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Una Navidad en tiempos de pandemia, por Manuel Sánchez Monge

Después de muchos meses, nosotros seguimos todavía viviendo bajo las restricciones de esta pandemia que padecemos. Hay gente que ha perdido a sus seres queridos, algunos en una terrible soledad. Muchos han experimentado la dureza de la enfermedad y sus secuelas. La crisis sanitaria ha desembocado en una crisis económica de fuertes repercusiones: algunos han perdido su trabajo o temen perderlo dentro de poco, la pequeña y mediana empresa está sufriendo duramente las consecuencias. También nuestro estilo de vida ha sufrido cambios muy notables: hemos experimentado el confinamiento en varias versiones, no podemos saludarnos, ni abrazarnos, caminamos con mascarilla, cuando nos encontramos con alguien sentimos miedo de contagiarle o ser contagiados, la incertidumbre está haciendo mella entre nosotros.

La pandemia ha echado abajo nuestros planes y prioridades en la tarea evangelizadora. La fe en Dios de algunos se ha tambaleado. En el centro de sus temores hay preguntas fundamentales acerca de la bondad de Dios. En todas partes vemos cómo el miedo a la enfermedad y a la muerte se va extendiendo Cuesta mucho que los fieles se incorporen a los actos del culto y a las tareas pastorales. Hemos percibido más claramente la necesidad de reformar nuestra sociedad a la luz de los valores del Evangelio y de la doctrina social de la Iglesia. Es también esencial que capacitemos a nuestros fieles para que, como ciudadanos católicos, se comprometan a hacer frente a los desafíos de nuestra sociedad: el aborto y la eutanasia; la inmigración y la pobreza antigua y nueva, la justicia social; la ideología de género y la familia; el medio ambiente y la libertad religiosa.

¿Cómo celebrar con alegría la Navidad este año? Hemos de aprovechar la ocasión para no perdernos en el folclore y acercarnos a lo esencial. Festejemos que Dios se ha hecho uno de nosotros para compartir también nuestros miedos e inquietudes y ayudarnos a superarlos. Y para que podamos ser hijos en el Hijo amado. Cultivemos la fraternidad universal y la amistad social, como nos pide el Papa. Las personas no son números, son hijos de Dios y hermanos nuestros. Y Jesús se ha hecho niño para que no temamos acercarnos a Él y podamos expresar la ternura que llevamos dentro. Dios no nos abandona: “Yo estaré con vosotros siempre hasta el fin de los tiempos”, ha prometido. Necesitamos ofrecerle a nuestro prójimo la buena noticia de que tenemos un Redentor que murió para que pudiéramos tener vida y que pasó por cañadas oscuras, para que nosotros no temiéramos mal alguno, ni siquiera la muerte.

Es también importante que la Iglesia proclame una vez más la verdad de que la historia humana es historia de la salvación, de que Dios tiene un hermoso plan para cada corazón humano, para cada nación y para toda la creación. Tenemos que fomentar en la gente la esperanza de que, incluso en el sufrimiento y en la muerte, Dios está actuando para el bien de quienes lo aman.

En los momentos que atravesamos, nuestro prójimo necesita más que nunca de la Iglesia. Ésta es la hora del testimonio cristiano. La caridad es la fuente de nuestros antivirus. Estemos atentos a las situaciones de pobreza extraordinaria. Necesitamos un humanismo sólido y convicciones fuertes para acoger al diferente. Ésta es nuestra misión en estos momentos: llevar la sanación y la esperanza a la gente de nuestro tiempo, especialmente a los que sufren enfermedad o soledad o carecen de las mínimas condiciones para una vida digna.

Manuel Sánchez Monge
Obispo de Santander
(Publicado en el Diario Montañés el 24.12. 2020)



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