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Una ciudad en las cartas de san Ignacio, por Javier Burrieza

Íñigo de Loyola, en sus años como cortesano en promoción o estudiante sospechoso, pasó en repetidas ocasiones por Valladolid. Y lo hizo porque era éste un punto esencial en la toma de decisiones de lo que ocurría entonces por Castilla. Con los años, cuando aquel joven cortesano ya era sacerdote y cabeza visible de la Compañía de Jesús, tenía claro que la Corte del Pisuerga era una pieza imprescindible en la expansión que comenzaban sus jesuitas por el núcleo de la hegemónica Monarquía del emperador Carlos y de su heredero, Felipe II. Por eso, desde Portugal y de manera temprana, llegaron dos sacerdotes llamados Antonio de Araoz y Pedro Fabro. Ambos, en las cartas que desde marzo de 1545 dirigieron a Ignacio de Loyola residente en Roma, describieron con detalle aquella ciudad dinámica que parecía un mundo en abreviado. La pluralidad de gentes, privilegiadas o no, prósperas económicamente o marginadas, todas ellas eran atractivas para los jesuitas, que entendían bien lo que era “lanzarse a la calle” y no estar parado en el coro de un monasterio. Los retos se hallaban en los nobles y en los hombres de negocios que podían fundar los colegios de la Compañía, pero también en las prostitutas que había que reinsertar en la sociedad.

Les costó establecerse, porque en materia religiosa la ciudad disponía de multitud de ofertas pero Valladolid significa estar junto a los que decidían. El joven príncipe Felipe, de apenas dieciocho años, era un adolescente que vivía el embarazo de su esposa, su prima María de Portugal. Aquellos jesuitas venían muy recomendados por el monarca luso y pudieron presentarle su “modo de proceder”, contactar con los influyentes —incluso de la Inquisición— y asistir al parto de la princesa, que concluyó dramáticamente en su muerte. Ese pedazo de historia cotidiana era respondido por Ignacio directamente o por su fiel secretario, Juan de Polanco. No faltaron opositores, los que veían con extrañeza los comportamientos de estos sacerdotes un tanto “cascabeleros”. Uno de ellos, el dominico Melchor Cano, dedicó su inteligencia a insultarlos y se convirtió en uno de los creadores del antijesuitismo. Aquellas cartas prolongadas hoy son documentos históricos, escritos desde o dirigidos a Valladolid, recordados en esta fiesta de San Ignacio de Loyola.

Por Javier Burrieza Sánchez

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