Opinión Última hora

Un permanente estado de alarma

Ha terminado el estado de alarma iniciado el pasado 14 de marzo, justo un mes después de comenzar nuestro Congreso de Laicos. Hemos vivido enclaustrados más de 100 días de excepcionalidad que nos han hecho comprender nuestra vulnerabilidad y, precisamente por ello, percibir que nos necesitamos unos a otros como sociedad. Sería un error, sin embargo, considerar que con un cambio jurídico —ciertamente relevante, por todo lo que ello implica— hemos superado todo peligro y podemos volver a la normalidad como si nada hubiera pasado. El virus sigue haciendo estragos en otros países del mundo, las consecuencias para nuestro país están siendo duras, desde el punto de vista sanitario no ha sido declarado el fin de la pandemia, hemos perdido a miles de personas, que nunca más volverán a estar entre nosotros… y, más allá de ello, la paralización radical de nuestro ritmo de vida nos ha hecho vislumbrar un camino —el de salir de nosotros mismos para pensar en los demás través de la entrega, la solidaridad, la fraternidad, la gratitud, el cuidado del planeta, el consumo responsable, por indicar simplemente algunos aspectos— que no podemos abandonar precisamente en este momento.
La palabra alarma tiene, en lo que ahora interesa, cuatro acepciones: aviso que se da para prepararse para el combate; señal de cualquier tipo que advierte de la proximidad de un peligro; mecanismo que, por diversos procedimientos, tiene por función avisar de algo; e inquietud, susto o sobresalto causado por algún riesgo o mal que repentinamente amenace. En cierta medida, de un modo u otro, todos nosotros hemos experimentado en nuestra concreta realidad de estos días el significado de estas definiciones: hemos combatido el virus (y, no lo olvidemos, debemos seguir haciéndolo), hemos percibido el peligro para nuestra salud y para nuestra vida, hemos visto las señales externas del riesgo que para el planeta supone nuestro estilo de vida, hemos percibido el miedo y la incertidumbre ante la posibilidad de contagio y los efectos y consecuencias de la crisis generada.
A la luz de la fe, debemos interpretar esas señales y avisos como un claro signo de que no podemos seguir como antes. Cada uno de nosotros, en función de sus concretas circunstancias, tenemos la obligación de valorar qué ha de cambiar en nuestra vida, interior y exteriormente: qué puede mejorar a nivel personal, en nuestra familia, nuestra comunidad, nuestro ambiente laboral y social; cómo podemos ayudar a quienes están más cerca y necesitan de nosotros; cómo hemos de contribuir a luchar contra aquello que es contario a la dignidad y libertad del ser humano.
En cierto sentido, puede afirmarse que el estado de alarma no termina para aquellos que, desde nuestra fe en Dios y nuestro ser Iglesia, queremos seguir cumpliendo la misión que tenemos encomendada: anunciar a Jesucristo sigue siendo imprescindible, estar junto a cuantos sufren y necesitan de nosotros no es una opción, continuar identificándonos con el Señor es un mandato de vida cristiana y premisa para la plenitud de la vida terrena, mejorar la realidad a través de nuestra presencia en las estructuras resulta más necesario que antes precisamente porque la realidad política, social y económica ha empeorado considerablemente.
En definitiva, permítase la afirmación, ser Iglesia en Salida es estar en un permanente estado de alarma para responder, en comunión y desde el discernimiento, a los retos y desafíos y a las necesidades personales y sociales que nos plantea cada momento. Y este que estamos experimentando es de los que marcarán el futuro inmediato. Sigamos alerta.

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