Jesús María Calvo, párroco de Miranda de Ebro
Jesus María Calvo, párroco de Miranda de Ebro
Coronavirus Iglesia en España

Un cura colgado al teléfono en tiempos de pandemia

Miranda de Ebro fue el primer lugar donde el coronavirus hizo acto de presencia en la provincia de Burgos. Para Jesús María Calvo (1952), párroco de El Buen Pastor y Nuestra Señora de los Ángeles, aquello fue un toque de atención y el confinamiento impuesto a toda la población le movió a idear modos de estar al lado de sus feligreses. «Me preocupaba la situación, sentía la necesidad de estar cerca de la gente, me lo pedía mi vocación sacerdotal: tenemos que estar cerca de ellos, condolernos y sufrir con nuestras ovejas», detalla. Dado que considera que no es muy dado al uso de las nuevas tecnologías descubrió en el teléfono un cauce adecuado para escuchar y atender a sus parroquianos. Desde hace semanas, dedica más de cinco horas diarias a llamarlos, escuchar sus preocupaciones y «darles motivos de esperanza». «Es el modo en el que estoy intentando ser fiel a la vocación de darme y hacer comunidad», explica.

Al comienzo, Calvo tiró de agenda de la parroquia y llamó a los enfermos de su lista de contactos. Después, el círculo se amplió, telefoneando a los miembros de distintos grupos de la parroquia, matrimonios y grupos de jóvenes, con los que también intercambia mensajes de WhatsApp. Ahora, «ya es vox populi que el cura está colgado al teléfono» y son muchas las personas que se ponen en contacto con el sacerdote por propia iniciativa. Aunque no lleva la cuenta, en total calcula que habrá atendido a casi un centenar de personas (con las que intercambia no menos de veinte minutos de conversación), en las que descubre las mismas preocupaciones. «Casi todos se han visto desnudos, inseguros, incapaces, impotentes. Muchos también ven el futuro incierto, les preocupa saber si perderán el trabajo», relata. «Al final, en la charla siempre brotan las cuestiones clave acerca de la vida, ellos se desahogan y yo procuro darles un motivo de esperanza».

Dice que la suya es una tarea «silenciosa, escondida», pero que también da sus frutos: «La gente está muy contenta, es un modo de hacer parroquia, de hacernos cercanos», afirma. Personalmente, también le ha llevado a descubrir que su sacerdocio «no es inútil» y que la frenética actividad pastoral de otros días, ahora que se ha sosegado, llega más a lo esencial: «El motor de todo el cambio pastoral ha de ser la oración y yo he visto que esto es lo que tengo que hacer, rezar. Una oración que me mueve a la acción no por tranquilizar mi conciencia y pensar que estoy haciendo cosas, sino de preocuparme realmente por los problemas de la gente y rezar así por ellos». «El confinamiento nos está regalando un silencio eficaz, un silencio que te lleva a estar en el corazón de esas personas. Ellos lo sienten, estás en su corazón intentando ser fiel a la vocación de servir a los demás».

De hecho, la actividad pastoral de la parroquia de El Buen Pastor tiene su centro, asegura, en la eucaristía. Cada tarde retransmiten a través de las redes sociales la celebración de la misa y la gente les envía sus propias intenciones. «Al final de la noche agradezco a Dios que me regale el tiempo y mi sacerdocio, y de poderlo aprovechar de esta manera, con mucha paz, sosiego y satisfacción», concluye.

por Álvaro Tajadura
Archidiócesis de Burgos

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