Firmas

Una divinidad envuelta en pañales

Una divinidad envuelta en pañales

Entre saludos y felicitaciones agradables recibidas en las fechas navideñas, las hay singulares. Unas lo son por la sencillez del formato, por la creatividad del símbolo, por la gracia que provocan, por la afectividad única que desprenden… pero, entre todas ellas, algunas lo son por el mensaje y la profundidad que portan como mensaje navideño y luz evangelizadora llena de buena noticia.

Entre estas últimas, pasea con singularidad la de mi amigo Pedro. Cada año, cuando recibo su felicitación, lo primero que hago es leer con vehemencia lo que está escrito a mano, en letra muy pequeña y clara alrededor de todo el folio, hecho a toque de corazón dirigiéndose a mí y a mis entrañas, hablando de ese lugar grande que tiene para mí y los míos –de sangre y militancia- en su sentir y corazón consagrado. Este año, hablándome de ese Belén –en mayúsculas gloriosas- donde él tiene ya situada a mi madre en sus oraciones. Después, sus alabanzas a mi  pequeñez y atrevimiento ministerial deseándome un buen año y en la promesa de que en éste sí nos abracemos más allá de lo virtual y epistolario de tiempos y sentimientos fuertes.

La gracia pascual de Pedro

El meollo viene configurado por un A4, escrito ecológicamente a doble página  con sus dos mil palabras aprovechadas, en mesura y esencia, hasta  el “¡¡Que Dios os bendiga!!”. Cuando llega, me acerco a esa entraña de un modo rápido, pero después pasa a un lugar reservado del escritorio desordenado, donde queda visible para un momento de paz, como está siendo el de esta tarde, para una lectura orante que alargue la octava; porque la encarnación ya no tiene fecha -es eterna- y, como todo lo bueno, no caduca, sino que siempre enriquece.

En esa tarea ando esta tarde, y me detengo en la gracia navideña y pascual que Pedro nos regala a muchos en comunidad sin ser colectiva, en profundidad sin ser teorizada, afectiva sin ser afectada, encarnada sin ser ideologizada, comprometida sin ser moralista, extraordinaria siendo humilde y sencilla, excelsa, propia de un maestro, hecha desde el silencio y el anonimato de un hombre creyente y fiel, que se diluye en lo que hace sin portar figura alguna, siendo uno de tantos.

Golpeados y marcados con experiencias de cunetas

Este año, nuestro amigo ora ante el Padre y el niño-Dios, mirando al Belén -evangelizando cariñosamente las costumbres seculares y paganas de elegir personajes del año-, contempla personas entrañables de su vida y del año con ojos divinos: familia de un orden y otro, los que están de siempre y los que llegan, para seguir en el camino del carisma claretiano, adentrarse en la Iglesia con corazón universal y centrarse en el mundo amado por Dios, donde a borbotones se hace presente la divinidad envuelta en pañales y acostada en el pesebre. Divinidad que se cifra, para él, en la fidelidad de un matrimonio -con sus tres hijos- que une monte y vida evangélica, de pobreza, austeridad y entrega para que los que no tienen se sientan tenidos y queridos; en el compromiso arriesgado fuera de la pereza y la comodidad, en las duchas de los que no caben en las parroquias ni en las plazas y se hacen ambulantes como los transeúntes, en el pago de las hipotecas. Se acuerda de los enfermos que viven sanamente sin romper ninguna esperanza de los otros y, por ello, fuerzan hasta la propia para que no se pare la vida en el proceso de sus posibles muertes; de los papas no olvidados –aún en el olvido de sospecha para muchos-, como Juan XXIII y Pablo VI; de la vela encendida en la ventana -para ser obedientes también en lo externo al nuevo arzobispo-, como signo interno de haber pensado “mil veces en estos años que si las semillas de bien que todos llevamos dentro brillaran de noche, las ciudades no necesitarían iluminación”.

Y nos recuerda, de modo apasionado y divino, que nada de engaños con eso de que la crisis está acabando, que son muchos los golpeados y marcados con experiencias de cunetas –y por tiempo estarán, mal que nos pese-, muchos los que están esperando que este año nuevo sea lugar de apertura de una etapa diferente, de que Dios sigue naciendo de lo alto en el corazón del hombre que aprende a vivir de otro modo y que sabe que PODEMOS –con o sin guiño en el término y su actualidad-: “renunciar para compartir, igualar, no permitir que lo que unos reciben multiplique lo que otros necesitan, sonreír más, crear espacios y estructuras de convivencia”.

Seducido por la alegría del Evangelio

El tono, como siempre, es esperanzado y optimista, no por estrategia sino por razones que son propias en su persona y que las recibe de su ser creyente y orante, donde se deja moldear por las promesas del Espíritu que actúa y proclama que lo que dice el Evangelio es verdad porque ya hay señales que lo apuntan y, sencillamente, las ve en los otros más que en sí mismo: anunciando que está en terreno de celebración de plata de su ministerio querido y amado en el año presente. Desde ahí, se agarra al cielo que unos tendremos por misericordia y que otros se merecen por justicia de esta vida injusta que les impidió el gozo de una vida digna. Y, al final, un toque más que de humor para nosotros, los cincuentones -en los que, tímidamente, acaba de entrar él en el 2014-, y para los jóvenes, atizando la candela para que el fuego del Reino que va a ser regalado nos vaya quemando cada día más, en todo este 2015, y lo vayamos esperando a la vez que acelerando, como nos avisaba ya el Pedro –el apóstol primero- de la primera carta que también escribía con espíritu, como este claretiano.

La carta acaba con una bendición divina y llena de afecto, todavía no papal, pero a tono con la alegría del Evangelio que Francisco pretende. Yo me recojo y la acojo, sabiendo que va a dar mucho fruto en mí, porque de la mano de este santo –mi amigo- nos llegarán mil gracias derramando las felicitaciones del niño-Divino.

Gracias, Pedro, por la felicitación tan entrañable de cada año, que podemos poner en la mesa como el buen turrón de Castuera -Badajoz-, para ir pillando de ella, trozo a trozo, con el dulzor y la ternura de tu cuidado y atención de amigo divino. ¡Gracias, sean dadas al Padre, por ti!

José Moreno Losada. Sacerdote de Badajoz

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