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Un obispo que habla de un obispo Santo: Manuel González García

Un obispo que habla de un obispo Santo: Manuel González García
El verano es siempre un tiempo propicio para descansar. Y descansar es mudar de actividad. En verano se tiene pues una oportunidad para aprovechar el tiempo y buscar en la lectura un refrigerio espiritual. En estos días, he tenido la oportunidad de adentrarme en las páginas de una obra escrita por un buen Obispo, un hombre siempre cercano a sus fieles y que en Astorga, en Barcelona, en Toledo, en Palencia y en Alicante ha sabido llevar a los demás,  el buen olor de Cristo: Don Rafael Palmero Ramos.

Dos Prelados han sido el referente de su vida. Uno, el gran Cardenal Arzobispo que dejó una enorme huella en la Archidiócesis Primada, entre otras cosas por haber suscitado en muchos jóvenes la vocación sacerdotal y en haberlos formado de tal manera, que en muchos lugares de España se encuentran sacerdotes que tienen esa marca, la marca de Don Marcelo. Y Mons. Rafael Palmero Ramos quien fue su secretario, su vicario general y su obispo auxiliar, siembre vio en el Cardenal González Martín un ejemplo a seguir.
Pero también otro obispo atrajo la atención de Mons. Palmero. Fue su predecesor en la sede de la “ Bella  desconocida”, esa espléndida joya que es la catedral que Palencia, tiene como uno de sus mejores monumentos. Evidentemente me refiero a San Manuel González, obispo que fue de Málaga y dé Palencia.
Bajo el título “San Manuel González, Corazón de sacerdote y pastor”, Don Rafael Palmero en su libro va mostrando al lector el ejemplo de un obispo que fue adalid de la devoción mariana, maestro de sacerdotes y formador de catequistas,
Con mucha razón Mons. Palmero recuerda que “En cada Obispo santo, el Buen Pastor le ha ido dando a su Iglesia algunos de los rasgos más necesarios en ese momento: la valentía de San Juan Crisóstomo, la prudencia de san Ambrosio, la ciencia de san Agustín…Pero al hablar de san Manuel González tenemos una experiencia parecida a la que produce acercarse a la figura del Santo cura de Ars. Uno siente que se encuentra ante lo esencial de cada uno de los ministerios. No hay un subrayado especial que desatanque sobre el resto. Cierto todo brota de la fuente de la oración eucarística. Pero, todo, en su ministerio, tiene un equilibrio. El equilibrio de quien vuelve a la esencia, a lo esencial”.
Y ¿qué era lo esencial para Don Manuel González?. El propio Mons. Palmero nos da la respuesta. “La entrega de San Manuel González nacía de sus entrega a Jesús”.  Hay en estas frases un nota de autenticidad que nos muestra lo que realmente atrae. El mundo actual no quiere, no necesita, actores ni maestros. Ya lo decía el Beato Paulo VI cuando hablaba de la necesidad de testigos por encima de los maestros. Autenticidad en el modo de ser, en el modo de actuar, en el modo de pastorear. San Manuel González “con el rosario y el aire libre del campo -había escrito el buen Obispo citando al Santo Cura de Ars-, resuelvo todos mis problemas y curo todas mis enfermedades”. Una vez más la nota de autenticidad de hace presente.
Leer las páginas de Mons. Palmero es adentrarse en el corazón pastoral de Don Manuel González. Un corazón que fue también un corazón sacerdotal: “el sacerdote no tiene horas dé sacerdocio como el empleado las tiene de oficina”. Que verdad tan necesaria de ser recordada en nuestros días. Lo ha hecho el Papa Francisco cuando al ordenar 10 sacerdotes en la Basílica de San Pedro indicó: “no sean “funcionarios” sino pastores que “no se cansan de ser misericordiosos”.
Y San Manuel González nunca fue un funcionario. Fue lo dice Mons. Palmero un maestro de sacerdotes, que querían fuesen dignos, siempre y en todo. Y sabía que el lugar en donde se encuentra la fuente de todo esto es el sagrario. Y de ahí su celo y sus preocupaciones por los sagrarios abandonados para “apagar la queja que arranca aquel dolor, llevando y procurando con consuelos con toda urgencia  al Pobre Abandonado del Sagrario”. La Fe de San Manuel González era una fe viva, auténtica y eso lo subraya Don Rafael Palmero al indicar el modo que el Santo utilizaba para atraer: “orando mucho y asiduamente ; llamando a la catequesis a cara descubierta, dando buen género a los que vengan, pocos o muchos, conseguir la penetración en los niños alejados por medio de los mismos niños, amigos o parientes y luego confiar en la gracia del Corazón de Jesús”. Es decir, hay que hacer y hacer mucho, pero teniendo siempre presente que es la gracia de Dios la que todo lo consigue.
Y Don Manuel, San Manuel, ya en sus tiempos veía un problema que desde entonces no ha hecho sino crecer: “desgraciadamente no pocos de nuestros jóvenes y doncellas más parecen hijos y discípulos de familias y escuelas paganas que cristianas”. Y frente a eso San Manuel indicaba que el apostolado es obra de misión y de amor” y por eso quería jóvenes “vivos con vida natural exuberante, equilibrada, alegre y graciosa y con vida sobrenatural conservada por la inocencia y resucitada por la penitencia. Os quiero vivos y sanos de cara (guerra a las malas caras)”.
Así los quería el Santo: Sanos de cabeza, sanos de corazón, con un lema : piedad, estudio y acción. También algo que vale para nuestros días del siglo XXI. Fue un gran sacerdote, un gran obispo y un gran Santo.
Un modelo de Obispo Santo que Mons. Palmero nos vuelve a enseñar desde su admiración y su amor por su predecesor, quien llama el obispo de los niños. En estos tiempos en que el escándalo y el horror de tantos casos mancha la fama de clérigos, San Manuel González se levanta como un faro de luz. El obispo de rodillas rodeado de niños que rezan con él ante el Sagrario. Unos con más paz, otros inquietos, algunos sin enterarse apenas. Es la síntesis perfecta entre aquellos dos momentos de su camino hacia el amor a la Eucaristía entre el Corpus de Sevilla y el Sagrario de Palomares del Río.
Creo que leer las páginas del libro de Mons. Palmero Ramos hace bien al sacerdote y al laico, al obispo y al religioso. Y como dice Don Rafael vamos en contra de uno de los deseos del Santo: que no se hablara de él. Pero hablando de Don Manuel, el Obispo Palmero cumple con su obligación. Mostrar que la vida de los santos no termina con la muerte. Siguen actuando a través de sus libros, de sus historias, de sus obras  y de su ejemplo.
San  Manuel es un ejemplo que no debe ser olvidado. Un Obispo Santo que nos enseña un camino de fidelidad a Cristo.
Muy bien ha hecho Mons. Rafael Palmero al escribir “San Manuel González, Corazón de sacerdot
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