Un bastón para el camino, por César Franco, obispo de Segovia
Carta del Obispo Iglesia en España

Un bastón para el camino, por César Franco, obispo de Segovia

Un bastón para el camino, por César Franco, obispo de Segovia

Apóstol significa enviado. Jesús envía a los Doce con autoridad sobre los espíritus inmundos. Los envía de dos en dos. Y les encarga que lleven un bastón, y nada más. Ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja. Que lleven sandalias pero no única túnica de repuesto. ¿A qué tanta pobreza y escasez de medios? Para que brille la fuerza del Evangelio de la que son investidos y el poder que han recibido directamente de Cristo para proclamar el Reino de Dios. Así no se confundirán los dones de Cristo con los medios humanos. En realidad, esta pobreza es sobreabundancia de dones.

Jesús no promete el éxito de la misión, aunque dice el Evangelio que echaban muchos demonios y curaban enfermos al ungirles con aceite. Cristo no asegura el éxito a los Doce ni a los que envía. Les asegura más bien persecuciones, luchas y rechazos. Sin embargo, desde el inicio a nuestros días, el Evangelio ha arraigado en los pueblos y culturas que se han abierto a la predicación de los enviados por Cristo.

Esta primera misión de los apóstoles es presentada por Marcos como el paradigma de toda misión. Nos equivocamos, por tanto, cuando cambiamos el método de Cristo y ponemos el acento en los medios y el interés en el éxito. Es la trampa del apóstol: pensar que la fuerza de su misión reside en sí mismo y en los medios que posee. Nunca como hoy, la Iglesia ha poseído tantos medios para evangelizar, es cierto. Pero podemos preguntarnos si el éxito pastoral es proporcional a los medios que posee. ¿Son más vivas nuestras comunidades? ¿Abundan las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada? ¿Son más misioneras las familias cristianas, más fecundas? ¿La predicación, la catequesis, la enseñanza religiosa se dirigen al centro del Evangelio? ¿Es Cristo y su salvación el núcleo de la predicación? El Papa Francisco nos repite incansablemente que todo lo debemos centrar en el anuncio del Evangelio, en el kerigma. «Conviene —dice—ser realistas y no dar por supuesto que nuestros interlocutores conocen el trasfondo completo de lo que decimos o que pueden conectar nuestro discurso con el núcleo esencial del Evangelio que le otorga sentido, hermosura y atractivo» (EG 34).

Cuando san Pablo reflexione sobre su ministerio dirá que cuando es débil entonces la fuerza de Dios se manifiesta en él. Se refiere naturalmente a las debilidades que rodean la predicación del evangelio. Podemos decir que Cristo ha querido enviarnos a exponer nuestra debilidad para que resalte más la fuerza del Evangelio. Aunque el apóstol aparece como un ser débil, en realidad está fortalecido por la autoridad Cristo y los dones que recibimos de él. ¿Hay algo más fuerte que la victoria sobre el mal? ¿Hay alguna institución o empresa en el mundo que tenga asegurado el triunfo sobre el pecado? Los grandes técnicos del marketing y del éxito comercial ¿pueden compararse a los humildes enviados de Cristo capacitados por él para derrotar el poder del Maligno?

Todo es cuestión de confianza en Cristo y en su Evangelio. El bastón que llevamos en la mano puede compararse al que llevaba Moisés cuando se enfrentaba con el faraón de Egipto. En él residía la fuerza de la palabra de Dios, que hacía lo que decía. Es verdad que, como afirma un filósofo, «Dios no tiene el nombre de éxito», pero esto no significa que su obra fracase, como no fracasó Cristo en la cruz, a pesar de sus apariencias. El apóstol sabe que si en una casa no le reciben, lo recibirán en otra; que la semilla del Evangelio puede caer entre piedras, zarzas y terreno estéril, pero allí donde sea acogida con fe, el fruto está asegurado, porque en la cruz de Cristo, a pesar de su aparente fracaso, el mal ha sido vencido.

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