Cartas de los obispos Coronavirus

Un forastero que no sabe, por César Franco

En este tercer domingo de Pascua leemos el siempre sorprendente evangelio de los discípulos de Emaús, que, perdida la esperanza en Jesús, abandonan la Iglesia madre de Jerusalén para retomar su vida ordinaria. Precisamente, en ese retorno a lo ordinario, Jesús se presenta, caminando a su lado e interesándose por la conversación que traen por el camino.

No lo reconocen y lo tachan de forastero que no sabe lo sucedido. ¡Tremenda ironía de Lucas! Jesús, ¡un forastero! Llama la atención que, al describir los sucesos, los discípulos son capaces de narrarlos como si se tratara de un resumen de la fe: Presentan a Jesús de Nazaret como profeta poderoso, hablan de su condena a muerte y crucifixión, reconocen que las mujeres no encontraron su cuerpo en el sepulcro y que los ángeles les habían dicho que estaba vivo, respaldan la confesión de las mujeres por el testimonio de «algunos de los nuestros» que fueron al sepulcro pero a él no le vieron. Es una perfecta descripción de los acontecimientos a la que le falta lo más importante: la fe.

Los discípulos de Emaús no creen. Comienza entonces Jesús, el forastero que no sabe, a explicarles las Escrituras y desvelarles su significado último realizado en él mismo. Él es quien da sentido a la fe. Él es el fundamento del Credo. Por eso, desgrana los textos que «se referían a él en toda la Escritura». Para ser forastero, sabía bastante.

El clímax del relato llega cuando Jesús, haciendo ademán de seguir adelante, una vez llegados a Emaús, es invitado a quedarse con ellos y cenar, dado que había llegado la noche. Jesús accede, se sienta a la mesa y, tomando el pan, repite el gesto inolvidable de la última cena: «pronunció la bendición, lo partió y se lo dio». Los misterios de Cristo no pertenecen al pasado. Son siempre actuales. De ahí que el mismo Cristo pueda actualizarlos por su condición de Resucitado. El sigue vivo.

El evangelista dice que se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Jesús es siempre reconocible cuando los ojos se iluminan con su actuación. El problema que tenemos los hombres es sólo este: mirar y reconocer. A nosotros también nos cuesta descubrir que Dios camina a nuestro lado. Hay textos literarios, poemas, ensayos que hablan de esta presencia cotidiana del Señor, que camina a nuestro lado. Como camina junto a nosotros en el confinamiento, en nuestros temores, en el miedo al contagio, en la soledad que dejan los muertos y en la esperanza de volver a la vida ordinaria. Camina discretamente. A veces hacemos de Dios un forastero que no se interesa por los problemas del lugar, por la turbación del hombre que pierde su esperanza. Le contamos nuestras historias que él escucha pacientemente. Quizás nos falte, como hicieron los de Emaús, invitarle a pasar a nuestra casa y compartir con él nuestra cena, de modo que él nos invite a la suya. En un magnífico cuadro de Rembrandt sobre Emaús, una mujer prepara al fondo de la escena la cena para los peregrinos. Pero, mientras tanto, Jesús, en un primer plano lleno de majestad, está partiendo el pan para sus discípulos. Es la paradoja eterna: las vidas se cruzan y se iluminan cuando invitamos a Jesús a vivir con nosotros, entre nosotros. Entonces él, tomando nuestro relato de la vida, lo hace suyo, no lo desprecia ni lo infravalora, pero nos los devuelve mezclado con su propio relato, explicando desde la entraña de la fe, todo lo que sucede, por qué y para qué sucede. Es decir, nos lee la verdadera historia de los acontecimientos de manera que, al escucharlo, los ojos se abren y lo reconocemos junto a nosotros, sentado a la mesa y partiendo para nosotros el pan. Deja de ser forastero para ser compañero de camino.

+ César Franco
Obispo de Segovia

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