Editoriales Ecclesia

Un histórico acuerdo al servicio de la evangelización en China – editorial Ecclesia

Un histórico acuerdo al servicio de la evangelización en China – editorial Ecclesia

Del total de la población mundial –unas siete mil millones de personas-, mil millones cuatrocientas mil viven en China. Es un porcentaje altísimo y todavía más interpelador para la misión evangelizada de la Iglesia, habida cuenta del tan exiguo como dividido, secularmente, número de católicos chinos (entre diez y quince millones, tan solo). La reconciliación, la normalización en eclesialidad de la vida de la fe católica en China, dotada de pastores buenos y en comunión plena con la Sede Apostólica, y dar un nuevo impulso a la evangelización son, de este modo, los grandes objetivos, por parte de la Santa Sede, del convenio firmado en Pekín el sábado 22 de septiembre (ver página 31).

Estamos, pues, como ha subrayado la Santa Sede, ante un acuerdo eclesial y misionero, en modo alguno político y menos aún económico. Y es que toda la Iglesia y ahora en particular “la comunidad católica en China está llamada a vivir en una colaboración más fraterna, para llevar con renovado empeño el anuncio del Evangelio. La Iglesia existe para testimoniar a Jesucristo y al amor que perdona y salva del Padre”, como han escrito al respecto fuentes vaticanas oficiales.

El alcance del acuerdo –bueno será también recordar su carácter provisional- es, en cualquier caso tal, que, como ha señalado el cardenal Parolin, secretario de Estado, “por primera vez, hoy, todos los obispos en China están en comunión con el Papa”. Y, al mismo tiempo, son reconocidos por las legítimas autoridades del gigante asiático, lo cual abre nuevos caminos hacia la intercolaboración institucional, siempre necesaria y así pedida por el Concilio Vaticano, y al desarrollo de la libertad religiosa.

El convenio del 22 de septiembre permitirá nuevas posibilidades al ejercicio de “gestos concretos –son palabras, de nuevo, del cardenal Parolin- de reconciliación entre hermanos, superando las incomprensiones del pasado y las tensiones, sobre todo las tensiones y las incomprensiones más recientes”.  Y ello –prosiguió el purpurado–, desde un renovado compromiso evangelizador, para, a su vez, “contribuir a la construcción de una sociedad justa y armoniosa, manifestar el genuino amor a la patria y también ayudar para que se pueda construir un porvenir de paz y de concordia entre todos los pueblos”.

Además, como ha señalado asimismo el portavoz de la Santa Sede, Greg Burke, este convenio provisional “no es el final del proceso” de diálogo entre el Vaticano y las autoridades chinas para normalizar las relaciones diplomáticas entre ambos Estados y entre la Iglesia y el Gobierno chino, sino que “es el comienzo”. Un comienzo alentador, pero que también requerirá, a buen seguro, de inmensa paciencia, vigilancia prudencia y perseverancia, desde claves evangélicas, para que produzca, y de modo consolidado, los frutos deseados.

El acuerdo no merma la autonomía de la Iglesia, ni la exclusiva facultad del Papa a proceder a realizar los nombramientos episcopales –la comunión eclesial solo se logra y se garantiza “cum Petro y sub Petro”– y a ser también en China el pastor supremo de la Iglesia. El acuerdo no va tampoco contra nadie, ni busca dejar víctimas ni caídos en el camino.

El acuerdo ahora recién suscrito no es, en modo alguno, el fruto de la improvisación o de la precipitación. Y, en absoluto, obedece a ninguna política de marketing mediático, oportunismo o cábalas de interés económico. Sería absurdo, mendaz y estéril. Lleva años, décadas, gestándose. Al menos, desde el pontificado de Pablo VI. Y su espíritu es el mismo que impulsó a Benedicto XVI a escribir, el 27 de mayo de 2007, una emblemática y programática carta a la entera y única Iglesia católica en China, sin hacer distinciones entre las llamadas Iglesias “patriótica” y “clandestina”.

La historia demuestra que China ha supuesto para la evangelización un casi impenetrable telón. Un telón, se dice, de bambú…. Aun cuando, el Evangelio llegó a este inmenso país ya en los siglos VII y VIII, aun cuando san Francisco Javier, en el corazón del siglo XVI, estuvo a punto de entrar en China y aun cuando el también jesuita Matteo Ricci, poco después, pudo ya predicarlo, China ha sido y sigue siendo un país casi herméticamente impermeable a la misión evangelizadora. Y ello debido, de modo exclusivo, al férreo nacionalismo y totalitarismo político, de distintos signos, con que el país ha sido y es gobernado. Y todo esto, gracias al acuerdo, puede empezar a ser ya solo historia.

 

 

 

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