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Un año después, el Líbano sigue tratando de «levantarse entre las ruinas»

Se cumple un año de la terrible explosión que hizo volar la ciudad de Beirut por los aires, el 4 de agosto de 2020.

Por eso, desde Ayuda a la Iglesia Necesitada, hacen un llamamiento «para seguir apoyando a aquellos hermanos nuestros que tratan de levantarse de entre las ruinas, mientras también hacen frente, como pueden, a una crisis económica sin precedentes y a los efectos provocados por la pandemia de la covid».

Entre 2020 y junio de 2021, Ayuda a la Iglesia Necesitada ha apoyado el reparto de paquetes de comida para miles de familias que lo habían perdido todo (2.251.000 €) y el inicio de la reconstrucción (2.738.550 €) de edificios de la Iglesia (parroquias, conventos, hospitales y escuelas regentadas por religiosos) devastados a causa de la explosión.

Desde esta fundación pontificia siguen solicitando la colaboración «para ayudar a la Iglesia católica en países de verdadera necesidad, a los miles de refugiados y a los cristianos perseguidos en el mundo a causa de su fe». El objetivo en el Líbano «es recuperar la esperanza y para seguir siendo, en Oriente Medio, “testigos de la luz de Cristo resucitado”, como nos decían desde San Salvador, una de las iglesias que resultó devastada y que clama nuestra ayuda».

«La iglesia temblaba»

Ayuda a la Iglesia Necesitada ha recogido el testimonio de Marwan Mouawad, de 46 años, que hace justo 12  meses celebraba una misa para un pequeño grupo de diez personas en un barrio pobre de Beirut, cuando sintió que la iglesia temblaba.

Sospechó que se trataba de un terremoto e interrumpió sus cánticos, cuando se cortó la luz.

Segundos después, una de las explosiones no nucleares más fuertes de la historia arrasó la iglesia. El momento, grabado en un vídeo viral visto por tres millones de personas, cambiaría el rumbo del Líbano, el país con mayor diversidad religiosa de Oriente Medio.

Un almacén abandonado que guardaba nitrato de amonio en el principal puerto del país se había incendiado y explotado a solo tres kilómetros de la iglesia del padre Mouawad.

«Miramos el techo y pensamos que se nos caería encima. Pensábamos que nos íbamos a morir. Fue la providencia divina la que nos salvó: fue una señal de Dios que no tuviéramos permiso para abrir la iglesia al público en esos días a causa de la COVID-19», dice.

 



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