Carta del Obispo Iglesia en España

¿Un camino para Dios?, por César Franco, obispo de Segovia

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¿Un camino para Dios?, por César Franco, obispo de Segovia

El hombre religioso se pregunta a menudo cómo es posible llegar a Dios. Son muchos los que han negado tal posibilidad, apoyados en la trascendencia de Dios, en su inaccesibilidad, en su profundo misterio. Se ha llamado a Dios «el totalmente Otro» para subrayar la infinita distancia que le separa del hombre. Los místicos han lanzado hipótesis y abierto con prudencia y humildad caminos hacia Dios. Ahí está, por ejemplo, «La escala espiritual» de san Juan Clímaco, obra de enorme influencia en la espiritualidad, donde se describe el camino hacia la unión con Dios. Nuestro gran san Juan de la Cruz, en la «Subida al monte Carmelo» señala también el camino seguro para el encuentro con Dios.

Dios, por su parte, parece que no tiene tanta dificultad para llegar al hombre, puesto que él mismo, según dice el profeta Baruc, «ha mandado rebajarse a todos los montes elevados y a todas las colinas encumbradas; ha mandado rellenarse a los barrancos hasta hacer que el suelo se nivele para que Israel camine seguro, guiado por la gloria de Dios» (5,7).

Este texto en el que Dios prepara un camino recto parece contradecir la exhortación de Juan Bautista en este segundo domingo de Adviento: «Preparad el camino al Señor; allanad sus senderos; elévense los valles, desciendan los montes y colinas; que lo torcido se enderece, lo escabroso se iguale. Y toda carne verá la salvación de Dios» (Lc 3,5-6). Aquí, todo depende del hombre. Es él quien debe preparar un camino al Señor para que pueda encontrarse con el hombre. ¿Cómo entender esta aparente contradicción?

En el encuentro de Dios con el hombre, ambos tienen su propia responsabilidad. Sucede algo semejante al encuentro de dos personas: cada una debe salir en búsqueda del otro. Sólo así se realiza la comunión interpersonal. Así como se ha dicho que dos no discuten si uno no quiere, se puede afirmar que dos no se encuentran si uno no quiere. Dios busca al hombre. Es propio del amor de Dios salir de sí mismo para encontrarse con el hombre. Sobran ejemplos de esta búsqueda del hombre por parte de Dios. Como dice Baruc, Dios ha allanado el camino. Pero, ¿y el hombre? También él debe ponerse a la tarea, como pide Juan Bautista en este tiempo de Adviento. Las montañas que debe abajar significan el orgullo, la suficiencia, creer que él puede salvarse a sí mismo. Y los valles que debe rellenar son los miedos y la pusilanimidad que le impiden moverse hacia Dios, salir de sí mismo y confiar en que Dios está esperando un primer paso.

En nuestras vidas hay mucho que enderezar. Tomamos caminos equivocados. Avanzamos con obstinación por sendas que nos llevan al abismo. Y hacemos las paces con actitudes que bloquean la conversión. Dios, en Adviento, nos invita a preparar un camino. Es una señal de que quiere encontrarse con el hombre. Más aún, él mismo lo prepara mediante la predicación de los profetas que hablan de un Dios próximo, cercano, tangible. No es el «totalmente Otro» del pensamiento moderno, que parece olvidar la Encarnación. Es el Dios que ha salido de sí mismo hasta caminar con el hombre, a veces en un silencio sobrecogedor, que nos hace dudar de su cercanía, en la «soledad sonora» de la que habla san Juan de la Cruz. Es el Dios que no se ha contentado con mostrar el camino para llegar a él, sino que él mismo se ha hecho camino, como dice Jesucristo con toda claridad: «Yo soy el camino… Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14,6). ¿Seguiremos pensando que es difícil llegar a Dios? ¿Por qué no empezamos a caminar por la senda misma que Dios nos ha dado en su propio Hijo? Caminemos en él y veremos con nuestros propios ojos la salvación de Dios.

+ César Franco

Obispo de Segovia

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