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Un insigne prelado del siglo XVI

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Un insigne prelado del siglo XVI

 Miguel de Santiago sintetiza la biografía de Francisco Blanco de Salcedo, un preclaro padre conciliar en Trento, que fue obispo de Orense, de Málaga y de Santiago de Compostela

Miguel DE SANTIAGO RODRÍGUEZ, Francisco Blanco de Salcedo. Un preclaro padre conciliar en Trento, nacido en Capillas hace cinco siglos (Capillas, 1512—Santiago, 1581). Un obispo del siglo xvi, ejemplo de saberes y virtudes, Ed. Diputación, Palencia 2013, 134 pp.

El autor de este libro, Miguel de Santiago, nacido en Fuentes de Nava (Palencia), redactor jefe de Ecclesia y director adjunto de Últimas preguntas de TVE, es académico numerario de la Institución Tello Téllez de Meneses. Entre sus obras podemos encontrar varios poemarios, biografías –Un río desbordado. Vida y obra de Don Doroteo Hernández Vera, fundador del Instituto Secular Cruzada Evangélica (BAC 1997) y Sufrir y amar, amar y sufrir. Beata María Pilar Izquierdo (Desclée 2002)–, antologías, columnas en prensa agrupadas en Corresponsal de un tiempo sombrío: reflexiones para un análisis de la Iglesia y la sociedad (Voz de Papel 2007, etc. Por lo tanto, su amplia experiencia en la historia de la Iglesia, especialmente en el género biográfico, lo convierte en un buen autor para la presente obra.

El personaje objeto de estudio, Francisco Blanco de Salcedo, es uno de los obispos más influyentes en la España del siglo XVI, padre conciliar en Trento, que se dedicó con todas sus fuerzas a la reforma de la Iglesia en España en las distintas diócesis que rigió, con su ejemplo, con la fundación de obras de misericordia, y con la formación del clero y la del pueblo en general, para lo que se sirvió de la Compañía de Jesús, cuyo conocimiento profundizó en Trento. Por todo esto era llamado el «blanco de los obispos». El libro presenta en su portada un retrato del mismo que se pintó para el hospital de San Roque, en Santiago de Compostela, «para pobres enfermos de males extraños», uno de cuyos pacientes figura arrodillado a sus pies entregándole un documento.

La obra tiene una estructura geográfica: a continuación del preámbulo en el que estudia la vida del biografiado antes de su ordenación episcopal, recorre en cada capítulo un escenario geográfico (Orense, Trento, Orense de nuevo, Málaga, Santiago de Compostela) y vuelta a la tierra que lo vio nacer, Capillas.

En el primer capítulo se repasa su origen en una familia de cristianos viejos, oriunda de Salcedo (marquesado de Santillana) y establecida en la población palentina de Capillas, sus estudios eclesiásticos en Valladolid, donde fue ordenado sacerdote y ejerció la docencia de la Teología. Magistral por oposición en Palencia, se hizo acreedor de una fama que motivó su presentación como obispo de Orense. Esta, su primera sede, es el contenido del segundo capítulo. Favoreció a esta diócesis con obras benéfico-sociales, y desde aquí partió al concilio de Trento en 1561. El tercer capítulo presenta la actividad del concilio ecuménico, cuyos grandes objetivos fueron establecer la recta doctrina y renovar las instituciones eclesiásticas. Nuestro prelado tuvo intervenciones relevantes sobre la comunión, la misa, la residencia de los obispos y el matrimonio, que, junto con su comportamiento, le granjearon fama de santo y sabio.

Vuelto a Orense, intensifica la relación con la Compañía de Jesús, a través del colegio de Monterrey, ya existente, y de la fundación de un nuevo colegio en la misma ciudad de Orense. Trasladado a la diócesis malacitana, comenzó a implantar las reformas tridentinas, para lo que entendió que ayudaría la fundación de un colegio jesuita que él patrocinó. Así, les donó a los jesuitas la ermita y hospital de San Sebastián, en la misma plaza de la ciudad, junto al Ayuntamiento, donde iniciaron el colegio de San Sebastián. También continuó con su línea benéfico-social con la creación de un hospital para convalecientes. Su carrera de servicio a la Iglesia se vio coronada con el arzobispado de Santiago. Allí descolló también por su prudencia de gobierno y desvelos pastorales; continuó aplicando los decretos tridentinos; y también se sirvió de los jesuitas para otro colegio, en cuya iglesia quiso ser enterrado. Igualmente, fundó un hospital para enfermos incurables y contagiosos. Un último capítulo recorre los recuerdos de este prelado en su tierra natal.

Cierran la publicación la relación de obras bibliográficas que tratan directa o indirectamente la figura de este singular pastor y sus circunstancias. El conjunto se completa con 18 páginas con ilustraciones a todo color, donde podemos ver edificios relacionados con el obispo, retratos, objetos personales y obras promovidas por él.

Miguel de Santiago sintetiza muy bien en esta monografía los rasgos principales del insigne prelado Francisco Blanco de Salcedo, para lo que ha recurrido básicamente a la bibliografía en la que distintos autores han tratado de este obispo, de sus obras o del contexto de su actividad. El libro resulta, por tanto, una obra útil al reunir datos dispersos en otras publicaciones.

Wenceslao Soto Artuñedo

(Publicado “Ecclesia”, nº 3.703, de 30 de noviembre de 2013, pág. 16)

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