Zona Cero

Un mundo sin Dios

Ayer fui, como muchas tardes sobre las 20:30h, a hacer deporte. Caminar rápido alternando a veces con correr. Vitoria –ciudad ideal para vivir y convivir– está rodeada de campo y pequeñísimos pueblos. Bajando del monte Olárizu, coronado por una imponente cruz levantada en 1951 por la Santa Misión de Vitoria y sufragada por decenas de familias alavesas, me percaté de una realidad muy nuestra. Oteando el horizonte, Vitoria y muchos pueblecitos. ¿Qué llamó mi atención? Tanto en la ciudad como en el campo destacan las torres de las iglesias y de las dos catedrales del centro de la urbe. Me detuve a observar por unos minutos en lo que veía y hoy lo intento plasmar aquí.

¿Qué me dijo aquella imagen? Lo primero, la belleza. Lo que estaba viendo, esas torres levantadas hace siglos y que ahí siguen en pie, junto a las espigas verdes del trigo primaveral y la leve brisa que las mueve, era un paisaje poético al que se sumaban el sonido de las aves y el cielo azul tiñéndose a oscuro con pocas nubes rosadas. Lo segundo fue darme cuenta de mi insignificancia. ¿Quién soy yo ante tanta Creación? Una minúscula mota de polvo apenas visible. Agradezco este regalo que Dios nos hizo –y que el Papa nos implora a dejar de maltratar–. Atardeciendo, la luz naranja del sol de golpea las piedras centenarias de los templos más robustos de los pequeños pueblos. Sus torres altas imitan las veces de los faros que avisan a los marineros de haber llegado a tierra firme y segura. Vuelvo la mirada a Vitoria y allí se dejan ver las famosas torres de las cuatro iglesias que coronan la parte vieja de la ciudad: Santa Pedro, Santa María, San Miguel y San Vicente. En ellas se fundó lo que hoy es mi patria chica. Amplías la visión y aparece la imponente Catedral de María Inmaculada y la elegante torre del Monasterio de las queridas Hermanas Salesas. Mires por donde mires, ves torres de iglesias, ermitas en lo alto de los montes y cruces coronando cimas.

Hoy vuelven a mi esas imágenes y me reafirman en la importancia que ha tenido y tiene la fe en Jesús para nuestra cultura y sociedad, desde hace casi dos milenios. Bien sabemos, como decía el gran Papa San Juan Pablo II, que España es tierra de María. No hay comarca o provincia que no tenga a la Virgen como patrona. Cierto también es que en el Pilar de Zaragoza estuvo la Madre del Cielo y también cierto es que uno de los doce Apóstoles del Señor descansa eternamente en Santiago de Compostela, dejando tras de sí un camino que millones de personas quieren pisar año tras año. Son muchos los datos y los hechos que nos hacen ser un país con ADN cristiano.

Es inevitable juntar esta reflexión con la situación que vivimos. No solo me refiero a la pandemia; hablo de la progresiva intentona de desligar la fe del diálogo social y de la vida diaria de los ciudadanos, ejemplo de ello, los sucesivos ataques a la Semana Santa o a la Navidad como festividades de profundo y evidente arraigo cristiano. Estamos, de un tiempo a esta parte, asistiendo –en algunos casos de manera pasiva incluso como colaboradores desde dentro de la Iglesia– a un proceso de expulsión de la religiosidad en la sociedad. Pese a saber de nuestras raíces asentadas en la civilización cristiana, hay quien cree que esto es un mal a erradicar. En estos dos meses de prueba para todo el mundo, las reacciones en muchos países han sido muy distintas. Por ejemplo, en Polonia, Italia, Portugal e incluso en la –cada vez menos– laica Francia, sin hablar de América, Asia o África. Son muchos los líderes políticos y sociales que han puesto en valor el papel de la Iglesia y la fe en estos duros momentos. En nuestro país, llamó la atención –y no debía haber sido así– que una ministra, la de Defensa, apelase a los ciudadanos a orar por los fallecidos y hablase de la otra vida que nunca acaba. Una cosa que debería ser normal pero que ante los ataques, todo mi apoyo y aplauso. No le faltaron, como digo, críticas desde no pocos sectores de la vida social y política. ¿Cómo es posible que nuestros mayores quieran ser despedidos en una iglesia con el rito católico y bajo la cruz y sus nietos detesten todo esto? Obviamente tendremos que mirar adentro para corregir errores y pedir perdón por lo malo. Es una oportunidad para enmendar el rumbo y no descuidar lo fundamental del Evangelio. Pero también habría que mostrar el enorme aporte que la religiosidad ha ofrecido y ofrece a la sociedad y en la vida diaria de todos, creyentes y no creyentes. Hacer ver que la fe es un bien en nuestra tierra tanto como lo son los montes que nos rodean o el cielo que nos cubre. Es un reto que no solo debe cubrirse con lo social, loable y necesario, sino también con la oración y el ejemplo.

Ayer, en el 100º aniversario del nacimiento del Papa polaco, me vino esta frase suya a la mente: «El hombre puede construir un mundo sin Dios, pero ese mundo se volverá contra el propio hombre». Esta pandemia tiene quizás algo de esto. Igual que esta intentona por parte de algunos de separar a Dios de su Creación. ¿Es un castigo la situación que vivimos? No me veo capacitado para responder esa pregunta y no creo desmerecer el debate en estas flojas líneas. Pero desde luego sí veo claramente que cuando sustituimos a Dios por mi propio elixir divino que hace falsamente de mí un ser superior, es cuando me percato de que sin Él, la orfandad nos pesa y sin Él, el mundo, igualmente frágil, se vuelve inhumano y nos hace olvidar el sentido de nuestras vidas. El Papa Francisco, en esa Plaza de San Pedro vacía nos lo dejó claro: «La tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, proyectos, rutinas y prioridades».

Quien apela a la superioridad de lo visible ante lo invisible, advertirle serenamente de su error.  No hay debate entre ciencia y religión porque son dos facetas de la misma humanidad del hombre y de la mujer. Es como intentar que elijamos entre la mano derecha o la izquierda. Las dos nos sirven y las dos son parte del ser humano. Sin una de ellas, quedamos amputados y por lo tanto, más vulnerables ante los retos del futuro.

Volvamos a la zona cero. A las palabras de Jesús y a sus hechos en vida y tras haber vencido a la muerte. A las muestras reales y palpables de su existencia y de su presencia en nosotros. Y no solo porque lo veamos en nuestros mayores, en sus mayores y estos asimismo en los suyos, ni tampoco porque lo oteemos en centenarias torres y templos que vemos a diario, ni siquiera porque esté en el ADN de nuestra sociedad y cultura. Veámoslo porque hemos logrado tener esa experiencia de Dios que los cristianos tenemos y la cual mantiene viva la llama de la fe. No construyamos este mundo si Él.

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