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Una homilía de Orígenes nos ayuda a comprender Fratelli tutti: El Buen Samaritano

La parábola del Buen Samaritano es una de las parábolas más conocidas, más sugerentes y más simbólicas del evangelio de san Lucas. Jesús mismo narra esta parábola con la intención de mostrarnos qué es la caridad, redefiniendo —de una manera nueva— la categoría de prójimo: todo aquel que obra misericordiosa y compasivamente con otro hombre.

Ya Pablo VI, al clausurar el Concilio, señaló que «aquella antigua historia del buen samaritano ha sido el ejemplo y la norma según la cual se ha regido la espiritualidad de nuestro Concilio. Además, un amor inmenso a los hombres lo ha llenado totalmente. Las necesidades humanas conocidas y meditadas de nuevo, que son tanto más penosas cuanto más crece el hijo de la tierra, absorbieron toda la atención de este Sínodo nuestro. Vosotros, humanistas modernos que negáis las verdades que trascienden la naturaleza de las cosas, conceded al menos este mérito al Concilio y reconocer nuestro nuevo humanismo, pues también nosotros, nosotros más que nadie, somos cultivadores del hombre» (Discurso de clausura del Concilio Vaticano II, 7 de diciembre de 1965).

Como eco de aquellas palabras, como si de una «nueva recepción» del Concilio se tratara, el Papa Francisco recoge de nuevo la parábola en la encíclica Fratelli tutti (FT 56-86) y la presenta como el «icono» donde la Iglesia aprende a dar a su capacidad de amar una «dimensión universal», pues el Buen Samaritano, Cristo, es quien se ha aproximado a todo hombre «medio muerto» que yace en el borde de los caminos.

La parábola, situada en el capítulo II de la encíclica, es la clave de lectura y el principio inspirador de Fratelli tutti (FT), pues no en vano ésta bebe de las fuentes del Evangelio. «Otros beben de otras fuentes. Para nosotros, ese manantial de la dignidad y de la fraternidad está en el Evangelio de Jesucristo» (277).

Presentamos una homilía del Buen Samaritano (XXXIV) que Orígenes, autor del siglo II-III, en su comentario al Evangelio de Lucas (1), pronunció siendo presbítero entre los años 245-250 y que viene a iluminar, también hoy, las grandes líneas maestras de la encíclica: compasión, prójimo, misericordia.

Benedicto XVI, reconociendo la grandeza humana y espiritual de este autor, no le escatimó elogios en varios momentos de su pontificado: «Salta a la vista el papel primordial que ha desempeñado Orígenes en la historia de la “lectio divina”. San Ambrosio, obispo de Milán, que aprendió a leer las Escrituras con las obras de Orígenes, la introdujo después en Occidente para entregarla a san Agustín y a la tradición monástica sucesiva».

La homilía de Orígenes sobre el Buen Samaritano «constituye la parte mejor de su obra, en ella pone lo mejor de sí mismo; es donde más se revela él mismo».

Comienza Orígenes (2) diciendo: «Aunque son muchos los preceptos en la Ley, sin embargo, el Salvador dejó en el Evangelio, a modo de resumen, aquellos que, si los obedeces, te conducirán a la vida eterna. Refiriéndose a éstos, un doctor de la ley le había preguntado: Maestro ¿haciendo qué poseeré la vida eterna?, le respondió Jesús: ¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees? Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu fuerza y con toda tu mente, y a tu prójimo, como a ti mismo (3). Haz esto, y vivirás (4)».

No hay duda que el doctor de la ley le había preguntado sobre la vida eterna y la palabra del Salvador le había respondido. Y a la vez, este precepto de la Ley nos enseña muy claramente que amemos a Dios. Escucha, Israel, —dice el Deuteronomio— el Señor tu Dios es el único Dios, y amarás al Señor tu Dios con toda tu mente, y lo que sigue, y al prójimo como a ti mismo (5). El Salvador ha dado testimonio sobre todas estas verdades diciendo: de estos dos mandamientos pende toda la ley y los profetas (6). Pero el doctor de la ley, queriendo justificarse a sí mismo y mostrar que nadie era su prójimo, dice: ¿Quién es mi prójimo? El Señor le enseñó entonces una parábola, que tiene como comienzo: Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó (7) y lo que sigue. Y enseña que este hombre que bajaba no había sido prójimo de nadie, sino del que había querido guardar los mandamientos y prepararse para ser prójimo de todo hombre que necesite ayuda. Esto es lo que se pone de relieve al final de la parábola: ¿quién de estos tres (8) te parece que fue prójimo del que cayó en manos de ladrones? Pues ni el sacerdote, ni el levita fueron prójimos, sino que su prójimo fue aquél que, como respondió el doctor de la ley, practicó la misericordia; por eso el Salvador también nos dice: Vete y haz tú lo mismo.

Decía un cierto comentario de un presbítero, queriendo interpretar la parábola (9), que el hombre que bajaba representa a Adán; Jerusalén, el paraíso; Jericó, el mundo; los ladrones, las fuerzas enemigas; el sacerdote, la ley; el levita, los profetas; el samaritano, Cristo. Las heridas significan la desobediencia; el animal, el cuerpo del Señor; el «pandoquium», es decir, la posada, abierta para todos los que quieren entrar, simboliza la Iglesia; los dos denarios, representan al Padre y al Hijo; el posadero, al que preside la Iglesia, a quien se ha confiado regirla; y la promesa del samaritano, que habría de volver, representaba la segunda venida del Salvador.

Esta interpretación es espiritual y bella, sin embargo, no hay que pensar que pueda aplicarse a cada hombre. Pues, ni todo hombre ha bajado de Jerusalén a Jericó, ni por eso todos los hombres viven en el mundo presente; pero Cristo, que ha sido enviado, ha venido a causa de las ovejas perdidas de la casa de Israel (10). El hombre que baja de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de ladrones, precisamente porque él mismo ha querido descender (11). Los ladrones son ésos de quienes el Salvador dice: todos los que han venido delante de mí, han sido salteadores y ladrones (12). Y, sin embargo, aquel hombre no cayó en manos de salteadores, sino en manos de ladrones, que son mucho peor que los simples salteadores, puesto que al hombre que bajaba desde Jerusalén, cuando cayó en sus manos, lo golpearon y le cubrieron de heridas. ¿Cuáles son los golpes? y ¿cuáles las heridas con las que está cubierto este hombre? Los vicios y pecados.

Los ladrones, esos que le habían desnudado y herido, no socorren sin demora al desnudo, sino que, después de haberle agredido de nuevo con más golpes, lo abandonan; por eso dice la Escritura: después de despojarle y llenarle de heridas, se fueron y le dejaron no muerto, sino medio muerto. Pero sucedió que por el mismo camino bajaban un sacerdote primero y luego un levita, que quizá habían hecho algún bien a otros hombres, pero a éste, que había bajado de Jerusalén a Jericó, no. El sacerdote que, según pienso, representa la Ley, ve al samaritano; e igualmente lo vio el levita, que según creo, simboliza los Profetas; aunque le vieron, pasaron de largo y lo dejaron abandonado. Sin embargo, la Providencia mantenía a este hombre moribundo, bajo el cuidado del que era más fuerte que la Ley y los Profetas, es decir, del Samaritano, que significa «guardián». Este es el que no duerme ni descansa, custodiando a Israel (13). Y ese samaritano se ha puesto en camino, para ayudar al que estaba medio muerto, bajando no de Jerusalén a Jericó, como el sacerdote o el levita, o si baja, baja para salvar y proteger al que iba a morir, ése al que los judíos dijeron: Tú eres un samaritano y tienes un demonio (14); [Jesús], después de negar que estuviese poseído por un demonio, no quiso negar que fuese samaritano, pues él se sabía su guardián.

Así, (el samaritano), después de haberse acercado al hombre medio muerto y haberle visto bañarse en su propia sangre, se compadeció y se acercó a él para ser su prójimo (15), le vendó las heridas, y le echó aceite mezclado con vino y no dijo lo que se lee en el profeta: no hay que aplicarle ni ungüento ni aceite ni vendas (16). Ese es el samaritano, cuyo cuidado y auxilio necesitan todos los que padecen algún mal; pero el hombre que, bajando de Jerusalén, había caído en manos de ladrones, que lo habían herido y abandonado moribundo, sobre todo necesitaba ayuda de ese samaritano. Pero, para que entiendas cómo la Providencia de Dios guiaba a ese samaritano, te ha mostrado que, bajando a curar al que había caído en manos de ladrones, llevaba consigo vendas, aceite y vino. Yo así lo pienso, ciertamente: el samaritano llevaba consigo estos remedios, no solo para este moribundo, sino también para otros que, heridos por causas diversas, necesitasen vendas, aceite y vino.

Llevaba consigo aquel aceite del que dice la Escritura: que con el aceite brille el rostro (17), sin duda, el rostro que había sido curado. (El samaritano), para calmar la hinchazón de las heridas, emplea el aceite y, con un vino mezclado con no sé qué sustancia amarga, limpia las heridas al herido (18). Luego lo montó sobre su cabalgadura, es decir, sobre su propio cuerpo, según el hombre que se dignó a asumir. Este samaritano lleva nuestros pecados (19) y sufre por nosotros; lleva al moribundo y lo conduce a una posada, es decir, a la Iglesia, que acoge a todos, no niega su ayuda a ninguno y a la que todos son invitados por Jesús: Venid a mí, todos los que estáis fatigados y cargados, y yo os descansaré (20).

Y después de haberle llevado a la posada, no lo abandona inmediatamente, sino que permanece con él durante un día y le cura las heridas, no solamente durante el día, sino también durante la noche, ofreciéndole toda su atención y cuidado. Y cuando por la mañana se prepara para salir, de su valioso dinero, de sus propias riquezas, tomó dos denarios, y se los da al posadero, que sin duda es el ángel de la Iglesia (21), mandándole que lo cure cuidadosamente y le acompañe hasta la completa sanación de ese hombre que él mismo había curado por poco tiempo. Los dos denarios representan, me parece a mí, el conocimiento del Padre y del Hijo y el conocimiento de este misterio: el Padre está en el Hijo y el Hijo en el Padre (22). Ellos constituyen como el salario entregado al ángel, para que cure con sumo cuidado al hombre que le ha sido confiado. Y al ángel se le promete que le será devuelto, lo que haya gastado en la curación del moribundo (23).

Este guardián de las almas se ha mostrado verdaderamente más cercano a los hombres que la Ley y los Profetas, teniendo misericordia con éste que había caído en manos de ladrones, y se ha aparecido a su prójimo, no tanto por las palabras como por las obras. Para nosotros es posible: sed imitadores míos como yo lo soy de Cristo (24), imitar a Cristo y tener misericordia de los que habían caído en manos de los ladrones, acercarse a ellos, curar sus heridas, derramar sobre ellos aceite y vino, montarles sobre nuestra propia cabalgadura y llevar sus cargas. Para exhortarnos a hacer estas cosas, el Hijo de Dios se dirige no tanto al doctor de la ley, sino a todos nosotros, diciendo: vete y haz tú lo mismo. Si nosotros hiciéramos lo mismo, conseguiríamos la vida eterna en Cristo Jesús, a quien corresponde la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén (25).

Conclusión

En los últimos años, y tras varios siglos de olvido, han surgido algunas mentes lúcidas capaces de descubrir a Orígenes como un gran maestro, y se ha producido una rehabilitación global de su figura y su obra. J. Daniélou afirmaba que «Orígenes es, junto con san Agustín, el genio más grande del cristianismo antiguo»; H. de Lubac, por su parte, opinaba que «Orígenes es uno de los más grandes místicos de la tradición cristiana»; Urs von Balthasar pensaba que es «el autor que más ha influido en la historia de la Iglesia… que no hay en la Iglesia ningún hombre que haya permanecido invisiblemente tan omnipresente como Orígenes», y como si de una confidencia personal se tratase, el teólogo suizo confiesa: «Orígenes sigue siendo para mí el más genial de los intérpretes de amplio espectro y amantes de la Palabra de Dios. En ninguna parte me encuentro tan bien como con él»; y dos grandes profesores de la Literatura cristiana antigua lo califican como «el genio quizá más grande de la Antigüedad cristiana en el Oriente» (P. Orbe) y, un coetáneo suyo, el gran M. Simonetti reconoce que «si vamos a las raíces de todas las doctrinas de la teología antigua es imposible no toparse con Orígenes. Es el nudo más importante de la teología patrística, el forjador de la pionera cosmovisión científica cristiana». Benedicto XVI en su ciclo de catequesis sobre los Padres habló con veneración del alejandrino: «Orígenes es una de las personalidades determinantes para todo el desarrollo del pensamiento cristiano…, un verdadero «maestro»… un brillante teólogo…, un testigo ejemplar de la doctrina que transmitía…, el autor más prolífico de los tres primeros siglos cristianos…, el que lleva a cabo un cambio irreversible en el desarrollo del pensamiento cristiano».

Orígenes se dejó impactar por la parábola del Buen Samaritano. La Iglesia hoy debe volver a aquellas fuentes que renuevan su identidad y su misión en el mundo como «sacramento universal de salvación», pues «si la música del Evangelio deja de sonar en nuestras casas, en nuestras plazas, en los trabajos, en la política y en la economía, habremos apagado la melodía que nos desaviaba a luchar por la dignidad de todo hombre y mujer» (FT 277). El Buen Samaritano se ha convertido en el símbolo típico de la fraternidad humana y del «humanismo», siendo una de las parábolas bíblicas que fundamentan y sostienen la defensa de los derechos humanos.

Notas:

(1) Orígenes, un maestro para el Monacato. Homilías sobre el Evangelio de san Lucas, Monte Casino, Zamora, 2017.
(2) Desde Ireneo, pasando por la Edad Media, la Reforma, hasta el siglo XIX, ha sido frecuente una explicación cristológica —Cristo es el Buen Samaritano— o eclesiológica —la posada sería un símbolo de la Iglesia—, o incluso de carácter sacramental —el vino y el aceite como signos de los sacramentos pascuales—.
(3) Dt 6, 5.
(4) Cf. Lv 18, 5.
(5) Dt 6, 4-5
(6) Mt 22, 40.
(7) «Jericó» (=ciudad de las palmeras), construida por Herodes el Grande, para Orígenes es símbolo de este mundo. «Jerusalén» para casi toda la tradición es símbolo del Paraíso.
(8) Probablemente el sacerdote era uno de los que prestaban el servicio en el templo de Jerusalén y que, al concluir los días de su turno, volvía a su casa. Jericó era una de las ciudades donde residían algunos sacerdotes del templo de Jerusalén. El levita se refiere a uno de los miembros de la tribu de Leví, es decir, a los descendientes del tercer hijo de Jacob. En el Antiguo Testamento se usaba, por lo general, el término «levita» como designación de los descendientes de Leví, pero que no habían nacido de la rama de Aarón; tenían a su cargo ciertas funciones secundarias relacionadas con el culto y con el servicio ritual en el templo. El adjetivo samaritano originariamente tuvo meras connotaciones geográficas, como referencia a los habitantes de Samaría, la capital del reino del norte. Con el paso del tiempo se convirtió en designación étnico-religiosa, aplicada a los habitantes de la región comprendida entre Galilea y Judea, al este del Jordán. El samaritano —como personaje— actúa como contrapunto de los dos anteriores, miembros de la comunidad judía palestinense, que consideraban a este individuo como un pagano. De hecho, casi con seguridad se acordarían que entre el año 6 y 9 después de Cristo, los samaritanos habían profanado la plaza del templo durante unas fiestas de Pascua esparciendo huesos humanos. Está claro que Jesús elige intencionadamente ejemplos extremos.
(9) Orígenes, antes de ofrecer su exégesis, trascribe la de un presbítero que no nombra, aunque en el fondo, aprueba su comentario: «un hombre herido en el camino de Jerusalén a Jericó, símbolo de Adán expulsado del paraíso por su desobediencia y caído en el mundo, al que el Samaritano-Cristo socorre». La situación de este primer hombre creado está expresando la situación de la humanidad. El Camino de Jerusalén a Jericó era conocido como «Camino de Sangre», en razón de la sangre que allí se derramaba, dando prueba ese nombre popular de los numerosos peligros que entrañaba ir de una ciudad a otra. El camino, de unos 28 kilómetros, atraviesa parajes «desérticos y pedregosos», siendo un continuo descenso, desde unos 800 metros sobre el nivel del mar, bajando hasta alcanzar unos 260 bajo el nivel del mar.
(10) Mt 15, 24.
(11) «No es lo mismo bajar —que evoca cierta culpabilidad— que descender —como el Verbo— enviado del Padre, o simplemente —como el Bautista— enviado de Dios. Este samaritano desciende no por culpa, sino para quitar la culpa… Orígenes habla del hombre que culpablemente quiso descender al mundo; y no de Cristo, «que quiso descender para salvar al mundo».
(12) Jn 10, 8.
(13) Sal 121, 4.
(14) Jn 8, 48.
(15) Prójimo es todo necesitado que encontremos en nuestro camino, todo aquel que pueda ser objeto de nuestra compasión y de nuestros desvelos, por encima de nuestra raza y de nuestras convicciones religiosas. La Ley establecía que quien tocara un cadáver ensangrentado quedaría impuro hasta la noche, y alguien impuro no podía participar de los rituales religiosos. Esta impureza legal formaba parte del Pentateuco samaritano, pero esas normas no fueron obstáculo para que el samaritano antepusiera sus sentimientos de compasión y de entrega a cualquier clase de restricción legal que, en casos como éste, deben ser superados por la misericordia y por el amor. El prójimo es el destinatario de un acto de misericordia. No vale plantear el problema en términos legales: ¿de quién era prójimo el hombre medio muerto, víctima de los salteadores y ladrones? ¿del sacerdote? ¿del levita? ¿del samaritano? El planteamiento es al revés: ¿quién de ellos «se hizo prójimo» del que cayó en manos de los bandidos? El quid de la cuestión es que mientras la mera proximidad no produce amor, el amor produce una «cordialidad» que aproxima cualquier herida y cualquier dolor a nuestra vida.
(16) Is 1, 6.
(17) Sal 104, 15.
(18) Este remedio del samaritano «entraña un simbolismo sacramental. En tiempos de Orígenes, los heterodoxos, eran partidarios de la mezcla «óleo y agua», y la gran Tradición de la Iglesia optó para la unción de los enfermos por «óleo y vino», cf. A. Orbe, Parábolas evangélicas en san Ireneo I, Madrid 1982, 121. Estos dos elementos eran las provisiones que llevaba el samaritano para su viaje. Desde la Antigüedad se conocía el valor terapéutico de la mezcla de esos dos «líquidos». En el Antiguo Testamento, el aceite tiene la propiedad de suavidad el ardor de las heridas. En el Nuevo, el aceite sirve, ante todo, para la unión de los enfermos. En esta parábola el aceite derramado compasivamente para calmar el dolor se convierte en imagen de la misericordia. En tiempos de Jesucristo, ya los Apóstoles «ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban» (Mc 6, 13). En la Iglesia el aceite se emplea en parte en estado natural y en parte mezclado con bálsamo y otras especias, llamadas «crisma». El aceite indica simbólicamente la gracia y al que da la gracia, el Espíritu Santo. El vino, por su parte, es una imagen de la alegría y de vida. Jesús, como primer milagro, transformó el agua en vino (Jn 2, 3-10), una referencia a la bendición inminente del Reino de Dios. Las propiedades ácidas del vino le dan un efecto antiséptico, que aparece en la parábola. Ya en los primeros siglos, el aceite y el vino mezclados tienen efectos saludables y conducen a la salvación, en un sentido sobrenatural.
(19) Mt 8, 17; Is 53, 4.
(20) Mt 11, 28.
(21) El mesonero se refiere en la Tradición de la Iglesia a los Apóstoles y a los sucesores de éstos, obispos y maestros de las Iglesias.
(22) Orígenes presenta la relación mutua entre el Padre y el Hijo, y afirma así la naturaleza divina de Cristo. Considera este misterio como propio e indispensable de la fe de todo cristiano.
(23) El samaritano le da todas sus posesiones materiales: aceite, vino, cabalgadura, dinero. Y las emplea para ayudar a un pobre que se encuentra por el camino. Los dos denarios en la exégesis de Orígenes son el salario otorgado al ángel en premio a sus servicios por el hombre. En la de Ireneo se presentan no como retribución, sino como curación por medio del Espíritu.
(24) 1Cor 4, 16.
(25) 1Pe 4, 11.

Juan Carlos Mateos

Director del Secretariado de la Comisión Episcopal para el Clero y los Seminarios

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