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Una forma injusta de ejercer el poder, por Roberto Esteban Duque

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Un político de cierta altura no puede ser irresponsable en las ideas mismas que maneja, sino que necesita antes disponerse a querer la verdad y aceptar las reglas de juego que la verdad impone. La torpeza del político se manifiesta en la habitual falta de cautela para ajustarse a la verdad, en la falta de escrúpulos para intentar justificar cualquier actuación.

María Dolores de Cospedal debería disponer de mejores asesores para que al querer tener ideas, no cayese en la barbarie de no adecuarse a la verdad. Ante la medida innegociable de cerrar 21 servicios de urgencias nocturnas, todavía sin clausurar de modo definitivo, la presidenta de Castilla-La Mancha dijo que la población afectada es  “muy pequeña” y que dispondrán de este mismo servicio a “una distancia de 15 minutos”. Pero la verdad es que la población sobrepasa las cien mil personas y que decenas de pueblos quedarán a más de cuarenta minutos del centro de urgencias.

Entiendo que el gobierno castellano-manchego no quiera repetir la historia reciente de despilfarro y corruptela política. Era Nietzsche el que afirmaba que el hombre superior es el ser “de la más larga memoria”. Lo importante es la memoria de los errores, que nos permite no cometer los mismos siempre. El pasado tiene razón. Si no se da al pasado la razón, volverá a reclamarla. El que se olvida del pasado, dirá Santayana, está condenado a repetirlo. Los errores socialistas en Castilla-La Mancha fueron legión.

Ahora bien, no se puede vivir radicado en el pasado. Buscar en un pasado de vida disoluta o hacerse cargo de la dificultad del momento presente no son razones suficientes para validar la política indiscriminada de acometer recortes. Y menos donde “la línea roja” marca no practicar el hostigamiento, como es el caso de la sanidad. Sólo atacar el mal donde se origina puede hacer que la hemorragia se detenga.

La opinión pública de un pueblo cuando opina sobre la vida de su propio pueblo tiene siempre razón, es decir, nunca es incoherente con las situaciones que juzga. El pueblo opina sobre hechos que le suceden a sus gentes si quedan desprotegidas, ¿cómo se podría equivocar? Por encima de opiniones partidistas, los hechos sufridos precipitan en el pueblo una verdad vivida, con poco margen de error.

Cuando el Tribunal Superior de Justicia de Castilla- La Mancha ha suspendido de modo cautelar el cierre de urgencias nocturnas con el fin de contemplar la legalidad de la medida, me sobreviene una idea que demanda un carácter irrevocable: la política precisa gente tan honrada como capaz. Cada día se hacen más necesarios los más buenos y mejor cualificados para la vida política. No faltan medios. Faltan cabezas y rectitud. En la vida política, además de sobrar repugnantes y mediocres aprovechados, hacia los que resulta apenas reconocible estimación moral alguna, falta excelencia, lo cual genera un enorme desequilibrio entre la sutileza de los problemas y la vulgaridad de las mentes que rigen la vida pública. La vida es cada vez más complicada y las nuevas generaciones deberán formarse mejor para manejar con virtud los medios disponibles.

En Honrubia, la gente no ha querido encanallarse. Han dicho que están vivos y quieren seguir vivos, que sentían una fuerte indignación ante el mal de quedarse sin urgencias, mientras que las calles se convertían en el único escenario posible del lamento y la queja,  buscando, como náufragos, salvarse, restablecer la verdad y el bien. Aguantarse, decía Ortega, ante una irregularidad o una situación injusta es envilecerse. Es verdad que la vida no es sólo salud, vida biológica, que la vida corporal no es un valor absoluto, pero la vida es el bien fundamental de la persona humana, precisamente porque sobre la vida física se apoyan y desarrollan los demás valores de la persona que hay que proteger y preservar. Debemos ser conscientes del destino común y solidario que de forma conjunta tenemos que construir.

Cuando la clase política actúa desde la arrogancia, la torpeza y el desconocimiento, la gente no puede tener dentro más que política, una política frenética, fuera de sí, que nos hace olvidar lo que debería ocupar nuestras vidas: la amistad, el trabajo honrado, la familia y el amor vividos con un sentido sobrenatural. La desmoralización de un pueblo y su desaforada rebeldía no puede estar provocada por quienes poseen la legítima autoridad de gobernar. Esto sólo podría llevarnos a la tentación de querer liberarnos finalmente de toda autoridad y considerar que en el lugar del poder no hay nadie.

Los castellano-manchegos han evidenciado la razón verdadera del fracaso de un pueblo: la escasez de los mejores; han descubierto la patología de políticos que dificultan la convivencia creyendo que mandar es imponer sin convencer; han practicado la insubordinación ante una forma injusta de ejercer el poder, manifestando que el castigo de los recortes en sanidad no es condigno de los vicios socialistas pretéritos. No basta con mejoras políticas: es absolutamente necesario un imperativo de competencia, virtud y selección en los políticos cuando en cualquier otro cargo se exigen similares requerimientos.

 

 

 

                                                                                 Roberto Esteban Duque

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