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Una lectura de Hegel

Puede parecer extraño dedicar un tiempo del verano a leer la Lógica de Hegel. Sin embargo, en todas partes se encuentran perlas que estimulan nuestro pensamiento, herido por noticias de virus y pandemia, de terremotos e inundaciones, de conflictos  militares y tremendos atentados.

  • Para comenzar, Hegel observa que «se ha persuadido a la juventud de que basta que se mantenga firme y camine para poseer la verdad, tanto religiosa como política». En consecuencia, se piensa que «los más ancianos no son sino una masa endurecida, petrificada y sumida en la ignorancia y el error».

Evidentemente, las cosas no son tan sencillas. Ya dice Hegel que se puede caer en la vanidad y la presunción de creer que se está de un modo inmediato en la verdad.

  • «Ordinariamente llamamos verdad al acuerdo de un objeto con nuestra representación». Para Hegel, la verdad es «el acuerdo de un contenido consigo mismo». Un amigo es verdadero cuando sus acciones concuerdan con la noción de la amistad. Es importante la conclusión moral de esta noción. «En este caso, lo falso equivale a lo malo, o lo que no es adecuado a sí mismo».
  • Es interesante su reflexión sobre «los mitos». Si la filosofía no debe sentirse humillada ante la religión, no puede despreciar las representaciones religiosas como «cosas viejas y sin valor, puesto que han sido honradas durante siglos entre las naciones».

Entre esos «mitos», elige el relato bíblico del paraíso. Es discutible su interpretación del árbol del bien y del mal. No es cierto que para la Iglesia el hombre es malo por naturaleza. Es verdad que en tiempo de Hegel no habían aparecido las modernas lecturas sobre el pecado original. Con todo, es muy sugerente su interpretación del pudor de Adán y Eva, que los separa de “su ser natural y sensible”.

  • Es también interesante su reflexión sobre la pregunta que Pilato dirige a Jesús: «¿Qué es la verdad?». Hegel escribe que Pilato daba a entender que «sabía a qué atenerse en todas las cosas y que nada hay que merezca ser tomado en serio». En su opinión, la pregunta de Pilato no estaba lejos de la manifestación del Eclesiastés —que él atribuye a Salomón— según el cual todo es vanidad e inanidad subjetiva.
  • Por otra parte, Hegel considera que «la religión tiene un valor absoluto en sí misma, pero lleva también y conserva en sí los demás fines». Ya lo dijo Jesús: «Buscad tan solo el reino de Dios y lo demás se os dará por añadidura». Así que «persiguiendo el ser absoluto, puede realizar los fines particulares». La búsqueda del Reino de Dios no es alienante: comporta una responsabilidad inmediata.

            Es evidente que la lectura de los grandes filósofos es una buena ocasión, no para la evasión de los problemas de cada día, sino para considerar con seriedad el origen de las cuestiones que hoy se nos plantean.



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