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Un buen “entente” entre misericordia y verdad, por Amadeo Rodríguez Magro, obispo de Plasencia

Un buen “entente” entre misericordia y verdad, por Amadeo Rodríguez Magro, obispo de Plasencia 

En su mensaje anual, el Papa Francisco nos ha recordado que la Cuaresma es tiempo de renovación para la Iglesia, para las comunidades cristianas y para cada creyente. Sin esa renovación no podríamos entrar en el corazón de nuestra fe, en el Misterio Pascual de Jesucristo, que siempre requiere el paso de la muerte a lo viejo a la vida nueva. La fórmula que ofrece el Papa es la de dejarse amar por Dios, que “nos amó primero”. Sólo desde el amor recibido se podrá desencadenar una corriente de gracia para nuestra vida y, desde nosotros, para la vida de los demás. La fuente de la renovación está, por eso, en el amor de Dios, en un amor manifestado en la intimidad de nuestra relación con él. Porque “Dios revela su amor como un Padre, como un amigo, Dios invisible habla a los hombres como amigos, movido por su gran amor y mora con ellos, para invitarlos a la comunicación consigo y recibirlos en su compañía” (DV 1). Y les habla con obras y Palabras.

La clave de la relación de Dios con nosotros está, entonces, en el amor. Pero lo está también en este doble modo de comunicarse. Así lo hizo en la historia, como leemos en la Sagrada Escritura, y del mismo modo lo hizo por su Hijo Jesucristo, como leemos en el Evangelio. Y, a pesar de nuestra condición pecadora, lo ha hecho muchas veces en la historia de la Iglesia, y lo está haciendo ahora con el nuevo estilo pastoral de salir, de acercarse al hombre y a la mujer heridos, de acercarse hasta ese “hospital de campaña” en el que el dolor humano está reclamando la palabra y la mano fraterna de los que creemos en Cristo. En fin, por la Iglesia Dios sale a las periferias de lo humano con Jesucristo con obras y palabras. Porque es Jesucristo quien revela el amor cercano de Dios.

Esa revelación la podríamos contar de este modo: Jesús revela a Dios en su vivir como hombre: nacido pobre en Belén, creciendo en su vida familiar de Nazaret, itinerante por los caminos de Palestina, muerto, siendo inocente, en la colina del Gólgota. En su Hijo Jesucristo Dios supera toda distancia (la transciende hacia su propia transcendencia), haciéndose visible en la historia común de los seres humanos. Jesús revela la cercanía del Padre con las parábolas, con los gestos de acogida, con los milagros y con su modo de rezar; lo hace presente en la vida de los hombres y mujeres con los que se encuentra y a los que dirige su atención. A sus ojos estos tienen siempre una importancia superior respecto a cualquier pretensión de la antigua religión, cuyas costumbres de cualquier modo respeta. Cada vez que un ser humano puede ser salvado o ayudado a vivir, Jesús infringe abiertamente y sin dudarlo todo tabú, entrando en lo “profano” e inaugurando en él la visita de Dios (cf. Documento preparatorio para 5º Convegno Ecclesiale Nacionale de Firenze).

Por ahí va la conversión de esta cuaresma, por la renovación de nuestra vida en el amor de Dios cercano en Jesucristo, que nos acerca “en proximidad” a nuestros hermanos. Y por supuesto con obras y palabras. Este es el “nuevo” estilo de ser cristiano, y también el nuevo estilo de ser pastor en la Iglesia: el de Jesús. Hay que reconocer, sin embargo, que es un estilo que se encuentra siempre con resistencias. Sobre todo la de los que viven de lo que ya ha sido “fijado” y dicen que no se puede mover. Estos son los que pararon el reloj del amor de Dios en la hora que a ellos les parece más de acuerdo con sus ideas. Y así la verdad se aleja de la misericordia. Pero los desafíos del hombre contemporáneo, con los que vivimos cada día también en nuestro pequeño mundo placentino, están demandado que seamos nuevos en el amor y que pongamos nuevas expresiones de ese amor ante las necesidades humanas, ante el sufrimiento, en cualquiera de los muchos modos de sufrir.

El Papa Francisco en Evangelii Gaudium nos enseña, desde el Evangelio, el camino para un amor encarnado: “Existe también una tensión bipolar entre la idea y la realidad. La realidad simplemente es, la idea se elabora. Entre las dos se debe instaurar un diálogo constante, evitando que la idea termine separándose de la realidad. Es peligroso vivir en el reino de la sola palabra, de la imagen, del sofisma. De ahí que haya que postular un tercer principio: la realidad es superior a la idea. Esto supone evitar diversas formas de ocultar la realidad: los purismos angélicos, los totalitarismos de lo relativo, los nominalismos declaracionistas, los proyectos más formales que reales, los fundamentalismos ahistóricos, los eticismos sin bondad, los intelectualismos sin sabiduría” (EG 231).

Me parece que se entiende bien por qué el Papa Francisco actúa como actúa, por qué levanta el teléfono y llama, por qué abre su casa y recibe, por qué sale a la calle y se acerca. Porque la realidad es inmediata y tiene carne y corazón heridos. También se entiende bien por qué algunos, al valorar sus gestos, anteponen el reino de lo ya fijado frente al Reino del Dios amor.  El camino de la renovación para la Iglesia no es fácil, pero hemos de caminar como lo hemos hecho durante veinte siglos: en el amor Encarnado de Dios. En el itinerario habrá dificultades, pero las salvará un divino y humano “entente” entre la misericordia y la verdad, el mismo entente que hemos de ir haciendo en nuestro corazones creyentes.

Con ami afecto y bendición.

+ Amadeo Rodríguez Magro

Obispo de Plasencia



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