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Rincón Litúrgico

Una palabra con autoridad

«Suscitaré un profeta de entre sus hermanos, como tú. Pondré mis palabras en su boca y les dirá lo que yo le mande. Yo mismo pediré cuentas a quien no escuche las palabras que pronuncie en mi nombre» (Dt 18, 18-19). El oráculo anuncia que Dios enviará a su pueblo un profeta semejante a Moisés.

Esa decisión de Dios exige del pueblo la disposición y la responsabilidad necesarias para escuchar lo que el profeta transmita de parte de Dios. Y, al mismo tiempo, exige del mismo profeta la fidelidad en la transmisión de la palabra que se le confía. De ningún modo deberá caer en la arrogancia de atribuir a Dios lo que es tan solo su opinión personal.

Evocando ese mensaje, escuchamos la exhortación que nos transmite el salmo responsorial: «Ojalá escuchéis hoy su voz: no endurezcáis vuestro corazón» (Sal 94). También las advertencias sobre el matrimonio que san Pablo escribe a los Corintios nos invitan a prestar atención al mensaje y a las cosas de Dios (1 Cor 7, 32-35).

EL ASOMBRO

El evangelio de Marcos que se proclama en este domingo cuarto del tiempo ordinario (Mc 1, 21-28) nos lleva a la sinagoga de Cafarnaún en un día de sabado.  Jesús toma la palabra y todos quedan asombrados al oírle. Realmente, enseña con autoridad, no como los escribas, que siempre se apoyan en las opiniones de otros.

  • La autoridad no depende de la fuerza sino de la verdad. La autoridad no se la da el mensajero al mensaje, sino el mensaje al mensajero. La autoridad del que habla no se manifiesta en el tono de voz con el que se pronuncia el mensaje. No tiene razón el que habla más fuerte, sino el que tiene razones para demostrar la verdad de lo que dice.
  • Por otra pate, el asombro ante el que habla no está exento de ambigüedad. Con frecuencia nos asombramos ante la incoherencia de los que se dirigen al pueblo defendiendo unas actuaciones contra las cuales siempre habían protestado. Nos asombra la grosería del lenguaje y nos asombra mucho más el cinismo de quien miente en cada frase que pronuncia.

LA LIBERACIÓN

Las palabras que Jesús pronuncia en la sinagoga de Cafarnaún producen en los que escuchan un asombro que nace de su verdad y del gesto que las acompaña. En efecto, entre la asamblea hay un hombre poseído por un espíritu inmundo, al que Jesús interpela con fuerza.

  • «Cállate y sal de él». Aquel que es la Palabra de Dios tiene la autoridad para imponer el silencio a quien grita en medio de la oración de la comunidad. Es la hora de Dios. Es la hora del bien y no del mal.
  • «Cállate y sal de él». Las gentes piensan por entonces que el mal físico corresponde al mal moral. Jesús dirá algún día que ese razonamiento no es correcto. Sin embargo, desde el primer momento ha de quedar claro que él ha venido a vencer al espíritu del mal.
  • «Cállate y sal de él». El hombre que grita en la sinagoga parece ser fiel a los días de culto. Ha ido a la sinagoga para orar. Jesús no lo reprende por ello. Pero con su palabra y su gesto demuestra que él ha venido a liberar al hombre en su integridad.

Señor Jesús, creemos que tú eres el profeta que fue anunciado por medio de Moisés. Reconocemos tu autoridad y deseamos escuchar con atención tu palabra. Te damos gracias porque sabemos que te fijas en las necesidades y el dolor de cada uno. Y porque has venido a liberarnos del mal. Bendito seas por siempre. Amén.



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