Rincón Litúrgico

Una palabra cercana

«El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1, 14)

Señor Jesús, es asombroso el salto de la eternidad al tiempo. Creemos que la Palabra existía en el principio junto a Dios. Es  más, la Palabra era Dios. Era eternidad. Era amor sin principio. Por eso la Palabra salió de sí misma en una generosidad creadora. El universo fue hablado y el tiempo tuvo inicio.

En el giro de los astros, el hombre fue pensado como un hablante balbuciente. Y nuestras palabras humanas fueron brotando como quejido y diálogo, como llamada y reproche, como información y mentira, como caricia y ofensa, como recuerdo y promesa.

Y de pronto la Palabra se hizo carne y presencia. En medio del campamento de los foragidos, la Palabra plantó su tienda de campaña y se presentó como vecina y emigrante, se hizo buscadora e imaginativa, se convirtió en protesta y profecía. La Palabra se hizo revelación de lo divino y manifestación de lo humano.

Nos ha costado comprender que tú, Señor, eras y eres la Palabra que de Dios viene y a Dios quiere llevarnos. Una Palabra que nos libra de nuestra mudez, nos saca de nuestros silencios y nos invita a abrirnos a todos los encuentros.

Sin embargo hemos acercado a nuestros oídos brillantes caracolas que nos traen rumores de océanos lejanos. Nos hemos enganchado a las danzas de la muerte para tratar de olvidar el fracaso de todos los proyectos. Hemos llamado vida a lo que solo era algarabía y confusión.

Hemos proscrito los silencios en los que resuena el susurro de tu voz. Nos molesta tu Palabra, que inquieta y desinstala. Hemos censurado todas las palabras humanas que suenan a divinas. El tiempo ha decidido ignorar la memoria de una pretendida eternidad.

Pero a pesar de todo, ahí estás tú, Palabra increada y sustantiva, Palabra amorosa de misericordia y de perdón, Palabra  de fraterna libertad y de justicia, Palabra donadora de gracia y de verdad. Cura tú nuestra sordera.

 

 

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