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Una breve mirada sobre Benedicto XVI

Hoy, solemnidad de San Pedro y San Pablo, se cumplen 70 años de la ordenación sacerdotal de Joseph Ratzinger. Tal día como este, un 29 de junio pero de 1951 fue, en palabras suyas, “el día más importante de mi vida”. Y ha coincidido con la fiesta que recuerda la primacía de Pedro, el primer Papa de la Iglesia Católica y sobre la que Jesús edificó y sigue edificando su Iglesia. Más de dos mil años después, el actual Papa emérito sigue dejándonos una herencia intelectual que debería llegar a todos los rincones de la cristiandad. Hoy el Santo Padre Francisco le ha felicitado desde la ventana más famosa del mundo que mira a la Plaza de San Pedro: “Querido padre y hermano, gracias por tu testimonio, por tu oración constante por la Iglesia y por tu mirada siempre apuntando al horizonte de Dios”.

A quien algún día será nombrado Doctor de la Iglesia le debemos mucho. Llegó en un momento crucial para la historia de la Iglesia y de la Humanidad. Tras el gran Papa polaco, quien peregrinó por todo el mundo, San Juan Pablo II, un mundo huérfano de liderazgo encontró en Benedicto XVI un decidido impulso a muchísimos proyectos necesarios para la sociedad. Lidió con un mundo cambiante, con unos retos inmensos sociales, morales, políticos y económicos. Con situaciones que manchaban a la propia Iglesia por conductas alejadas de la fe y del hacer y vivir cristiano. Nos acercó a un Jesús profundo, Padre misericordioso, humilde y poderoso a la vez. A un Dios vivo que mueve todos los corazones y cuya preeminencia puede con todo. Su retirada siempre la entendí como una incomprensión de los hombres y mujeres de hoy a sus palabras llenas de un fondo que removerían todas las conciencias. De haberlo escuchado más, sin tantas distracciones como la que hoy tenemos, quizá el mundo sería distinto.

Siempre puso a Cristo y al Evangelio en el centro. Hace algunas semanas, su secretario personal comentaba que todos los días el Papa emérito empieza con el Señor y termina con el Señor. Años atrás nos animaba a “incluso en la noche de la fe, incluso entre tantas dudas que podemos tener, a no dejar la mano del Señor; a caminar de su mano, a creer en la bondad de Dios, pues esto es ir por el camino correcto”. Nos invitó –y lo sigue haciendo– a “reconocernos necesitados del amor de Dios y a estar abiertos a su acción transformadora ante nuestra debilidad”. Nos apeló en numerosas ocasiones a “dejarnos cambiar por el amor del Señor para cambiar el mundo”. Ahora, en medio de esta pandemia, ¿no cobran más fuerza sus muchísimas reflexiones para prepararnos a un futuro como el que hoy tenemos? Benedicto XVI cerró una homilía diciendo que “no se puede encontrar a Cristo y no darlo a conocer a los demás”. En esta situación que estamos atravesando, ¿cambiaría el panorama si todos los hombres y mujeres conocieran a Cristo? ¿Por qué no acercarse a su persona, a su mensaje, a sus enseñanzas y a su plan para cada uno de nosotros? En este día de Pedro y Pablo, donde la figura del Papa cobra importancia, escuchemos las homilías del Papa emérito, leámoslas, aprovechemos el verano para dejarnos caer en sus libros sobre Jesús de Nazaret. Quizá logremos un horizonte mejor para este planeta.

Y no nos olvidemos de rezar por el Papa Francisco, por sus intenciones y por saber guiar a la Iglesia en este tiempo.



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