Rincón Litúrgico

Un traje de fiesta

«Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?» (Mt 22, 12)

Padre nuestro que estás en los cielos, es hermoso saber que tú nos has invitado a una fiesta de bodas. Una invitación a celebrar los misterios del amor y de la vida.

Nos avergüenza comprobar que muchas veces hemos tratado de ignorar tu invitación. Las excusas para no acudir a la fiesta indican que consideramos que nuestros planes, nuestros intereses y compromisos son más importantes que tu llamada.

Nuestro orgullo nos ha hecho pensar que al aceptar tu invitación te estábamos haciendo un favor a ti. Pero la realidad es muy diferente. Ninguno de nosotros ha hecho nada importante para merecer ser llamado a gozar de tu fiesta.

En el fondo pensamos que la fe es un peso insoportable. La vemos como una obligación que nos ha sido impuesta. Como una cadena que nos priva de nuestra libertad. No acabamos de convencernos de que tú nos ofreces la oportunidad de gozar de una fiesta.

Pero otras veces pensamos que el hecho de haber recibido la invitación al banquete nos concede el privilegio de actuar a nuestro antojo. No queremos reconocer que la fe es un don gratuito que comporta una responsabilidad. Hemos olvidado que creer es crear.

Creer es comprometerse y tratar de vivir de acuerdo con tu llamada, con tu misericordia. No podemos profanar tu dignidad con nuestra vergonzosa indignidad. No podemos participar en tu banquete sin el vestido de fiesta, sin la actitud adecuada.

Así somos. No aceptamos tu invitación a la fiesta porque tememos perder nuestra libertad. Y cuando decidimos escuchar tu llamada, abusamos de nuestra libertad para despreciar tu grandeza.

Padre nuestro, perdona tú nuestra insolencia y ten piedad de nosotros. Queremos decir con verdad que se haga tu voluntad. No te canses de invitarnos a la fiesta de tu reino. Y concédenos el don del discernimiento para responder con alegría a tu llamada. Amén.

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