visual -casi seis años después- me sitúa ahora junto a Roger, bajando las regias escaleras de los apartamentos papales. Dios sea bendito. Porque aquello fue una gracia y las gracias no son sólo para guardarlas sino también para compartirlas y repartirlas.

 

Nacido en primavera

 

Dicho lo anterior querría en estas líneas recorrer las etapas de la vida y de la misión de unos de los grandes -de los más grandes- de nuestro tiempo. Soy además consciente de que su legado, su “herencia”, no cabe, como la de otras grandes personalidades de nuestra época -Juan XXIII, Martin Luther King, Madre Teresa de Calcuta, Oscar Romero, Pablo VI, Juan Pablo II…-  en su sepultura. Y Roger de Taizé sigue y seguirá vivo para mayor gloria de Dios y bien de los hombres.

 

El 12 de mayo de 1915 nacía en Provence, pequeña localidad suiza, junto a Neuchatel, en el cantón de Vaud, Roger Louis Shutz-Marsauche. Fue el segundo de los nueve hijos del matrimonio de Charles y Amélie. Charles era pastor protestante. Falleció en 1946. Su madre Amélie murió, superados los 93 años, en Taizé, junto a sus hijos Roger y Geniéveve, que vive todavía en esta colina borgoñesa. Amélie está enterrada en Taizé.

 

Una exigente educación religiosa

 

Roger Schutz fue educado en un protestantismo exigente, recto y hasta puritano. Cuentan que, al igual que otros miembros de su familia, desde niño Roger experimentó una simpatía, casi fascinación, por el catolicismo. Fue forjado en la piedad sincera, en la caridad comprometida y en la oración constante.

 

Roger relata que a los doce años experimentó una pueril crisis de fe, de la que pronto se repuso. La influencia benéfica de su familia estuvo siempre muy presente en su vida y la enfermedad de su hermana Lily marcó también tiempos y espacios en su itinerario cristiano y religioso.

 

No hizo la primera comunión hasta los 16 años. Fue el día de pascua y en la edad que marcaban entonces los cánones del protestantismo. “Sé fiel hasta la muerte -le recordó aquella mañana luminosa de pascua y de eucaristía su padre Charles- y el Señor te dará la corona de la vida”.

 

Los comienzos de su vocación fueron dubitativos y vacilantes. Quería ser labrador y poeta. También en interior susurraba la posibilidad de ser, como su padre, pastor luterano. Pero, en cualquiera de los casos, desde su primera juventud, en su corazón latía una impetuosa vocación ecuménica, de unidad y de comunión.

 

Superados los 20 años decide estudiar Teología en Lausana y se traslada a vivir a Ginebra, en la Saboya suiza. Allí comenzará una nueva constante en su vida: los encuentros periódicos, frecuentes, reglados y fecundos con los jóvenes. De hecho, en 1940 será elegido presidente de la Federación cristiana de estudiantes.

 

Una colina en la Borgoña

 

Erase el verano de 1940, en tiempos recios y de tribulación para toda Europa. Este joven estudiante suizo de Teología recorría en bicicleta los caminos entre la Borgoña francesa y la Saboya suiza. Tenía 25 años de edad. Una intuición -luz de lo Alto- alumbraba su búsqueda. Llegó a Cluny. El mayor monasterio benedictino de la historia estaba derruido y abandonado, preso de la incuria y la nostalgia. El joven estudiante suizo albergaba en su corazón los ideales evangélicos y de la regla de San Benito. Quería adquirir una casa para establecer allí una comunidad de orantes y de constructores de la paz. Soñaba, intuía, quería “una parábola de comunión”.

 

De Cluny le remitieron a la próxima localidad de Taizé, de escasos dos centenares de habitantes. Allí, en el alto de una colina, elevada unos doscientos metros, se vendía una antigua casona. Es la “mansión” de Brie. El 20 de agosto de 1940 almorzó en aquella casa un plato de alubias y un vaso de vino. Madame Brie le pidió que comprase su casa.

 

El joven regresó a su hogar familiar. Allí, su padre, el pastor protestante Charles Schutz, le recomendó adquiriese aquella vivienda: “Muy a menudo -le dijo- la voz de Dios se manifiesta a través de la voz de los pobres”. Y cuando el joven Roger Louis Shutz-Marsauche regresó a Taizé, compró la vivienda y la llamó “una parábola de comunión”.

 

Una colina de paz, acogida y unidad

 

Francia, al igual que buena parte de Europa, vivían en aquellos años en el horror de la segunda guerra mundial. Y la mansión de Madame Brie, ya la parábola de comunión -siquiera incipiente- de Roger Schutz se vio pronto afectada también por la guerra. En 1942 la Gestapo la inspeccionó y Roger no pudo volver a ella hasta dos años después. Roger había entendido entonces, como también entendió finalizada la guerra, que aquel hogar era la casa de todos, incluidos los refugiados políticos, fuera cual fuera su ideología o adscripción.

 

En 1945 concluye la segunda guerra mundial. Taizé acoge a quienes años atrás habían sido perseguidores de Taizé. Roger Schutz concluye sus estudios teológicos y es consagrado pastor, si bien apenas ejercería este ministerio. Aquel 1945 marcaba la hora de levantar en la colina de Taizé, en la colina sobre la que asentaba la mansión de Brie, la parábola de comunión., una colina de esperanza y de primavera. Una colina de unidad: “Ten pasión -escribió Roger- por la unidad del cuerpo de Cristo”. Aquella colina, Taizé, no era sino una búsqueda, siempre abierta, de la unidad de la Iglesia.

 

El Señor también le dio hermanos

 

Y el camino se fue haciendo al andar. Roger recibe en Taizé a sus primeros compañeros y hermanos del alma: Max Thurian y Pierre Souvrian, a quienes pronto seguirán otros. Enseguida llegaron también 20 huerfanitos, que necesitaban una madre. No será otra que Genevieve Schutz, hermana menor ya citada de Roger. Y la colina, poco a poco, va poblándose de gentes, especialmente de peregrinos -“Taizé es una fuente ante la que el viajero se detiene, colma su sed y continúa ruta”, afirmó en 1986 el Papa Juan Pablo II, en visita apostólica a este lugar de la gracia-.

 

Mientras tanto, en aquellos años cuarenta, Roger, con el evangelio y la regla de San Benito en la mano, ora y pergeña la primera regla de su nueva comunidad. El clásico “La imitación de Cristo” de Tomás de Kempis será otra de sus fuentes inspiradoras.

 

Corre el año de gracia de 1948. Dicho quedó antes que Taizé está muy cerca de

Cluny. En Taizé había -hay todavía- una pequeña y bien hermosa Iglesia románica, dedicada al santo francés Martín de Tours, el pastor bueno que compartió su capa con un necesitado. Roger y sus compañeros deciden rehabilitar el templo, que, en su día, fue consagrado y empleado por el histórico abad de Cluny Pedro el Venerable.

 

Concluida la restauración de la Iglesia, necesitaban permiso para poder celebrar culto en él. El obispo local y el cardenal arzobispo de Lyón -dos de los grandes valedores de Taizé y de Roger- hablan con el nuncio apostólico en Francia. Ocupaba entonces este servicio el eclesiástico italiano Giusepe Angelo Roncali, quien firma la autorización. Diez años después aquel eclesiástico se sentaría en la cátedra de Pedro, calzaría las sandalias del pescador, abriría la Iglesia católica al soplo renovador del Espíritu, recibiría bien pronto a Roger y convocaría el Concilio Vaticano II. Estamos hablando -es evidente- del Santo Padre Juan XXIII, del ya Beato Juan XXIII. (¿Nos será permitido en este punto imaginar el inmenso abrazo de amistad y de comunión entre Roncali y Roger en el atardecer del 16 de agosto de 2005, ya en la verdes y florecidas praderas del Edén?)

 

Tumba del hermano Roger

“¡Reconciliaos!”

 

Erase ahora el mes de agosto de 1962. El mes de agosto ha sido, por cierto, el mes más paradigmático en la vida del hermano Roger. Los días 5 y 6 de aquel agosto de 1962 se bendecía y se inauguraba la Iglesia de Reconciliación en el alto de la colina de Taizé, la colina de la esperanza. Roger Schutz mandó escribir en varios idiomas una leyenda sobre las puertas de aquel templo del Espíritu. Decía así: “Vosotros, los que entráis, reconciliaos. El padre con su hijo; el marido con su esposa; el creyente con el que no cree; el cristiano con su hermano separado”. La parábola de comunión de Taizé y del hermano Roger es así anhelo y realidad de reconciliación.

 

Dos meses después de aquel 6 de agosto de 1962 -festividad de la Transfiguración del Señor-, Roger comenzaba su participación en el Concilio Vaticano II. Atrás quedaban catorce años de pasión por la búsqueda de la unidad, de viajes por todo el mundo, de visitas constantes a Roma y a su Obispo, que preside en la caridad y en la comunión, de intuiciones y realizaciones ecuménicas y solidarias. Roger se había hecho ciudadano de todo el mundo, muy singularmente de América Latina y de los pobres de la tierra.

 

Compartir el pan

 

Durante los tres años del Concilio -en sus sesiones del último trimestre de los años 1962, 1963, 1964 y 1965-, Roger desplegó en Roma el arte y el oficio del encuentro y del diálogo. En su provisional hogar romano -en la vida de Roger casi todo fue provisional, como indica el título de su libro de 1965 “La dinámica de lo provisional”- pasaron más de 500 invitados, con quienes oraba, compartía el pan de la Palabra y del alimento, abría caminos y horizontes y soñaba con la unidad. Con hacer realidad definitiva su parábola de comunión.

 

Los jóvenes siempre estuvieron muy próximos a Roger y a su colina, que pronto llenaron y siguen llenando de colorido, gozo y esperanza Taizé y haciendo este lugar y de esta obra “una pequeña primavera”, como afirmara el Papa Juan XXIII. Hasta 40.000 jóvenes llegarán en las pascuas de la década de los sesenta. Cuando esta década se trunca en violencia en 1968, Roger proclama el manifiesto de los no violentos, desde radicalidad y el inconformismo del evangelio y el insobornable compromiso en favor de los pobres. Lucha, contemplación y comunión será su lema. “Violencia de los pacíficos” será el título de su libro de 1968.

 

Taizé se extiende además en pequeñas fraternidades por los lugares más pobres de la tierra. Roger es llamado para cualquier ecuménico que se precie en cualquier rincón de la humanidad. Llegarán también los años de “Operación Esperanza” y de los encuentros internacionales de pascua, mientras Roger rumiaba y meditaba en su corazón “las peregrinaciones de confianza en la tierra” -los encuentros de Navidad de Taizé en distintas capitales de Europa, que todavía se celebran cada año con asistencia de cientos de miles de jóvenes- y el Concilio de jóvenes, que arranca en 1974, como tiempo de la gracia y del Espíritu.

 

Escritor, poeta, místico y profeta

 

Y Roger sigue escribiendo: “Regla de Taizé” (1952), “Unanimidad en el pluralismo” (1953), “Vivir en el hoy de Dios” (1959), “La dinámica de lo provisional” (1965), “Violencia de los pacíficos” (1968), “Qué la fiesta no tenga fin” (1971), “Lucha y contemplación” (1973), “Vivir lo inesperado” (1976), amén de sus “Cartas al Pueblo de Dios” y su “Diario”, entre otras obras.

 

De sus escritos escribió su cardenal “protector, el arzobispo de Lyón Pierre Gerlier, que “nada más evangélico hubiera podido escribirse. Nada más atinado y nada más humano”. Dicen que escribía con pluma de místico, con alma de corazón y con corazón de profeta. El gran teólogo y después cardenal Henri de Lubac afirmó que “el hermano Roger de Taizé escribe con objetividad luminosa y serena”. El célebre escritor Jean Guitton comparaba los escritos de Roger con “La imitación de Cristo” y otro autor francés menos conocido, J.M. Paupart, describía estos escritos como “gritos del alma, desgarros palpitantes de historia íntima del mundo, llamadas al amor y a la unidad… El más profundo tratado teológico del mundo moderno”.

 

Ecumenismo de la santidad

 

La parábola de comunión que Roger Schutz, que el hermano Roger de Taizé, quiso escribir con su vida se hacía realidad definitiva en su dolorosa y transfigurada pascua del atardecer del pasado 16 de agosto. Sus intuiciones son ya certezas y patrimonio de la Iglesia, de todas las Iglesias y confesiones, de entera la humanidad. La parábola de comunión del hermano Roger fue su fontal y prioritario compromiso por la unidad de los cristianos a través de todos los caminos posibles, muy singularmente a través del ecumenismo de la santidad, como afirmara el cardenal Kasper, presidente del Consejo pontificio para la Unidad de los Cristianos: “Creía, sobre todo, en el ecumenismo de la santidad, que cambia las profundidades del alma y que sólo conduce a la plena comunión. Sí, la primavera del ecumenismo ha florecido en la colina de Taizé, en esta Iglesia de la Reconciliación donde los miembros de diferentes tradiciones cristianas se reúnen, con respeto y diálogo, en oración, compartiendo fraternalmente, inspirados por la presencia y el ejemplo del hermano Roger”.

 

¡Qué curioso!: entre el día de la muerte del hermano Roger y la jornada de su funeral, el Papa Benedicto XVI, en un encuentro ecuménico en Colonia, afirmó que “también se podría decir que la mejor forma de ecumenismo consiste en vivir según el Evangelio”. Eso fue precisamente la vida, la parábola del hermano Roger: vivir según el evangelio, buscar la paz, la justicia, la reconciliación y la unidad según el evangelio.

 

Roger, que se encontró con todos los Papas de sus 65 años de parábola de comunión, se encontró también con Benedicto XVI, días antes de que Joseph Ratzinger fuera elegido Papa. Fue el día del funeral por Juan Pablo II, el 8 de abril de 2005, una mañana de fuerte, impetuoso y profético viento del Espíritu. Ratzinger presidía aquel funeral como decano del Colegio cardenalicio y, a la hora de la distribución de la eucaristía, él mismo dio de comulgar al hermano Roger, débil, anciano, postrado en silla de ruedas. Las cámaras de la televisión reflejaron el momento a millones de personas de todo el mundo. La parábola de comunión era ya comunión plena y eucarística.

 

Su legado no cabe en su sepultura

 

Lo dije antes. Como todos los grandes hombres, el hermano Roger de Taizé nos deja ahora un inmenso legado. Se trata de un legado que nos habla de inquietud y discernimiento por la búsqueda del plan de Dios sobre nuestras vidas. Es un legado que nos llama a la oración y la adoración, que nos urgen por la justicia y la defensa de los pobres de la tierra, que no se desentiende, ni mucho menos, de la promoción humana y la fraternidad efectiva. Es un legado que sabe de solidaridad y de evangelización. Es “completa continuidad entre el amor de Dios y el amor a los seres humanos, entre oración y compromiso, entre acción y contemplación”, que afirmara el cardenal Kasper. Es “operación esperanza”. Es lucha, contemplación y comunión. Es vivir las Bienaventuranzas y el Magníficat. Es diálogo, encuentro, compartición, peregrinación y reconciliación.

 

Por ello y por tantas otras cosas el hermano Roger, maestro de oración, profeta de la paz, apóstol de los jóvenes, testigo del ecumenismo de la santidad, ha sido y es para muchos “una especie de padre, un reflejo del Padre eterno y de la universalidad de su amor”. Su legado no cabe, pues, en su sepultura. Sigue siendo gracia, camino y desafío.

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